La milagrosa cura contra el paludismo que se convirtió en gin-tonic

Antes de la llegada de los españoles, las tribus aborígenes de Sudamérica conocían la milagrosa propiedad de la corteza de un árbol que aliviaba la fiebre y el dolor, así que cuando los europeos trajeron el paludismo (o malaria) los nativos decidieron usar aquel viejo remedio para este nuevo mal. El asunto es que los españoles no habían tomado muy en serio esta medicina ancestral, hasta que en 1632 la esposa del Virrey de Perú, la Condesa de Chinchón, cayó enferma de malaria. Al borde de morir y en medio de una delirante agonía un sirviente sugirió que la trataran con la corteza del árbol milagroso y para sorpresa de todos se recuperó.

A partir de allí bautizaron al árbol milagroso en honor a la mujer y lo llamaron Cinchona. Su corteza viajó a Europa y su popularidad no hizo más que crecer. Se lo llevaron por toneladas, en barcos cargados de corteza y metales preciosos. A la corteza la llamaron Quina y luego los primeros químicos europeos extrajeron de ella su elemento activo y lo llamaron quinina.

Legiones de intrépidos aventureros escarbaron las selvas sudamericanas en búsqueda de nuevas variedades del árbol de Cinchona con la esperanza de encontrar cortezas más eficaces. Y las encontraron!. Interrogaron a los aborígenes y ellos les contaron del árbol de la Quina Amarilla, la Quina Colorada y hasta el raro árbol de la Quina Canela. Existen muchas crónicas de estos científicos aventureros que se encargaron de escribir en sus diarios sus aventuras en medio de la selva buscando la Cinchona. Vale la pena leerlas, pues les garantizo que están a la altura de cualquier película de Indiana Jones.

Una de estas historias de aventura es la de Charles Marie de La Condamine, científico francés que vino a Ecuador en el siglo XVIII a demostrar que la tierra es achatada en los polos y así comprobar que las afirmaciones del afamado Sir Isaac Newton eran ciertas. En ese entonces Ecuador ni se llamaba así y medir no era una cosa de encender un GPS y ya. Casi 10 años le tomó la bendita medición y como es de suponer, tuvo tiempo suficiente para satisfacer su curiosidad científica en otros aspectos. Cualquier cosa con la que La Condamine se tropezó llamó su atención y la documentó. En sus exploraciones encontró una especie de árbol de Cinchona muy efectiva y comunicó esta información a la comunidad científica francesa, quienes propagaron este descubrimiento en todas las direcciones y pronto comenzaron a importar esta variedad de corteza desde el Nuevo Mundo.

Como era un buen negocio exportar la corteza a Europa, los países sudamericanos pusieron restricciones aduanales para que las semillas de Cinchona no puedan salir de sus tierras y así evitar que se siembre este arbolito en otros continentes y monopolizar su comercio. Pero esto no duró mucho, pronto comerciantes ingleses se las arreglaron para convencer a un indígena llamado Manuel Incra para hacerse de un lote de semillas que llevaron a Londres y posteriormente vendieron a los holandeses a precio de oro. La historia cuenta que los holandeses decidieron llevarlas a una de sus colonias; más precisamente a la isla de Java, ahora parte de Indonesia. De aquí en adelante los holandeses suministraron gran parte de la demanda mundial de quinina.

Mientras la quinina causaba sensación como medicina en Europa, un relojero de Ginebra llamado Johann Jacob Schweppe, se las había ingeniado para meter gas carbónico en el agua, dando origen a las ahora populares aguas carbonatadas o bebidas gaseosas. Fundó una compañía y creó varias bebidas con sabores frutales. Para la segunda mitad del siglo XIX ya habían varias fábricas de gaseosas en Inglaterra, experimentando con sabores de frutas y plantas. Las bebidas gaseosas con propiedades curativas no podían faltar y con el tiempo a alguien se le ocurrió ponerle quinina al agua carbonatada. Se puede decir que la invención del agua carbonatada y el descubrimiento de la quinina coincidieron en el tiempo y era sólo cuestión de encontrar una cabeza adecuada donde concebir la idea.

