La casi desconocida apuesta que cambió la historia de la humanidad

Si existe un punto de inflexión que cambió el rumbo de la humanidad, fue la develación por parte de Isaac Newton de la fuerza de la gravedad. Si bien es cierto, ya se hablaba de ella antes que Newton, fue éste último quien explicó su naturaleza y pudo demostrar su fórmula matemática; además de revelar que era la misma fuerza que hacía que una manzana caiga de su árbol siempre en vertical, la que hacía que la luna gire alrededor de la tierra.

A partir de este hallazgo, muchos fenómenos naturales cobraron sentido. El descubrimiento de Newton permitió explicar con mucha exactitud los fenómenos más diversos y catapultar el desarrollo tecnológico en todos los ámbitos: desde el aparentemente simple movimiento del péndulo de un reloj, hasta logros supremos de la raza humana como el lanzamiento de los primeros cohetes espaciales y la llegada del hombre a la luna.

La genialidad de Newton se contraponía a su personalidad, un tanto difícil de entender para muchos. Era un hombre reservado y un tanto huraño; había reflexionado sobre la gravedad en soledad y, aunque parezca inexplicable, no tenía la menor intención de contárselo a nadie… de hecho, no nos hubiéramos enterado nunca, de no ser por una fortuita reunión de amigos que terminó en una singular apuesta.

La historia que les contaré a continuación se encuentra documentada en un viejo libro que encontré llamado Memorias de la Vida, Escritos y Descubrimientos de Sir Isaac Newton, publicado en 1860. La historia se ha ido completando con referencias encontradas en otras obras e incluso cartas escritas a puño y letra por el mismo Newton y que actualmente son parte del archivo de la Royal Society, la sociedad científica más antigua de Reino Unido.

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Era una fría noche de invierno de Enero de 1684 y tres amigos se habían reunido para cenar en un restaurante de Londres. No eran personas comunes, en realidad se trataba de una inusual reunión entre tres de los más brillantes hombres de ciencia de aquella Europa del siglo XVII: Edmond Halley, Christopher Wren y Robert Hooke.

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Hooke había conseguido fama reciente como biólogo, al ser la primera persona en la historia en observar una célula –de hecho, fue él mismo quien acuñó el término que ahora usamos. Pero el día de la reunión se encontraba obsesionado por otro tema científico diametralmente opuesto: la gravedad. Había dictado una conferencia en la Royal Society de Londres titulada: On Gravity y había anticipado que la fuerza de la gravedad decrece con la distancia. Como podemos ver, la manzana de la gravedad se caía de madura, pero nadie podía explicarla con exactitud.

Halley era el más joven de los tres, pero a pesar de su juventud, su reputación como astrónomo ya había comenzado a desarrollarse. Varios meses antes de la mencionada cena en Londres se encontraba obsesionado con la idea de la gravedad e intentaba relacionarla con las leyes del movimiento de los planetas que años atrás había descubierto el alemán Johannes Kepler. Había recopilado muchísima información gracias a sus observaciones astronómicas. Estaba entusiasmado por poder demostrar con mediciones la veracidad de las afirmaciones de Kepler. Halley estaba en la dirección correcta del gran hallazgo de la gravedad, pero aun no podría resolver matemáticamente el problema.

Por otro lado Wren ya tenía una vida muy activa en el campo de la arquitectura. Sus edificios se levantaban por todo Londres y de los tres personajes, era quien llevaba una vida financiera más cómoda. Pocos conocen su pasión por la ciencia, pues es más conocido por ser uno de los más importantes arquitectos de todos los tiempos y a quien se le encomendó la reconstrucción de gran parte de los edificios de Londres luego del Gran Incendio de 1666. Su pasión por la astronomía no sólo fue un hobby, sino que inclusive llegó a ser profesor titular de la cátedra de astronomía en la universidad de Oxford y al igual que los demás se encontraba dispuesto a desentrañar los secretos de la gravedad.

La conversación de esa noche se centró en el movimiento de los planetas y su órbita elíptica. Trataban de dar explicaciones del por qué los planetas giraban en está forma en particular. Hooke, había llegado a la conclusión de que la gravedad estaba relacionada con el inverso cuadrado de la distancia, pero todos querían saber si podía demostrarlo matemáticamente. Hooke. que era un tanto presumido, se jactaba de conocer la respuesta al enigma pero se negaba a contarla para mantener el suspenso.

Al final Wren decidió lanzar el reto: 40 chelines (algo menos de 2,000 dólares actuales) a cualquiera de los dos que pudiera demostrar matemáticamente la naturaleza de aquella fuerza invisible que atraía a los planetas. Sin duda esto animaría a todos a resolver el acertijo y ayudaría también a aflojar la lengua de Hooke, en caso de que éste supiera algo; pero Hooke se limitó a decir que los iba a mantener con la intriga un rato más, sólo por puro placer.

A partir de esa noche Halley se hizo nudos en la cabeza tratando de demostrar matemáticamente el asunto. Dio sólo con una solución particular, pero no podía encontrar una demostración general. Buscó la solución durante meses, día y noche, hasta que se le ocurrió un nuevo enfoque para resolver el problema. Ir donde el loco de Newton y preguntarle si tenía alguna pista. En ese entonces se rumoraba que Newton era un genio de las matemáticas.

