De cuando nos lavábamos los dientes con pasta radioactiva o curábamos a los niños con heroína.

El título puede sonar bizarro, pero la historia de los productos de uso masivo está plagada de historias similares. Esta es la historia de horror de tan sólo algunos de los productos peligrosos que la humanidad ha consumido por ignorancia.

Cuando era adolescente hubo una lectura que capturó mi atención entre los interesantes artículos incluidos en las decenas de revistas Selecciones que coleccionaba mi abuela en su casa en la sierra. No recuerdo el título exacto, pero era algo como “Fue el envenenamiento con plomo la causa de la caída del Imperio Romano?”. El artículo sostenía que la locura de Nerón o Calígula, así como la de muchos miembros del ejército romano, se debía en parte a intoxicación con plomo, pues los romanos usaban plomo en sus aleaciones para fabricar ollas y otros utencilios de cocina.

Cómo puede una sustancia, equivocadamente inofensiva, cambiar el rumbo de la historia?… El asunto me dejó pensando por un buen tiempo. Me dije: la humanidad pagó el precio de la ignorancia… Pero pronto descubrí que uno de los aditivos más populares de la gasolina de mis tiempos adolescentes era precisamente el plomo. Llenamos la atmósfera de nuestro planeta con tal cantidad de plomo que tomará millones de años en volver a limpiarla. Aun no entiendo en qué parte se nos olvidó la historia de los romanos y cómo todos pudimos hacernos de la “vista gorda”.

Lo interesante de todo esto es que la historia se repite una y otra vez. El ser humano ha jugado con cosas que no conoce bien a través de todas las eras y así pasó también con otras sustancias realmente increíbles y claro, todo producto del desconocimiento.

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Las extrañas fiestas para inhalar anestesia de principios del siglo XIX

El óxido nitroso fue uno de los primeros anestésicos eficaces descubiertos, pero no siempre tuvo ese importante uso. Varios años después de su descubrimiento en 1772 por Joseph Priestley, se encontró que tenía un efecto hilarante en quienes lo respiraban. De hecho, esta propiedad fue documentada por primera vez por Sir Humphry Davy, quien lo bautizó como “el gas de la risa”. Otros lo apodarían luego como “el gas del paraíso”.

Para quienes no lo ubican, Davy fue el descubridor de varios elementos como el potasio, el sodio, el bario, el estroncio, el calcio y el magnesio; además de ser el padre de la electrólisis. Sin duda alguna, uno de los grandes químicos de la historia. Davy, se interesó tanto en estudiar los efectos relajantes de este gas, que terminó adicto a él y pasó sus últimos días inhalando dosis de óxido nitroso hasta 3 veces al día. Probablemente murió intoxicado.

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Debido a lo relativamente fácil que era producirlo se tornó popular en espectáculos de circo, para incrementar el júbilo del público en las actuaciones de cómicos  y payasos.

No pasó mucho tiempo para que los más curiosos le atribuyeran propiedades fantásticas. Algunos creían que la mente, bajo los efectos del gas, podía elevarse a un estado de pensamiento donde se podían desenmascarar los secretos del Universo. Han visto la película “Sin Límites”, donde un fulano se vuelve super inteligente luego de tomar una pastillita transparente?… bueno, más o menos esa era la hipótesis en ese entonces. De hecho, algunos científicos se lo creyeron muy bien y esto debe de haber llegado a oídos de la élite social de Londres de aquel entonces, pues pronto se instauraron las llamadas “fiestas del gas de la risa”.

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Las fiestas se volvieron populares y básicamente eran reuniones donde se llenaban vejigas de gas y se inhalaban por la boca, mientras se tapaba la nariz presionando con los dedos de la mano. Los efectos eran casi instantáneos y algo impredecibles. El estado de euforia ocasionaba estruendosas risas, pero no siempre, algunos se descomponían, otros lloraban, algunos peleaban.

También se hacían demostraciones públicas de los efectos del gas, donde los asistentes eran los conejillos de Indias de estos divertidos experimentos. Muchas veces personajes importantes se ofrecían para participar en estas demostraciones, las cuales se llenaban de curiosos. Una interesante ilustración aparece en las primeras páginas de en un viejo libro titulado Química Sin Misterios, publicado en 1839. La ilustración muestra una de estas presentaciones, donde se distribuyen vejigas llenas de gas entre el público.

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El diario londinense “Morning Post” en 1819 relata una experiencia durante una exhibición realizada en Soho Square, donde un joven del público se ofreció a inhalar el gas de la risa.

“Se reía como hiena, aullaba como lobo, puso sus manos cómo la garra de un águila y brincó hacia adelante como un tigre. Al final, se arrastró por el piso como una araña y terminó buscando sus piernas, sin poderlas encontrar”

Personajes importantes de ciencia como Michael Faraday (en su momento ayudante de Davy) o James Watt, probaron el dichoso gas. Décadas después, el propio Winston Churchill admitiría su uso y sus alucinaciones.

Fue recién en 1844 que se propuso su uso serio como anestésico y así se ha usado incluso hasta nuestros días. A pesar de que Davy había propuesto en 1800 su uso en cirugía, fue un dentista norteamericano, llamado Horacio Wells, quien impulsó su adopción como anestésico, cuando se dio cuenta de manera fortuita que una persona bajo los efectos del gas de la risa, se había vuelvo insensible al dolor.

Recientemente se ha observado una escalada de uso del óxido nitroso como droga recreativa, principalmente en Europa. Básicamente porque en muchos países se vende libremente. Sin embargo, como ya aprendimos hace siglos, su uso no es seguro. Las fiestas del gas de la risa podrían volver, pero esta vez ya sabemos que no revelará los secretos del Universo y los potenciales riesgos de adicción.


El Conde de Montecristo

Por: Raúl Guerrero

El primer libro que leí de tapa a tapa fue un resumen ilustrado de El Conde de Montecristo de Alejandro Dumas. Lo gané en un concurso de composición a los siete años. Supongo que lo leí con tal gusto porque después de ganar el concurso me negaron el premio.

Vivíamos en Huigra, un pueblo diminuto y encantador. La compañía Guayaquil & Quito Railway, constructora del ferrocarril del Ecuador, dirigida por el ingeniero Archer Harman, decidió establecer en Huigra la gerencia de la empresa ferroviaria que finalmente en 1908 culminó la monumental empresa de unir la costa y la sierra andina. Medio siglo antes habían abandonado los franceses la obra aludiendo que más fácil sería hacer volar a un burro que doblegar la barrera de los Andes.

Dos calles cruzaban Huigra: la Calle del Tren, paralela al Río Chanchán, y al otro lado del río se abría la otra calle, llamada, naturalmente, El Otro Lado. Huigra es un valle con medio kilómetro de ancho por dos de largo. En Huigra empieza un callejón ascendente hacia la imperiosa muralla rocosa de los Andes donde un pico enorme en forma de nariz se levanta como centinela infernal. Los constructores pronto tildaron al pico rocoso Nariz del Diablo.

Había tres escuelas, dos fiscales, la escuela de barones y la de niñas, y el colegio mixto del Padre Paredes. El concurso de composición lo organizó el Padre Paredes con motivo de la semana del Escolar Ecuatoriano.

A cuarenta años de distancia, y con nostalgia, recuerdo Huigra como el escenario de una película del Oeste con comedores, tiendas, cantinas, la iglesia en lo alto de la colina, un hotel administrado por la viuda del propietario inglés que le dio el nombre, Hotel Morley, y al norte, a un cuarto de kilometro, la ciudadela ferroviaria con una enorme casona donde funcionaba la gerencia.