Al agua carbonatada con quinina se la bautizó con el nombre de agua tónica y el relojero Schweppe se subió también al tren de la moda y sacó su propia versión de agua tónica, la cual aún vive hasta nuestros días bajo una de las marcas más conocidas en el mundo: Agua Tónica Schweppe.

Schweppe no fue el único, varios otros fabricantes hicieron lo mismo y así nacieron marcas como el agua tónica de Cunnington o el agua tónica de Pitt. Todos promocionaban los aparentes beneficios para la salud de sus productos. A continuación una publicidad aparecida en una publicación londinense de 1861, donde se describen los beneficios del agua tónica de Pitt.

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Otras bebidas gaseosas interesantes también surgieron, como es el caso de la gingerade, que no es otra cosa que el conocido Ginger Ale de nuestros tiempos. Es decir, una bebida a base de jengibre y agua carbonatada.

Sucedió un buen día que el ejército inglés que se encontraba apostado en la India (en ese entonces colonia inglesa) fue provisto de una buena dosis de agua tónica. Los ingleses tenían la equivocada teoría de que el agua tónica no sólo aliviaba la malaria sino que también la podía prevenir, así que decidieron proveer al ejército de esta bebida. Lo que no calcularon era que el agua tónica sabía a “remedio” (de hecho lo era), pues en ese entonces era mucho más amarga que en la actualidad.

Esto ocasionó que los soldados no se la quisieran tomar hasta que a alguien se le ocurrió la fantástica idea de agregarle un poco de Gin. El resto de la historia ya la conocen 😉


El Conde de Montecristo

Por: Raúl Guerrero

El primer libro que leí de tapa a tapa fue un resumen ilustrado de El Conde de Montecristo de Alejandro Dumas. Lo gané en un concurso de composición a los siete años. Supongo que lo leí con tal gusto porque después de ganar el concurso me negaron el premio.

Vivíamos en Huigra, un pueblo diminuto y encantador. La compañía Guayaquil & Quito Railway, constructora del ferrocarril del Ecuador, dirigida por el ingeniero Archer Harman, decidió establecer en Huigra la gerencia de la empresa ferroviaria que finalmente en 1908 culminó la monumental empresa de unir la costa y la sierra andina. Medio siglo antes habían abandonado los franceses la obra aludiendo que más fácil sería hacer volar a un burro que doblegar la barrera de los Andes.

Dos calles cruzaban Huigra: la Calle del Tren, paralela al Río Chanchán, y al otro lado del río se abría la otra calle, llamada, naturalmente, El Otro Lado. Huigra es un valle con medio kilómetro de ancho por dos de largo. En Huigra empieza un callejón ascendente hacia la imperiosa muralla rocosa de los Andes donde un pico enorme en forma de nariz se levanta como centinela infernal. Los constructores pronto tildaron al pico rocoso Nariz del Diablo.

Había tres escuelas, dos fiscales, la escuela de barones y la de niñas, y el colegio mixto del Padre Paredes. El concurso de composición lo organizó el Padre Paredes con motivo de la semana del Escolar Ecuatoriano.

A cuarenta años de distancia, y con nostalgia, recuerdo Huigra como el escenario de una película del Oeste con comedores, tiendas, cantinas, la iglesia en lo alto de la colina, un hotel administrado por la viuda del propietario inglés que le dio el nombre, Hotel Morley, y al norte, a un cuarto de kilometro, la ciudadela ferroviaria con una enorme casona donde funcionaba la gerencia.

Mi padre era Secretario Divisional del ferrocarril. Uno de los privilegios del cargo era residir en la vieja casona color verde perico y amarillo canario. No era privilegio cualquiera. Era vivir en una cápsula fuera de la geografía del Ecuador, mucho más cerca a la zona del Canal de Panamá, a su vez levantada en imagen y semejanza del Sur de los Estados Unidos. Teníamos teléfono, por ejemplo, en una época que la mayoría de los ecuatorianos no había visto un teléfono ni anticipaba usarlo jamás. Teníamos hospital privado, carpintería, herrería, bodegas llenas de dinamita, un gallinero bien surtido, árboles de aguacate y chirimoya, un jardín lleno de nardos, y muchachas y muchachos de servicio, y el guardián o wachimán.