Se cuenta que Halley emprendió viaje desde Londres hacia Cambridge una mañana de Agosto de 1684 y se encontró con Newton en una banca de los jardines de la prestigiosa universidad.

(Continuará)…


La extraña historia de aquella vez que amaneció a la medianoche (parte 1)

Esta es la primera parte de una historia basada en hechos reales, ocurridos en Siberia, en 1908. Un extraño fenómeno aun sin clara explicación, conocido como el Bólido de Tunguska.

La tarde del 27 de Junio de 1908, William Tallack se encontraba cerrando su zapatería. Caminó por la pequeña calle empedrada en dirección al río —le gustaba ver la entretenida vida fluvial antes de tomar el tranvía hacia su hogar, no muy lejos de allí. Al llegar vio un grupo de muchachos colgados del pasamanos de metal, mirando al cielo desde la mitad del puente… “está verde!” decían, mientras señalaban al cielo “mira, por detrás de esas nubes”.

William miró con atención. En realidad el cielo se había pintado de color verde intenso en dirección al horizonte. Miró hacia el otro lado y vio el natural resplandor naranja de todas las tardes. Llegada la noche, todos en el puerto de Bristol estaban hablando de lo mismo, del extraño fenómeno de colores aparecido en el firmamento.

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En el tranvía, William notó que todos comentaban del extraño acontecimiento. Que horas antes vieron unas luces intensas en el cielo, que era el halo de un ángel que cayó en la tierra, que eran experimentos con la luz eléctrica, que era un castigo de Dios que se acercaba. Él no habló con nadie. Tenía el cansancio acumulado de toda la semana presionándole las palabras.

Llegó a su departamento en el último piso de un pequeño edificio de tres plantas cerca del río Avon, en el barrio de Hotwells. Era noche de sábado y William acostumbraba a tomar una taza de té en su pequeña mesa de madera. Solitario. El té no era un acontecimiento social para él, sino más bien todo lo contrario, un momento para refugiarse de la sociedad y disfrutar de las cosas elementales, que están de la piel para adentro, un acto de reflexión. Cerraba los ojos de vez en cuando y se imaginaba de chico, metido en el taller de su padre en la casa de campo, en las montañas de Dartmoor, al sur de Inglaterra.

Todo el día atendiendo clientes en la zapatería, en medio del bullicio de la zona comercial de la bullente ciudad, le habían hecho apreciar sus momentos de ermitaño.

No podía dormir esa noche. Se acordaba del cielo verde fulgurante al final de la tarde. Recordaba también una leyenda de su abuelo en Dartmoor. De aquella vez que la iglesia de San Pancracio fue impactada por una gigante bola de luz que vino del cielo y que mató a varios fieles en medio de la prédica. Un esférico latigazo luminoso que dañó parte del techo de la iglesia. Trataba de asociar ambos acontecimientos de algún modo, no podía recordar si la leyenda de su abuelo estaba pintada de verde en algún lado, pero sí recordaba que su abuelo le decía que el rayo aniquilador había sido enviado por el demonio para llevarse las almas de los que juegan cartas o apuestan en secreto durante la misa. Luego de examinar los cadáveres se confirmó que se trataba de los apostadores más voraces de la región.

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Amaneció como cualquier domingo. William sacó la cabeza por la buhardilla y miró al cielo con dirección al Este. No vio nada raro, sólo un hermoso y no muy frecuente, pero tampoco imposible, cielo azul. Tenía una carta de su hermana sin abrir sobre su mesa, que no había podido leer la noche anterior por andar pensativo. La abrió.

Su hermana le contaba de la apacible vida en el campo y le confesaba su preocupación por el estilo de vida que él llevaba, que se dé un descanso de tanto trabajar y que deje la zapatería encargada con su primo y ayudante por unos días, que se tome unas vacaciones, que ya tenía 25 años y aun no tenía descendencia, que ya era mucho tiempo sin verlo, que sus padres lo echaban de menos, que tenía mucho que contarle.

El domingo transcurrió sin sobresaltos, se sentó a revisar las cuentas del negocio, se puso a responder la carta de su hermana —se le hizo difícil decidir una respuesta, pues le atraía la idea de despejar la cabeza e ir unos días a Dartmoor.

En la tarde salió a visitar a un amigo. Había quedado en llevarle un par de zapatos recién reparados. Caminó por el empedrado de la vereda y de repente notó un súbito alboroto en la calle, en dirección al río. Siguió a la multitud movido por la curiosidad. No hizo falta preguntar a nadie, la razón del alboroto de mostró obvia ante sus ojos justo antes de llegar a la multitud. Un verde fulgor en el cielo, más intenso que el del día anterior, se develaba hacia el Este, con magnitud variable, como latiendo y despidiendo de cuando en cuando destellos luminosos, incluso después de entrada la noche. La curiosidad de la ciudad, despertada el día anterior, se comenzó a transformar en temor, temor a lo desconocido.

(Continuará)