Mi padre era Secretario Divisional del ferrocarril. Uno de los privilegios del cargo era residir en la vieja casona color verde perico y amarillo canario. No era privilegio cualquiera. Era vivir en una cápsula fuera de la geografía del Ecuador, mucho más cerca a la zona del Canal de Panamá, a su vez levantada en imagen y semejanza del Sur de los Estados Unidos. Teníamos teléfono, por ejemplo, en una época que la mayoría de los ecuatorianos no había visto un teléfono ni anticipaba usarlo jamás. Teníamos hospital privado, carpintería, herrería, bodegas llenas de dinamita, un gallinero bien surtido, árboles de aguacate y chirimoya, un jardín lleno de nardos, y muchachas y muchachos de servicio, y el guardián o wachimán.

El río, a la altura de la gerencia, tenía un recodo de agua dormida donde nadábamos o pasábamos la tarde sentados en las enromes rocas que con precisión fotográfica describió García Marques como huevos de aves prehistóricas. No había carretera a Huigra, pero nosotros teníamos estacionado a un costado de la casona un carro de mano, un automóvil de riel conchuevino.

Durante las primeras décadas del siglo veinte, la ciudadela ferroviaria fue una pequeña colonia americana. Entonces se transfirió la administración de la empresa al estado. La elección de Huigra para sede del ferrocarril obedeció a tres razones, según puño y letra de Archer Hartman: (1) Se encontraba justo a mitad de camino entre Guayaquil y Riobamba, el tramo comercial principal. En efecto dos trenes de pasajeros salían a las seis de la mañana de Riobamba y de Guayaquil y coincidían en Huigra para el almuerzo. Arroz con huevo frito y algún guisado de carne era el plato típico, acompañado de una gaseosa helada. Los vendedores pregonaban a pulmón suelto. Los pasajeros de primera comían en bajilla de hierro enlozado con cubiertos, los de segunda y tercera en hojas de col y con la mano. (2) Huigra era una eterna primavera. (3) Archer Hartman quería estar lo más lejos posible de la politiquería capitalina que a punto estuvo de truncar la empresa.

La primavera eterna incidió en que el padre Paredes, un cura independiente, instalara un internado a donde iban a parar los muchachos de la clase media alta de Guayaquil que habían sido expulsados de colegios prestigiosos. Debió tener un nombre oficial el colegio, pero se lo conocía como el Colegio del Padre Paredes.

Huigra también atraía personajes famosos de Guayaquil durante el invierno. En Guayaquil, el puerto principal y centro financiero del país, y en esa época la capital mundial del banano, el calor y los zancudos se confabulan para martirizar a la población. Entre diciembre y abril las familias pudientes escapaban. No pocas familias invernaban en Huigra.

Aprovechó el Padre Paredes que un destacado intelectual Guayaquileño vacacionaba en Huigra para convocar el concurso de composición y comprometerlo a ser juez. Como era la semana del Escolar Ecuatoriano, el concurso fue para estudiantes de cuarto, quinto y sexto grado. La idea del padre Paredes era incentivar a los estudiantes de su colegio a la escritura. El intelectual puso una condición antes de aceptar ser el juez: que también se invitara a participar a los estudiantes de la escuela fiscal.

Yo cursaba el tercer grado en la escuela fiscal. Escribí una composición sobre los curas y los gallinazos basado en mi observación de niño y las enseñanzas de un profesor comunista. Había dos curas en Huigra, el párroco, el cura oficial, y el padre Paredes, el cura independiente. Los dos andaban con sotana negra y a veces con ese peculiar sombrero de ala ancha y copa pequeña. Y había gallinazos en abundancia. Gallinazos negros con el pescuezo pelado y un copete que se parecía al copete de los curas. Eran los años sesenta y todos los hombres usaban copete. Mi profesor era comunista. Había sido estudiante de la Universidad Central de Quito, una universidad sumamente politizada. La familia lo había mandado de Riobamba a estudiar leyes, pero al cabo de dos años se acabó la plata y al futuro abogado no le quedó más que conseguir trabajo en el magisterio. Llegó a Huigra con ínfulas comunistas y su copete, porque también los comunistas usaban copete.

En la escuela fiscal un profesor enseñaba todas las asignaturas del grado, y nuestro profesor algunos días sólo hablaba de los grandes pecados de la iglesia. A él le escuché hacer la analogía entre gallinazos y curas, ambos aves de rapiña decía. En realidad, ahora sé que estuvo equivocado, los gallinazos son aves de carroña más que de rapiña. Por una semana me dediqué a observar las similitudes entre los gallinazos y los dos curas de Huigra. Plasmé mis observaciones en una composición que el intelectual Guayaquileño seleccionó ganadora. Entre otras cosas, dijo al explicar su decisión, mi composición era la más corta.

Surgió una controversia. El concurso se convocó para estudiantes de cuarto, quinto y sexto grados. Los estudiantes perdedores esgrimieron en su defensa la ilegitimidad de mi participación pues yo estaba en tercer grado. Los profesores del quinto y sexto grado del colegio del padre Paredes me descalificaron y otorgaron el premio a uno de sus estudiantes sobresalientes. La composición ganadora era una elegía a la disciplina en rima que si mal no recuerdo comenzaba con las siguientes líneas: La disciplina es una mina cuya riqueza al niño empina. Mientras la mía comenzaba así: El cura y el gallinazo, pálidos seres ojerosos, de negro van y vienen en busca de alguna rata muerta o limosna.

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El intelectual tomaba cerveza todas las noches en un salón que tenía una potente rocola. Comenzaba a beber con Bésame Mucho de Lucho Gatica. Es lo que decían en casa cuando a eso de las siete los acordes del bolero volaban por el pueblo: Ay, ya habrá comenzado el intelectual a beber solo. En casa yo crecía rodeado de mujeres: la abuelita, mamá, la tía Raquel, tres hermanas, casi siempre una o dos primas y alguna comadre de paso, las vecinas y las muchachas. Qué hombre tan raro, decían las mujeres de la casa, como si le costaran las palabras, hay que sacárselas con tirabuzón. La abuelita, que ya no oía nada pero habiendo aprendido a leer los labios metía su cuchara en todas las conversaciones, razonó que a lo mejor el intelectual era medio mudo, y advirtió que se anduvieran con cuidado pues había dos tipos de mudo, el mudo que por voluntad de Dios no hablaba, y el que se hacía el mudo, el mudo sabido.

Me puse un gorro y baje al pueblo a ver al intelectual. En efecto, estaba en una mesa tomando cerveza sólo. Vestía camisa blanca y pantalones oscuros, y a través de gruesos lentes, los que se llamaban de culo de botella, tenía extraviada la vista en el horizonte oscuro. Como yo era niño pensaba que a lo mejor los intelectuales podían ver a través de la oscuridad. Le escuché a mi profesor decir: Hay hombres que miran a través de las sombras, hombres que por sabios se los cree locos. Las mujeres de la casa así pensaban del intelectual. Ese hombre bebe solo, decían, sin entender como prefería el silencio a su locuaz compañía.

Buenas noches, lo saludé.

   – Cuidado, me advirtió el propietario del salón, a un intelectual no hay que molestarle cuando piensa.