El río, a la altura de la gerencia, tenía un recodo de agua dormida donde nadábamos o pasábamos la tarde sentados en las enromes rocas que con precisión fotográfica describió García Marques como huevos de aves prehistóricas. No había carretera a Huigra, pero nosotros teníamos estacionado a un costado de la casona un carro de mano, un automóvil de riel conchuevino.

Durante las primeras décadas del siglo veinte, la ciudadela ferroviaria fue una pequeña colonia americana. Entonces se transfirió la administración de la empresa al estado. La elección de Huigra para sede del ferrocarril obedeció a tres razones, según puño y letra de Archer Hartman: (1) Se encontraba justo a mitad de camino entre Guayaquil y Riobamba, el tramo comercial principal. En efecto dos trenes de pasajeros salían a las seis de la mañana de Riobamba y de Guayaquil y coincidían en Huigra para el almuerzo. Arroz con huevo frito y algún guisado de carne era el plato típico, acompañado de una gaseosa helada. Los vendedores pregonaban a pulmón suelto. Los pasajeros de primera comían en bajilla de hierro enlozado con cubiertos, los de segunda y tercera en hojas de col y con la mano. (2) Huigra era una eterna primavera. (3) Archer Hartman quería estar lo más lejos posible de la politiquería capitalina que a punto estuvo de truncar la empresa.

La primavera eterna incidió en que el padre Paredes, un cura independiente, instalara un internado a donde iban a parar los muchachos de la clase media alta de Guayaquil que habían sido expulsados de colegios prestigiosos. Debió tener un nombre oficial el colegio, pero se lo conocía como el Colegio del Padre Paredes.

Huigra también atraía personajes famosos de Guayaquil durante el invierno. En Guayaquil, el puerto principal y centro financiero del país, y en esa época la capital mundial del banano, el calor y los zancudos se confabulan para martirizar a la población. Entre diciembre y abril las familias pudientes escapaban. No pocas familias invernaban en Huigra.

Aprovechó el Padre Paredes que un destacado intelectual Guayaquileño vacacionaba en Huigra para convocar el concurso de composición y comprometerlo a ser juez. Como era la semana del Escolar Ecuatoriano, el concurso fue para estudiantes de cuarto, quinto y sexto grado. La idea del padre Paredes era incentivar a los estudiantes de su colegio a la escritura. El intelectual puso una condición antes de aceptar ser el juez: que también se invitara a participar a los estudiantes de la escuela fiscal.

Yo cursaba el tercer grado en la escuela fiscal. Escribí una composición sobre los curas y los gallinazos basado en mi observación de niño y las enseñanzas de un profesor comunista. Había dos curas en Huigra, el párroco, el cura oficial, y el padre Paredes, el cura independiente. Los dos andaban con sotana negra y a veces con ese peculiar sombrero de ala ancha y copa pequeña. Y había gallinazos en abundancia. Gallinazos negros con el pescuezo pelado y un copete que se parecía al copete de los curas. Eran los años sesenta y todos los hombres usaban copete. Mi profesor era comunista. Había sido estudiante de la Universidad Central de Quito, una universidad sumamente politizada. La familia lo había mandado de Riobamba a estudiar leyes, pero al cabo de dos años se acabó la plata y al futuro abogado no le quedó más que conseguir trabajo en el magisterio. Llegó a Huigra con ínfulas comunistas y su copete, porque también los comunistas usaban copete.

En la escuela fiscal un profesor enseñaba todas las asignaturas del grado, y nuestro profesor algunos días sólo hablaba de los grandes pecados de la iglesia. A él le escuché hacer la analogía entre gallinazos y curas, ambos aves de rapiña decía. En realidad, ahora sé que estuvo equivocado, los gallinazos son aves de carroña más que de rapiña. Por una semana me dediqué a observar las similitudes entre los gallinazos y los dos curas de Huigra. Plasmé mis observaciones en una composición que el intelectual Guayaquileño seleccionó ganadora. Entre otras cosas, dijo al explicar su decisión, mi composición era la más corta.