No era mi intención molestarle sino denunciar una injusticia. Me presenté. Le expliqué que me había negado el premio por estar en el tercer grado. El intelectual soltó una enorme carcajada. Recuerdo claramente su voz gruesa: Te han negado el premio por ser demasiado joven. No dijo más. Yo interpreté su silencio como una manera de despedirme. Regresé a casa derrotado.

La entrega del premio fue el domingo después de la misa que el padre Paredes pronunciaba ataviado elegantemente. Me parece que el padre Paredes en ciertas ocasiones vestía de cardenal (no sé si inventé este recuerdo.) Lo cierto es que después de cada misa el padre Paredes manifestaba su afecto a las feligreses con efusivos abrazos. Me cuenta mi madre que disimuladamente manoseaba a las señoritas y a las madres jóvenes con sus manos escurridizas. El cura era un Tenorio pero nunca abusó a menores. Su mujer oficial, se rumoraba, era la señorita rectora del colegio.

Inmediatamente después de la Bendición, el padre Paredes pidió a los feligreses que permanecieran sentados. Y prosiguió así: Y ahora nos es grato presentarles al distinguido intelectual que nos honra con su presencia para entregar el premio a la mejor composición en esta la semana del Escolar Ecuatoriano. El premio lo levantó para que todos lo vieran. Se trata nada menos y nada más que de una preciosa novela ilustrada del gran escritor francés Alejandro Dumas para inspirar en la muchachada el amor por las letras y el buen hábito de la lectura. El Padre Paredes también elogió la labor del profesor de sexto grado. Qué no hay alumno sin su profesor, dijo.

El intelectual no había asistido a la misa. Entró a la capilla justo ese momento y se dirigió al altar. Yo asistía con indignación la ceremonia. Más indignación me provocaba el intelectual que los mismos profesores de quinto y sexto que me descalificaron. Cada cual cuidaba su gallinero, decía la abuelita. ¿Pero él, no debió él haberme defendido?

El intelectual tomó la palabra. Dijo que sentía vergüenza ajena (desde entonces llevo esa expresión como un florero en un rincón de mi cerebro.) ¿Descalificar a un niño por ser menor a los otros concursantes? Era un síntoma de la enfermedad, dijo, que cada día hundía más al país en la mierda.

Un suspiro ahogado recorrió la capilla. Jamás nadie había dicho mierda desde el pulpito.

El intelectual pidió que se pusiera de píe el autor de la composición Los curas y los gallinazos. Me puse de píe. No será El Conde de Montecristo, dijo al verme, pero es mi último libro de cuentos y te lo regalo.

El Padre Paredes se interpuso. Dijo que nunca era tarde para reparar un daño, y con puñales en los ojos le quitó la novela ilustrada de Dumas al profesor de sexto grado y me la entregó después de un fuerte apretón de manos, añadiendo: Al Cesar lo que es del Cesar y al Escolar Ecuatoriano lo que es del Escolar Ecuatoriano.

Yo tenía siete años. Mucho después, ya cuando emigré a Estados Unidos, le encontré al padre Paredes caminando de la mano con la señorita rectora en Nueva York. Solté un grito de emoción: ¡Padre Paredes! Tremenda fue su sorpresa. Estaba en viaje de compras, dijo, y al caer en cuenta que aun tenía en su mano la mano de la señorita rectora se sonrojó. Una precaución, dijo, no fuera a ser que se perdieran en un país extranjero.


La historia del camino a Cuenca y los hombres que cargaron una planta hidroeléctrica y un auto a través de la selva.

Cuenca es una pintoresca ciudad ecuatoriana, muy interesante de visitar. Se encuentra clavada en medio de los Andes y fue inspiración de reconocidos escritores. Pero no siempre se pudo visitar como ahora; por su ubicación, en medio de las montañas, durante mucho tiempo estuvo aislada de las demás regiones del país, pues no habían caminos que condujeran a sus encantos.

Son increíbles las proezas de las que fueron testigos los primeros caminos del Ecuador. Alguna vez escuché el relato de cómo llegó un enorme piano de cola a la sierra, atravesando la cordillera de Los Andes. Había sido traído de Europa y desembarcado en el puerto de Guayaquil. Al principio se transportó en vapor, aguas arriba, a través del río Babahoyo y luego, básicamente a lomo de indio. La travesía duró semanas.

Cuenca fue cuna de muchas de estas historias. En la época en la que se construyó el Ferrocarril Trasandino, que une la costa con la sierra del Ecuador, la G&Q, compañía a cargo de completar la obra, se encargó de fundar un pueblo llamado Huigra, en un hermoso cañón esculpido por el río Chanchán. El ferrocarril no pasaba por Cuenca, para variar, la Carretera Nacional tampoco; pero Huigra quedaba relativamente cerca, así que la G&Q abrió un camino de algo más de 2 metros de ancho a petición del Gobierno Nacional. No se engañen tampoco, el viaje a caballo podía tomar días, pero comparado con nada, el lodoso camino se convirtió en una importante vía de comunicación.

Este camino se llamaba Camino al Tambo, pues ese era el nombre de la pequeña población a la que se llegaba. Del Tambo a Cuenca había un camino pre-existente.

Dicho caminito maltrecho y peligroso sirvió de vía de intercambio comercial (y ruta de viajeros) entre Cuenca y la Costa ecuatoriana. Su importancia fue tal, a pesar de lo difícil de la travesía, que en el pequeño poblado de Huigra se instalaron decenas de agencias de consignación de mercadería, que recibían sus encomiendas de Guayaquil a través del ferrocarril y de allí las embarcaban en mulas u otros animales rumbo a Cuenca. Tantas agencias hubo, que formaron un barrio entero al inicio del polvoriento camino, hoy llamado “Barrio Azuay”. Azuay es la provincia donde se encuentra Cuenca.

Las peligrosas travesías eran encomendadas a una tribu descendiente de los incas, con reputación de ser los más diestros para sortear los peligros de las montañas. Los llamaban indios guanderos, pues llevaban en sus espaldas una especie de pequeña cama de madera que llamaban “guando”. Allí ponían las encomiendas.

Pero la misión más importante jamás encomendada a los guanderos fue digna de una película. Cuenca quería solucionar sus problemas de electricidad con una planta hidroeléctrica y el único modo de transportarla era por el Camino al Tambo. Se cuenta que 3 mil indios guanderos fueron reclutados para este fin, en una de las empresas más asombrosas jamás vistas en esos altos de montaña. Se utilizó todo recurso disponible, las haciendas aledañas pusieron a disposición todo su ganado, para usar la fuerza de sus toros para arrastrar la pesada maquinaria.

Muchos indios murieron en las montañas: unos de cansancio, otros cayeron de las paredes rocosas o aplastados por el enorme peso de las turbinas y algunos perecieron de enfermedades contraídas en la aventura; pero asombrosamente lograron llegar un día de Julio de 1914 y fue así que Cuenca tuvo su anhelada “luz eléctrica”.

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Algunas partes de la planta hidroeléctrica llegando a Cuenca.

Pasarían décadas más para que finalmente el ferrocarril llegara a Cuenca y en 1965 los cuencanos vieron por primera vez acercarse a sus tierras una imponente y agitada locomotora de vapor. Pero como nadie está satisfecho sólo con lo que tiene, pronto pasó que los cuencanos quisieron también carretera. Lo extremadamente curioso es que en Cuenca ya existían autos desde 1912, muchísimo antes de que llegara la línea férrea o la carretera. Seguro el lector ya se está imaginando cómo llegaron estos vehículos hasta allí?