Surgió una controversia. El concurso se convocó para estudiantes de cuarto, quinto y sexto grados. Los estudiantes perdedores esgrimieron en su defensa la ilegitimidad de mi participación pues yo estaba en tercer grado. Los profesores del quinto y sexto grado del colegio del padre Paredes me descalificaron y otorgaron el premio a uno de sus estudiantes sobresalientes. La composición ganadora era una elegía a la disciplina en rima que si mal no recuerdo comenzaba con las siguientes líneas: La disciplina es una mina cuya riqueza al niño empina. Mientras la mía comenzaba así: El cura y el gallinazo, pálidos seres ojerosos, de negro van y vienen en busca de alguna rata muerta o limosna.

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El intelectual tomaba cerveza todas las noches en un salón que tenía una potente rocola. Comenzaba a beber con Bésame Mucho de Lucho Gatica. Es lo que decían en casa cuando a eso de las siete los acordes del bolero volaban por el pueblo: Ay, ya habrá comenzado el intelectual a beber solo. En casa yo crecía rodeado de mujeres: la abuelita, mamá, la tía Raquel, tres hermanas, casi siempre una o dos primas y alguna comadre de paso, las vecinas y las muchachas. Qué hombre tan raro, decían las mujeres de la casa, como si le costaran las palabras, hay que sacárselas con tirabuzón. La abuelita, que ya no oía nada pero habiendo aprendido a leer los labios metía su cuchara en todas las conversaciones, razonó que a lo mejor el intelectual era medio mudo, y advirtió que se anduvieran con cuidado pues había dos tipos de mudo, el mudo que por voluntad de Dios no hablaba, y el que se hacía el mudo, el mudo sabido.

Me puse un gorro y baje al pueblo a ver al intelectual. En efecto, estaba en una mesa tomando cerveza sólo. Vestía camisa blanca y pantalones oscuros, y a través de gruesos lentes, los que se llamaban de culo de botella, tenía extraviada la vista en el horizonte oscuro. Como yo era niño pensaba que a lo mejor los intelectuales podían ver a través de la oscuridad. Le escuché a mi profesor decir: Hay hombres que miran a través de las sombras, hombres que por sabios se los cree locos. Las mujeres de la casa así pensaban del intelectual. Ese hombre bebe solo, decían, sin entender como prefería el silencio a su locuaz compañía.

Buenas noches, lo saludé.

   – Cuidado, me advirtió el propietario del salón, a un intelectual no hay que molestarle cuando piensa.

No era mi intención molestarle sino denunciar una injusticia. Me presenté. Le expliqué que me había negado el premio por estar en el tercer grado. El intelectual soltó una enorme carcajada. Recuerdo claramente su voz gruesa: Te han negado el premio por ser demasiado joven. No dijo más. Yo interpreté su silencio como una manera de despedirme. Regresé a casa derrotado.

La entrega del premio fue el domingo después de la misa que el padre Paredes pronunciaba ataviado elegantemente. Me parece que el padre Paredes en ciertas ocasiones vestía de cardenal (no sé si inventé este recuerdo.) Lo cierto es que después de cada misa el padre Paredes manifestaba su afecto a las feligreses con efusivos abrazos. Me cuenta mi madre que disimuladamente manoseaba a las señoritas y a las madres jóvenes con sus manos escurridizas. El cura era un Tenorio pero nunca abusó a menores. Su mujer oficial, se rumoraba, era la señorita rectora del colegio.

Inmediatamente después de la Bendición, el padre Paredes pidió a los feligreses que permanecieran sentados. Y prosiguió así: Y ahora nos es grato presentarles al distinguido intelectual que nos honra con su presencia para entregar el premio a la mejor composición en esta la semana del Escolar Ecuatoriano. El premio lo levantó para que todos lo vieran. Se trata nada menos y nada más que de una preciosa novela ilustrada del gran escritor francés Alejandro Dumas para inspirar en la muchachada el amor por las letras y el buen hábito de la lectura. El Padre Paredes también elogió la labor del profesor de sexto grado. Qué no hay alumno sin su profesor, dijo.