De algún modo estas hazañas multitudinarias deben haber inspirado a los cuencanos a cargar más cosas sobre sus hombros, pues para presionar al Gobierno a construir una carretera “decente” resolvieron seguir cargando cosas inverosímiles, a puro músculo. Y así fue que una mañana de octubre de 1969, decidieron cargar un auto.

Las calles se llenaron de júbilo, el delirio se apoderó del populacho. Un grupo de temerarios miembros del Club Deportivo de Choferes de Cuenca, alentados por la verborragia de un cura vecino, se ofrecieron a cargar un jeep hasta la Costa, para demostrar que el camino –que el Gobierno había puesto reparos en construir– era totalmente factible de hacer. Claro, si alguien podía transportar un vehículo en peso, atravesando las selvas andinas, seguro el trayecto no era tan imposible como se decía.

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(Continuará…)


Amores de ultratumba

Por: Santiago Duque Arias

Hacia 1930 corrió por todo el país la noticia que el mar estaba echando doblones de oro en las playas de Mar Bravo cercanas a Salinas, donde hoy se levanta la Base Naval.

Entonces el sitio era desierto y venteado, una brisa marina envolvía el ambiente y los pescadores evitaban sus playas por considerarlas de grave peligrosidad. Los buques que hacían cabotaje desde Guayaquil pasaban lo más lejos posible para no encallar en sus traicioneras rocas y las pocas familias Guayaquileñas que invernaban por los contornos se cuidaban mucho de frecuentar la región; pero con la novedad de las monedas, en un dos por tres la región cobró vida y hasta se levantaban carpas para dormir y ser los primeros en bajar a las playas a hurgar las famosas monedas coloniales.

Pepe Viteri fue uno de los más entusiastas pues había visto algunos doblones en poder de don Primo Díaz en la fábrica de hielo “La Polar”, única que existía en la península y también quería tener en sus manos las tan ansiadas piezas de metal, que según anunciaban los periódicos provenían de un gran tesoro que transportaba la fragata “Leocadia”, cuando por los vientos y las olas encrespadas había naufragado cerca de las costas de Mar Bravo.

Así pues, también llevó su carpa y se estuvo con otros aventureros varios días, buscando y buscando, hasta que halló tres monedas de la época de Carlos IV, Rex Hispanorum, iguales a las que había palpado en Salinas. Feliz con su hallazgo emprendió el regreso, pero en mitad del camino fue asaltado y murió de una certera puñalada. Nunca se encontraron sus monedas que se perdieron con los asesinos. Sus amigos de aventura llevaron pocas horas después el cadáver a la estación del ferrocarril y la familia concurrió a recibirlo en la actual ciudadela Ferroviaria, donde su novia Carmela lo abrazó, como solía hacerlo siempre que se despedían.

Un año después Carmela se animó a conocer el sitio donde había muerto Pepe y pidió a sus padres que la llevaran a Salinas, pues quería depositar unas flores en Mar Bravo. Al principio trataron de explicarle que mejor era olvidar el asunto pero viendo la insistencia de su parte terminaron por acceder a sus deseos. Bien es cierto que se trataba de una chica resuelta, que cuando se le ponía algo en la cabeza no desmayaba hasta hacerlo.

Llegados a Salinas se alojaron en el Hotel Tívoli y al día siguiente empezó la marcha a Mar Bravo. Carmela portaba un ramo de rosas de la Sierra que había adquirido en Guayaquil y casi desde el comienzo fue arrojándolas de una en una, a la vera del caminito que la llevaba a cumplir su destino; claro está que esto último nadie lo sabía.

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Cuando llegaron a las rocas, se detuvo y quiso que le indiquen el sitio exacto donde su amado Pepe había buscado las monedas y entonces, sin que nadie pudiera sujetarla, se lanzó al vacío y se estrelló al caer, muriendo de contado.

Desde ese día dicen los cholos playeros dicen que no es bueno pasear por la zona, sobre todo si se lo hace en compañía del ser amado, porque unos brazos mortales jalan con fuerza hacia el mar; y que no han sido pocos los novios que se han estrellado y muerto, pues el club que iniciaran Pepe y Carmela aumentará mucho más hasta la consumación a los siglos, en amorosa unión de las almas de un asesinado y una suicida.

Otros pescadores relatan que de tarde en tarde se ve algo así como dos sombras que más que caminar se deslizan unidas por las playas y luego se internan en el mar plomizo y bravo, desapareciendo por momentos para reaparecer después; que estas visiones acarrean mala suerte y que quien las ve debe persignarse y huir.


El monte Everest NO es la montaña más alta del mundo. Pero, por qué se la mide así?

Antes de comenzar hay que aclarar que el monte Everest es la montaña más alta del mundo siempre y cuando se mida desde el nivel del mar, que ha sido la costumbre. Este artículo pretende ilustrar acerca del por qué se adoptó esta práctica y contar un poco la historia detrás de estas mediciones y sus intereses.

Medir las montañas desde el nivel del mar estaba bien hace unos siglos. Después de todo, era algo relativamente fácil de hacer, porque los científicos podían medir la presión atmosférica en un lugar determinado, con un barómetro, y calcular la altura de dicho lugar en relación con el nivel del mar, con una formulita. La mayoría de altímetros, inclusive hoy en día, funcionan así. Hay una serie de variables adicionales que pueden influir en el cálculo, como las variaciones de presión, de temperatura, la latitud, etc, pero para fines prácticos el resultado era aceptable. Por esa razón las altitudes de los lugares se comenzaron a medir de ese modo.

Pero había un problema, para medir la altitud de una montaña con este método había que llevar un barómetro hasta su cima. En la actualidad los montañistas suelen llevar uno en su bolsillo, pero imagínense hace aproximadamente doscientos años cuando se comenzaron a medir las montañas más altas y los equipos de medición eran armatostes precarios, frágiles, voluminosos y pesados, algunos del tamaño de un mueble. En ocasiones los científicos tenían que cargar sus equipos con la ayuda de mulas, caballos y hasta personas. Largas caravanas de ayudantes acompañaban a las misiones científicas de antaño. Debido a estas dificultades, para medir la altura de las montañas más altas, no se llegaba hasta su cima, sino que se llegaba hasta cierto punto desde donde se divisaba la cima de la montaña, se medía su altura barométrica, y a partir de allí, con métodos topográficos, usando algo de óptica y calculando ángulos, se determinaba la altura restante.

Los métodos antes descritos se han usado desde hace mucho hasta la actualidad y se usaron también en 1802, cuando Reino Unido inició su proyecto de medición topográfica en sus colonias de las indias orientales, donde se encontraba el Everest.

Resulta que en esos días ni siquiera el Everest se llamaba así. Los habitantes locales lo llamaban Chomolungma (en realidad este viene a ser el nombre oxidentalizado) y a pesar de su fama actual, en aquel entonces era un pico más; tanto así que los expedicionarios británicos a cargo del proyecto topográfico de las Indias (Great Trigonometrical Survey) lo habían catalogado como la Cima 15. Sin más pena ni gloria que la de un número, ni siquiera el número uno, sino un número más.

(Continuará)…

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La casi desconocida apuesta que cambió la historia de la humanidad

Si existe un punto de inflexión que cambió el rumbo de la humanidad, fue la develación por parte de Isaac Newton de la fuerza de la gravedad. Si bien es cierto, ya se hablaba de ella antes que Newton, fue éste último quien explicó su naturaleza y pudo demostrar su fórmula matemática; además de revelar que era la misma fuerza que hacía que una manzana caiga de su árbol siempre en vertical, la que hacía que la luna gire alrededor de la tierra.

A partir de este hallazgo, muchos fenómenos naturales cobraron sentido. El descubrimiento de Newton permitió explicar con mucha exactitud los fenómenos más diversos y catapultar el desarrollo tecnológico en todos los ámbitos: desde el aparentemente simple movimiento del péndulo de un reloj, hasta logros supremos de la raza humana como el lanzamiento de los primeros cohetes espaciales y la llegada del hombre a la luna.

La genialidad de Newton se contraponía a su personalidad, un tanto difícil de entender para muchos. Era un hombre reservado y un tanto huraño; había reflexionado sobre la gravedad en soledad y, aunque parezca inexplicable, no tenía la menor intención de contárselo a nadie… de hecho, no nos hubiéramos enterado nunca, de no ser por una fortuita reunión de amigos que terminó en una singular apuesta.

La historia que les contaré a continuación se encuentra documentada en un viejo libro que encontré llamado Memorias de la Vida, Escritos y Descubrimientos de Sir Isaac Newton, publicado en 1860. La historia se ha ido completando con referencias encontradas en otras obras e incluso cartas escritas a puño y letra por el mismo Newton y que actualmente son parte del archivo de la Royal Society, la sociedad científica más antigua de Reino Unido.

— o —

Era una fría noche de invierno de Enero de 1684 y tres amigos se habían reunido para cenar en un restaurante de Londres. No eran personas comunes, en realidad se trataba de una inusual reunión entre tres de los más brillantes hombres de ciencia de aquella Europa del siglo XVII: Edmond Halley, Christopher Wren y Robert Hooke.

newton apuesta La casi desconocida apuesta que cambió la historia de la humanidad halley hooke wren

Hooke había conseguido fama reciente como biólogo, al ser la primera persona en la historia en observar una célula –de hecho, fue él mismo quien acuñó el término que ahora usamos. Pero el día de la reunión se encontraba obsesionado por otro tema científico diametralmente opuesto: la gravedad. Había dictado una conferencia en la Royal Society de Londres titulada: On Gravity y había anticipado que la fuerza de la gravedad decrece con la distancia. Como podemos ver, la manzana de la gravedad se caía de madura, pero nadie podía explicarla con exactitud.

Halley era el más joven de los tres, pero a pesar de su juventud, su reputación como astrónomo ya había comenzado a desarrollarse. Varios meses antes de la mencionada cena en Londres se encontraba obsesionado con la idea de la gravedad e intentaba relacionarla con las leyes del movimiento de los planetas que años atrás había descubierto el alemán Johannes Kepler. Había recopilado muchísima información gracias a sus observaciones astronómicas. Estaba entusiasmado por poder demostrar con mediciones la veracidad de las afirmaciones de Kepler. Halley estaba en la dirección correcta del gran hallazgo de la gravedad, pero aun no podría resolver matemáticamente el problema.

Por otro lado Wren ya tenía una vida muy activa en el campo de la arquitectura. Sus edificios se levantaban por todo Londres y de los tres personajes, era quien llevaba una vida financiera más cómoda. Pocos conocen su pasión por la ciencia, pues es más conocido por ser uno de los más importantes arquitectos de todos los tiempos y a quien se le encomendó la reconstrucción de gran parte de los edificios de Londres luego del Gran Incendio de 1666. Su pasión por la astronomía no sólo fue un hobby, sino que inclusive llegó a ser profesor titular de la cátedra de astronomía en la universidad de Oxford y al igual que los demás se encontraba dispuesto a desentrañar los secretos de la gravedad.

La conversación de esa noche se centró en el movimiento de los planetas y su órbita elíptica. Trataban de dar explicaciones del por qué los planetas giraban en está forma en particular. Hooke, había llegado a la conclusión de que la gravedad estaba relacionada con el inverso cuadrado de la distancia, pero todos querían saber si podía demostrarlo matemáticamente. Hooke. que era un tanto presumido, se jactaba de conocer la respuesta al enigma pero se negaba a contarla para mantener el suspenso.

Al final Wren decidió lanzar el reto: 40 chelines (algo menos de 2,000 dólares actuales) a cualquiera de los dos que pudiera demostrar matemáticamente la naturaleza de aquella fuerza invisible que atraía a los planetas. Sin duda esto animaría a todos a resolver el acertijo y ayudaría también a aflojar la lengua de Hooke, en caso de que éste supiera algo; pero Hooke se limitó a decir que los iba a mantener con la intriga un rato más, sólo por puro placer.

A partir de esa noche Halley se hizo nudos en la cabeza tratando de demostrar matemáticamente el asunto. Dio sólo con una solución particular, pero no podía encontrar una demostración general. Buscó la solución durante meses, día y noche, hasta que se le ocurrió un nuevo enfoque para resolver el problema. Ir donde el loco de Newton y preguntarle si tenía alguna pista. En ese entonces se rumoraba que Newton era un genio de las matemáticas.

Se cuenta que Halley emprendió viaje desde Londres hacia Cambridge una mañana de Agosto de 1684 y se encontró con Newton en una banca de los jardines de la prestigiosa universidad.

(Continuará)…


La plaga del baile de 1518, el flautista de Hamelin y las tarántulas

Se han preguntado de dónde viene el significado del término “atarantado”, cuando significa “aturdido, espantado, confundido”?… Pues sí, tiene que ver con las tarántulas, pero para entender un poco más les contaré una extraña historia ocurrida en el año de 1518 y que aun hasta nuestros días constituye un misterio sin resolver. Al final del presente artículo, el lector podrá entender el origen del término y también desentrañar el misterio del singular título de este escrito.

Era 14 de Julio de 1518 en la ciudad francesa de Estrasburgo. Troffea, una mujer de algo más de 30 años caminaba ensimismada por una estrecha y empedrada calle cercana a la plaza de la ciudad, cuando repentinamente comenzó a contorsionarse en movimientos violentos. Los que la vieron atestiguaron que la referida dama se encontraba en una especie de trance, ejecutando un frenético baile. Al principio pensaron que estaba poseída por espíritus, pues en esa época era una explicación común a muchos comportamientos inexplicables; pero pronto la diagnosticaron como un caso más del temido Tarantismo o Enfermedad del Baile. Supuesto trastorno causado por la picadura de una tarántula, cuyo síntoma principal es la necesidad irrefrenable de bailar, a veces, hasta la muerte del bailarín.

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Troffea siguió bailando por horas, sólo para caer exhausta el tiempo necesario para recuperarse y continuar bailando. Se cuenta que bailó por cuatro días seguidos, al final de los cuales presentaba calambres y sus piernas terminaron sangrando. Lo más curioso de todo es que al cabo de unos días ya eran más de 30 personas en la plaza de Estrasburgo con los mismos síntomas, en una suerte de fenómeno de histeria colectiva y lo peor de todo era que el número continuaría creciendo aceleradamente en los siguientes días, como veremos más adelante.

Estrasburgo no era el primer caso. En Europa ya se habían presentado otros, se trataba de una temida epidemia. En el siglo X un brote similar afectó a varios poblados al borde del río Rin y en 1374 un brote de magnitud considerable afectó al poblado de Aachen, en Alemania. Otro baile multitudinario en Alemania es el aparente culpable de la caída de un puente sobre el río Mosa en el siglo XIII, que colapsó por el peso de cientos de bailarines.