El intelectual no había asistido a la misa. Entró a la capilla justo ese momento y se dirigió al altar. Yo asistía con indignación la ceremonia. Más indignación me provocaba el intelectual que los mismos profesores de quinto y sexto que me descalificaron. Cada cual cuidaba su gallinero, decía la abuelita. ¿Pero él, no debió él haberme defendido?

El intelectual tomó la palabra. Dijo que sentía vergüenza ajena (desde entonces llevo esa expresión como un florero en un rincón de mi cerebro.) ¿Descalificar a un niño por ser menor a los otros concursantes? Era un síntoma de la enfermedad, dijo, que cada día hundía más al país en la mierda.

Un suspiro ahogado recorrió la capilla. Jamás nadie había dicho mierda desde el pulpito.

El intelectual pidió que se pusiera de píe el autor de la composición Los curas y los gallinazos. Me puse de píe. No será El Conde de Montecristo, dijo al verme, pero es mi último libro de cuentos y te lo regalo.

El Padre Paredes se interpuso. Dijo que nunca era tarde para reparar un daño, y con puñales en los ojos le quitó la novela ilustrada de Dumas al profesor de sexto grado y me la entregó después de un fuerte apretón de manos, añadiendo: Al Cesar lo que es del Cesar y al Escolar Ecuatoriano lo que es del Escolar Ecuatoriano.

Yo tenía siete años. Mucho después, ya cuando emigré a Estados Unidos, le encontré al padre Paredes caminando de la mano con la señorita rectora en Nueva York. Solté un grito de emoción: ¡Padre Paredes! Tremenda fue su sorpresa. Estaba en viaje de compras, dijo, y al caer en cuenta que aun tenía en su mano la mano de la señorita rectora se sonrojó. Una precaución, dijo, no fuera a ser que se perdieran en un país extranjero.


La historia del camino a Cuenca y los hombres que cargaron una planta hidroeléctrica y un auto a través de la selva.

Cuenca es una pintoresca ciudad ecuatoriana, muy interesante de visitar. Se encuentra clavada en medio de los Andes y fue inspiración de reconocidos escritores. Pero no siempre se pudo visitar como ahora; por su ubicación, en medio de las montañas, durante mucho tiempo estuvo aislada de las demás regiones del país, pues no habían caminos que condujeran a sus encantos.

Son increíbles las proezas de las que fueron testigos los primeros caminos del Ecuador. Alguna vez escuché el relato de cómo llegó un enorme piano de cola a la sierra, atravesando la cordillera de Los Andes. Había sido traído de Europa y desembarcado en el puerto de Guayaquil. Al principio se transportó en vapor, aguas arriba, a través del río Babahoyo y luego, básicamente a lomo de indio. La travesía duró semanas.

Cuenca fue cuna de muchas de estas historias. En la época en la que se construyó el Ferrocarril Trasandino, que une la costa con la sierra del Ecuador, la G&Q, compañía a cargo de completar la obra, se encargó de fundar un pueblo llamado Huigra, en un hermoso cañón esculpido por el río Chanchán. El ferrocarril no pasaba por Cuenca, para variar, la Carretera Nacional tampoco; pero Huigra quedaba relativamente cerca, así que la G&Q abrió un camino de algo más de 2 metros de ancho a petición del Gobierno Nacional. No se engañen tampoco, el viaje a caballo podía tomar días, pero comparado con nada, el lodoso camino se convirtió en una importante vía de comunicación.

Este camino se llamaba Camino al Tambo, pues ese era el nombre de la pequeña población a la que se llegaba. Del Tambo a Cuenca había un camino pre-existente.