Una región muy afectada por esta “enfermedad” fue Apulia, al sureste de Italia, donde parece que se volvió un asunto endémico, que recrudecía año con año. Los episodios en Italia fueron tan alarmantes que muchos eruditos de la época comenzaron a investigarlos. En 1612, un médico italiano llamado Epifanio Ferdinando estudió con atención el caso de un niño llamado Pietro Simone di Messapia, quién había sido picado por una tarántula durante la noche. El niño no se podía levantar ya de su cama y sudaba de manera excesivamente alarmante. Se sofocaba y tenía convulsiones. Ferdinando cuenta en su libro que lo único que lo reanimaba era la música y finalmente con un tratamiento bien recetado de melodías, el niño se pudo recuperar en menos de una semana.

La música se había convertido en el tratamiento indiscutible para el Tarantismo. Es decir, en lugar de impedir que los enfermos continuaran bailando, se los alentaba a ello.

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Ahora volvamos a nuestro bailoteo en la plaza de Estrasburgo.

El número de atarantados o atarantulados creció hasta el increíble número de 400 personas, esto, unido a los curiosos y familiares de los enfermos abarrotaban la plaza. El caso de Estrasburgo se convirtió en uno de los casos de tarantismo más graves jamás registrados, pues muchos murieron de agotamiento, deshidratación e infartos. Los que tuvieron algo más de suerte terminaron con lesiones y fracturas. Se cuenta que las autoridades de la ciudad, alarmadas por lo que estaba ocurriendo, llamaron a los más reputados médicos de la época. Al final, la recomendación de los médicos por unanimidad fue la de contratar una banda de música y armar una tarima de baile donde los danzantes se hicieran el menor daño posible.

Aunque lo anterior suene salido de una película, sucedió en la vida real y se encuentra bien documentado en varias obras literarias. Para entender lo ocurrido tenemos que trasladarnos a aquella época, donde la medicina era incipiente y el funcionamiento del cuerpo humano era un tabú. Muchas de las curas eran relacionadas con lo mágico o lo esotérico. Los remedios eran los sugeridos a través de la cultura popular, basados en leyendas o conjeturas fantásticas.

La cura con música se volvió tan popular, que se creó un nuevo tipo de composiciones musicales, llamadas tarantelas y habían bandas de músicos que se dedicaban a tocar tarantelas de pueblo en pueblo con el ánimo de curar a los enfermos.

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En una obra publicada en 1835 se cuenta:

Era común a inicios del siglo XVII, que bandas enteras de músicos viajen a través de Italia, durante los meses de verano, y … la cura del tarantismo fue emprendida en gran escala. Estas sesiones de música y baile eran llamadas “el pequeño carnaval de la mujer” debido a que las damas ahorraban dinero para recompenzar a los músicos que llegaban a los pueblos, dejando de lado sus tareas del hogar, para participar en estos festivales enfermizos. Cabe mencionar el caso de una benevolente dama llamada Mita Lupa, quien gastó toda su fortuna con este fin.

Las tarantelas se volvieron tan populares, que este género se convirtió en parte del folclore italiano y continúa siendo así hasta nuestros días. La tarantela va acelerando su ritmo “in crescendo“, haciendo que cada vez se tenga que bailar más rápido. Para aquellos aficionados a la música he preferido copiar aquí unas viejas partituras encontradas en una obra antigua llamada El Tarantismo Observado en España, de 1787, por el Cid Francisco Javier. Quién sabe y alguno de los lectores pueda revivir el sonido de esta danza de tarántulas.

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Contaré sólo un caso más que resulta particularmente curioso.

Un célebre brote de tarantismo ocurrido en 1237 afectó de manera particular a los niños. Para “variar”, algunos músicos acudieron a su socorro, con la particularidad que los niños bailaban y corrían de tal manera que llegaron a recorrer los 20 kilómetros que separaban a los pueblos de  Erfurt y Arnstadt (en el centro de Alemania). Este suceso ocurrió en la misma época que la leyenda del flautista de Hamelin. Muchos creen que ambas historias se encuentran relacionadas y que el célebre flautista se encontraba en realidad encabezando una multitud de niños en su viaje curativo.

Los brotes de tarantismo desaparecieron súbitamente en Europa, envueltos en el mismo misterio con el que llegaron. La “enfermedad” tomó diferentes nombres a través de los siglos, como Baile de San Vito o Baile de San Johns. Muchos especulan sobre las reales causas, que van desde intoxicación con hongos, fenómenos psicológicos sociales como la histeria colectiva, hasta su relación con alteraciones neurológicas como la enfermedad de Huntington. Lo cierto es que su presencia quedó impregnada hasta nuestros días en forma de arte, de historias, de música y de tradiciones.


Fue Alexander Graham Bell el verdadero inventor del teléfono?

En la actualidad todos asumimos como una verdad indiscutible que Alexander Graham Bell sea el inventor del teléfono, pero a mediados del siglo XIX, cuando aún no existía este artefacto, hubo un inusitado movimiento en torno a este posible invento que muchos ya avisoraban como el “telégrafo parlante”. Esto ocasionó que varios entusiastas trabajen en simultáneo sobre la misma idea, lo que finalmente se convirtió en una carrera maratónica para ver quién llegaba primero a la oficina de patentes. 

Lo que leerán a continuación está basado en el primer capítulo de un libro que publiqué hace algunos años y que he creído propicio compartir. En él notarán el trepidante desarrollo de acontecimientos que terminó en lo que hoy llamamos teléfono y también una de las más grandes polémicas en cuanto a patentes de todos los tiempos, tan importante que el Congreso de los Estados Unidos de América se pronunció al respecto más de un siglo después.

Transcurría el año de 1849 en la Habana, en ese entonces todavía colonia española. Antonio Meucci, químico y médico italiano, se había mudado allí con su esposa en busca de trabajo en uno de los teatros más importantes del continente, el Teatro Tacón. Le habían encomendado la misión de construir un sistema de purificación de agua para el teatro.

Trabajaba en sus diseños en una oficina que había adecuado en la planta baja de su propia casa y de cuando en cuando subía a su dormitorio a constatar el estado de salud de su esposa, quien sufría de dolores a causa del reumatismo. Supongo que como todo inventor, vio en esa incomodidad una oportunidad de solucionar un problema y tuvo la idea de construir un dispositivo para poderse comunicar con su esposa sin tener que subir al dormitorio. Instaló un cablerío desde su oficina hasta su cuarto y después de algunos intentos fallidos logró escuchar la voz de su esposa saliendo de un rudimentario diafragma. El invento fue motivo de sorpresa para sus vecinos y la población en general, pero en la Cuba de ese entonces no había una comunidad científica importante que se hiciera eco de su invento y luego de unos años, decidió mudarse a USA. Así fue como en 1854, el mismo Meucci ya con su dispositivo perfeccionado y con varios diagramas dibujados por él mismo, hace una nueva demostración de su invención en la ciudad de Nueva York.

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Pero mientras Meucci se las ingeniaba para perfeccionar su teléfono, del otro lado del mundo, en Francia, se tejía una historia no menos interesante. Un modesto trabajador de la compañía telegráfica se encontraba realizando mejoras a la red de telégrafos y se le ocurrió un método para convertir la voz en electricidad. En realidad se puede decir que se trataba de un precursor de lo que hoy conocemos como micrófono. El nombre de este hábil ingeniero francés era Charles Bourseul.

La curiosidad de Bourseul no quedó allí, también se imaginó un sistema telefónico con todos sus componentes e inclusive se preocupó de redactar su idea y enviarla a una conocida revista parisina de la época, llamada L’Illustration. Los directivos de la revista no dudaron en publicar sus escritos. Lo curioso de todo esto es que la publicación se realizó casi en simultáneo con la demostración de Meucci en Nueva York, en 1854.

El único problema de Bourseul es que se preocupó de construir un prototipo funcional de su aparato transmisor de voz, pero nunca llevó a cabo el experimento completo y hasta donde sabemos, nunca terminó de construir la parte faltante: el receptor o parlante. Aparentemente comenzó su construcción, pero luego de unos cuantos intentos fallidos, perdió el interés por terminarlo. Lo único que a ciencia cierta queda como constancia de su aventura es el ejemplar de aquella revista parisina.

Tiene que haber sucedido alguna suerte de alineación de los planetas ese año, pues parece que un ejemplar de aquella revista cayó en las mejores manos posibles. Las del brillante y meticuloso ingeniero alemán Johann Philipp Reis.

Reis trabajaba como profesor de física en ese entonces y la idea lo capturó de inmediato. Decidió continuar con la idea de Brouseul y construir toda una serie de prototipos de la manera más prolija y obsesiva imaginable. Al principio lo hizo de forma rudimentaria, trabajando en un improvisado laboratorio en el patio de su casa y aprovechando materiales comunes de forma astuta y creativa. Usó corcho, una aguja de tejer y hasta la “piel” de una salchicha como membrana de su aparato transmisor. Talló un conjunto de orejas humanas en madera, para entender cómo ésta captaba las ondas sonoras y poder así emular su comportamiento. Realizó varias versiones de todos los componentes para encontrar la mejor alternativa de cada uno. Documentó todo el proceso de manera muy paciente y gracias a ello hoy poseemos toda una serie de hermosas ilustraciones de su trabajo.

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Para construir el componente inconcluso de Brouseul tuvo una ingeniosa idea, visitó a su amigo el Profesor Peter, maestro de música y le pidió prestado su violín. Peter no sólo se lo prestó sino que le regaló un violín que no usaba. Hizo que una suerte de electroimán rozara sus cuerdas y después de algunos intentos, logró arrancarle sonidos al instrumento. El violín de por sí tiene una cámara acústica resonante y consiguió amplificar los sonidos de tal forma que se escuchó algo muy parecido a la voz.

Pero esto fue sólo el principio, al poco tiempo reemplazaría el violín por una caja resonante construida por él mismo y luego mejoraría aún más el dispositivo de recepción haciéndolo más compacto. Todo este proceso demoró varios años y es así como en 1860 Reis termina de perfeccionar su aparato telefónico y documenta su logro muy bien. Cabe destacar que fue el mismo Reis quien decide darle el nombre de “teléfono” a su recién nacida criatura, acuñando así el término. Para poner las cosas en perspectiva, en la época que Reis terminó su invento Graham Bell era un niño de 13 años.

Los meses siguientes fueron frustrantes. Reis notificó de su invento a varias revistas y gacetas científicas, obteniendo solo rechazo o respuestas incrédulas que subestimaban la importancia de su invención. En 1862 envió un artículo a la revista alemana Annalen, y su editor, el profesor Poggendorff se negó a publicar el artículo aduciendo que era científicamente imposible crear tal cosa. Fue tan sólo en 1864 cuando Reis decide jugárselas y hacer una demostración en vivo a los más reputados científicos alemanes. La respuesta positiva fue inmediata, incluso el mismo Poggendorff, le ofreció publicar su artículo, para de esta forma reparar la equivocación anterior, pero Reis, ahora hinchado de orgullo se opuso.

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Johann Philipp Reis  pasó los siguientes dos años tratando de impresionar al público alemán, pues había calado en la esfera científica pero aun su invento no era conocido por las masas. Lamentablemente el tiempo no le alcanzó y pronto cayó enfermo y tuvo que bajar su ritmo de vida. Sólo pudo continuar con su trabajo de profesor, alternando su tiempo con esporádicas apariciones ante la comunidad científica. Se cuenta que instaló una línea telefónica hasta el salón donde impartía clases y los alumnos trataban de no decir cosas inapropiadas en su ausencia por temor a que los estuvieran escuchando a través del teléfono del profesor Reis. Murió en 1874, poco menos de 10 años después de su demostración a la élite científica germana y tan sólo un año antes de la patente de Graham Bell, luego de lo cual sus logros fueron prácticamente relegados al olvido.

Ahora hagamos un breve paréntesis aquí para hacernos una pregunta. Ustedes piensan que a estas alturas hay suficientes actores involucrados? Pues, qué les diré, hay todavía mucha más “tela por cortar” aunque parezca increíble.

Sucede que en Italia también había interés por el esperado “telégrafo parlante”. Incluso antes de Meucci, un inventor llamado Innocenzo Manzetti se imagina el artefacto ya en 1843 pero no se decide a construirlo sino hasta 1864.

Manzetti se encontraba trabajando en varios inventos al mismo tiempo, así que el teléfono era uno más y probablemente no le dio toda la importancia que debía. De hecho, se encontraba obsesionado con la construcción de una especie de robot autómata que tocaba la flauta. Por muy descabellado que parezca para mediados del siglo XIX, resulta que Manzetti tenía un prototipo más o menos funcional de su humanoide. Tan impresionante era su autómata, que para darnos una idea podía interpretar más de 10 arias de ópera. Seguramente el teléfono le pareció un invento de segundo orden al principio y sólo le dio el interés que merecía cuando se le ocurrió que su autómata no solo podía tocar la flauta sino también hablar! Así es, el teléfono resultó para Manzetti tan sólo un accesorio de su autómata.

Para dicha de los más curiosos el autómata cibernético tocador de flauta se conserva prácticamente intacto hasta nuestros días y es la principal atracción del Museo Manzetti, ubicado en Aosta, el pequeño poblado donde nació Manzetti, al norte de Italia. Les dejo un vínculo por si algún día deciden darse una vuelta http://www.manzetti.eu/il-museo/.

También es importante que nos percatemos de que Manzetti construye su teléfono en 1864, el mismo año en que Reis se encontraba mostrando su invento a la comunidad científica alemana. Más coincidencias.

Como el teléfono era sólo un accesorio de su autómata, Manzetti no lo publicita de inmediato sino hasta un año después, cuando se da cuenta de su aplicación transmitiendo voz sobre los cables de telégrafo. Fue sólo a finales de 1865 cuando una revista francesa llamada Le Petit Journal decide publicar una reseña en su sección CURIOSIDADES DE LA CIENCIA. Para suerte de los lectores más curiosos tengo una copia de este histórico ejemplar y lo pueden descargar de el siguiente vínculo.

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Muchos rumoran que varios técnicos de la compañía telegráfica inglesa se interesaron en el invento de Manzetti, fueron a visitarlo a Italia y regresaron a Londres con información privilegiada que posteriormente llegó a los oídos de Bell y así fue que éste último se enteró de los detalles de la “mina de oro” que posteriormente patentó; pero todo queda en el campo de la especulación. Lo que sí parece cierto es que realmente técnicos ingleses fueron a visitarlo, pues existe registro de este episodio en el diario La Feuille d’Aoste en Agosto de 1865.

Los problemas con las patentes

Hasta aquí al menos ya algo es obvio, la invención del teléfono se trabajaba en simultáneo y sin respiro en varios países, de manera independiente. El conocimiento y la tecnología de la época habían apuntado todas sus lanzas en una misma dirección y muchos lo visionaron casi al mismo tiempo, como por arte de magia. La humanidad estaba lista para el invento, clamaba por él, lo necesitaba. La revolución en las comunicaciones humanas estaba por venir de cualquier forma, sólo era cuestión de poco tiempo, tal como sucede con otras invenciones humanas.

Lo cierto es que en este mundo todos podemos tener ideas, todos podemos construir prototipos, pero lamentablemente el rédito económico se lo lleva; no quien tiene la idea primero, tampoco quien la fabrica primero, sino quien la patenta primero. Injusto? No lo se, pero es tema de otro artículo seguramente. El lector, luego de leer esta historia podrá juzgar si algo del mérito tienen estos incansables predecesores que se quemaron las pestañas y prepararon el camino para lo que hoy conocemos como teléfono. En todo caso, el lector también debe saber que aún falta otro actor muy importante en esta historia y no se trata precisamente de Bell, como veremos más adelante.

En realidad, para ser objetivos, el primero en tratar de patentar el invento fue Meucci, de quien hablamos al principio de esta historia, quien en 1871 suscribió un documento de “aviso de patente” pero por su condición económica nunca pudo pagar el dinero para terminar este trámite y su documento expiró pocos años después. 

En 1875, un año después de expirar el trámite de patente de Meucci, Alexander Graham Bell, un escocés radicado en los Estados Unidos, logra patentar el esperado teléfono y es el primero en terminar el trámite de patente.

Lo cierto es que Bell había estado experimentando previamente con algunas ideas para concebir su dispositivo telefónico hasta que un día logró arrancarle a la electricidad algunos sonidos. Cuenta la historia que la primera llamada que hizo fue para decirle a su asistente las célebres frases “Mr. Watson, come here. I want to see you.” (“Sr. Watson, venga. Necesito verlo.”).

Pero aquí no termina la historia. Quizá el personaje que más desató polémica con la invención del teléfono no fue ninguno de quienes hemos hablado hasta aquí, sino Elisha Gray.

Lo que hace que el caso de Elisha Gray sea particularmente importante no es que también haya construido un teléfono como varios más, sino que increíblemente llegó a la oficina de patentes tan sólo unas horas después de Bell. Imagínense, la humanidad pasó miles de años acumulando conocimientos, estudiando la naturaleza del sonido, descubriendo la electricidad, inventando el telégrafo, fraguando todo lo necesario para darle forma y tiempo a un artefacto… y resulta que dos personas coinciden en la MISMA oficina de patentes a patentar la MISMA cosa sólo a horas de diferencia. Realmente asombroso y para algunos: imposible.

Los dos inventores entraron en una conocida disputa legal que finalmente ganó Bell luego de larga batalla. Esta disputa fue tan compleja y larga que constituye de por sí un interesante caso de estudio y a la vez un entretenido relato. Las coincidencias entre ambas solicitudes de patentes son tan asombrosas que han dado pie a las historias conspiratorias más fantásticas. Si alguien está interesado en conocer más detalles, les comparto el vínculo de Wikipedia y les recomiendo preparar un buen café https://en.wikipedia.org/wiki/Elisha_Gray_and_Alexander_Bell_telephone_controversy

Al final del día, gracias a la patente Bell pudo hacer de la idea del teléfono un negocio rentable y tiene el mérito de haber desarrollado la idea y convertirla en algo práctico para la sociedad. Bell se convirtió en uno de los hombres más ricos del mundo. Se cuenta que en determinado momento Bell trató de vender su patente a Western Union por $100 mil dólares pero el presidente de Western Union se negó pues consideró que el teléfono era nada más que un juguete. Tan solo dos años más tarde el mismo directivo de Western Union le comentó a sus colegas que si pudiera conseguir la patente de Bell por $25 millones de dólares lo consideraría una ganga!

Hasta aquí mi anhelo de dar a conocer la otra parte de los acontecimientos suscitados prácticamente en paralelo a la famosa patente de Bell, el resto de la historia ya la conocemos todos.


Los animales más numerosos del planeta son también los menos conocidos. El infame caso del krill y los colémbolos.

Al lector a lo mejor le sorprenda saber que los animales más numerosos del planeta no son los perros o las hormigas, ni los mosQuitos, ni las vacas, sino el krill y los colémbolos. Son pequeños animales pero de gran número. Parafraseando a Isaac Asimov en uno de sus escritos “lo numeroso es pequeño”.

Pero la cosa seguro no terminará allí sino que el lector, en caso de que no los conozca, querrá saber qué diablos son estas cosas y por qué han pasado desapercibidos de la mayoría de nosotros?. Pues a continuación haré una breve descripción de estas singulares especies que inundan nuestro planeta, manteniendo la cadena alimenticia y por lo tanto el equilibrio de todo el ecosistema. Su número es tal que es difícil incluso imaginarlo y por lo tanto se especula su número por unidad de superficie o volúmen, pudiendo llegar a superar los 60,000 individuos por cada metro cuadrado en el caso de los colémbolos.

El Krill

Para hacerlo sencillo digamos que el krill es una suerte de camarón diminuto, aunque hablando estrictamente no es un camarón, así como una langosta puede parecer un camarón grande, sin convertirse con ello en uno. Habita en todos los mares pero su concentración es considerable cerca de la Antártida, donde es importante fuente de alimento de ballenas, pinguinos y peces. Se moviliza en inmensos cardúmenes que son como nubes gigantescas en lo profundo del océano. De una sola bocanada una ballena jorobada puede engullir decenas de miles de individuos. En la noche el denso cardumen sube a la superficie para alimentarse y es blanco de un sinnúmero de especies que esperan este momento para darse un festín.

Actualmente, la pesca desmedida y el cambió climático han comenzado a mermar las poblaciones de krill, lo que representa un potencial problema para toda la cadena alimenticia en un futuro cercano. Para no explicar más, aquí las fotos del animalito.

Los animales más numerosos del planeta son también los menos conocidos. El infame caso del krill y los colémbolos. Los animales más numerosos del planeta son también los menos conocidos. El infame caso del krill y los colémbolos. Screen Shot 2018 05 06 at 3

Colémbolo

Los colémbolos son diminutos insectos terrestres, que pueden llegar a ser tan pequeños como el grosor de un cabello humano. Viven en todos los continentes y es muy probable que hayamos estados junto a alguno de ellos en algún momento sin darnos cuenta. Se adaptan muy bien a todos los entornos, tanto así que una especie de colémbolo fue hallada en una cueva a casi 2000 metros de profundidad, convirtiéndose en el artrópodo encontrado a mayor profundidad en la tierra. Se alimentan de esporas, nemátodos, bacterias y cualquier otra cosa más diminuta que ellos. De hecho existe un tipo de colémbolo que resulta ser un parásito de otro insecto, de las termitas específicamente, alimentándose de cualquier desperdicio que éstas dejen. Imagínense, hay que ser muy pequeño para ser un parásito de un insecto ya de por si pequeño.

Saltan, como las pulgas, pudiendo llegar a distancias de varias veces su tamaño… claro, tratándose de un animal tan pequeño, estas “grandes” distancias no llegan a superar los 5 milímetros. En fin, para no alargarles el cuento les comparto unas imágenes de este pequeño habitante.

Los animales más numerosos del planeta son también los menos conocidos. El infame caso del krill y los colémbolos. Los animales más numerosos del planeta son también los menos conocidos. El infame caso del krill y los colémbolos. cole