Dicho caminito maltrecho y peligroso sirvió de vía de intercambio comercial (y ruta de viajeros) entre Cuenca y la Costa ecuatoriana. Su importancia fue tal, a pesar de lo difícil de la travesía, que en el pequeño poblado de Huigra se instalaron decenas de agencias de consignación de mercadería, que recibían sus encomiendas de Guayaquil a través del ferrocarril y de allí las embarcaban en mulas u otros animales rumbo a Cuenca. Tantas agencias hubo, que formaron un barrio entero al inicio del polvoriento camino, hoy llamado “Barrio Azuay”. Azuay es la provincia donde se encuentra Cuenca.

Las peligrosas travesías eran encomendadas a una tribu descendiente de los incas, con reputación de ser los más diestros para sortear los peligros de las montañas. Los llamaban indios guanderos, pues llevaban en sus espaldas una especie de pequeña cama de madera que llamaban “guando”. Allí ponían las encomiendas.

Pero la misión más importante jamás encomendada a los guanderos fue digna de una película. Cuenca quería solucionar sus problemas de electricidad con una planta hidroeléctrica y el único modo de transportarla era por el Camino al Tambo. Se cuenta que 3 mil indios guanderos fueron reclutados para este fin, en una de las empresas más asombrosas jamás vistas en esos altos de montaña. Se utilizó todo recurso disponible, las haciendas aledañas pusieron a disposición todo su ganado, para usar la fuerza de sus toros para arrastrar la pesada maquinaria.

Muchos indios murieron en las montañas: unos de cansancio, otros cayeron de las paredes rocosas o aplastados por el enorme peso de las turbinas y algunos perecieron de enfermedades contraídas en la aventura; pero asombrosamente lograron llegar un día de Julio de 1914 y fue así que Cuenca tuvo su anhelada “luz eléctrica”.

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Algunas partes de la planta hidroeléctrica llegando a Cuenca.

Pasarían décadas más para que finalmente el ferrocarril llegara a Cuenca y en 1965 los cuencanos vieron por primera vez acercarse a sus tierras una imponente y agitada locomotora de vapor. Pero como nadie está satisfecho sólo con lo que tiene, pronto pasó que los cuencanos quisieron también carretera. Lo extremadamente curioso es que en Cuenca ya existían autos desde 1912, muchísimo antes de que llegara la línea férrea o la carretera. Seguro el lector ya se está imaginando cómo llegaron estos vehículos hasta allí?

De algún modo estas hazañas multitudinarias deben haber inspirado a los cuencanos a cargar más cosas sobre sus hombros, pues para presionar al Gobierno a construir una carretera “decente” resolvieron seguir cargando cosas inverosímiles, a puro músculo. Y así fue que una mañana de octubre de 1969, decidieron cargar un auto.

Las calles se llenaron de júbilo, el delirio se apoderó del populacho. Un grupo de temerarios miembros del Club Deportivo de Choferes de Cuenca, alentados por la verborragia de un cura vecino, se ofrecieron a cargar un jeep hasta la Costa, para demostrar que el camino –que el Gobierno había puesto reparos en construir– era totalmente factible de hacer. Claro, si alguien podía transportar un vehículo en peso, atravesando las selvas andinas, seguro el trayecto no era tan imposible como se decía.

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(Continuará…)


Chipipe no es Shit Pipe

Hace unos días escuché un rumor mal inventado. A alguien se le ocurrió la “teoría” de que la etimología de Chipipe (popular sector del balneario de Salinas, Ecuador) estaba relacionada con la palabra Shit (mierda en inglés).

Pues, no es común que los nombres de nuestras ciudades, pueblos o lugares vengan del inglés y encima que tengan una connotación peyorativa, así que decidí investigar un poco. Lo grave del rumor era que se había filtrado hasta llegar a ser citado en Wikipedia.

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El rumor, como se aprecia en la imagen anterior, decía que las tropas norteamericanas que arribaron a Salinas para la segunda guerra mundial habían instalado una tubería de desagüe que llamaban “shit pipe” y de allí venía el nombre de la playa.

Pues no voy a entrar en detalles de cómo se resolvió el misterio, pero luego de tanto “desempolvar baúles” encontré la prueba que estaba buscando. Un viejo libro, impreso en 1924, llamado “SEMANTICA. Ensayo de lexicografía ecuatoriana“, resultó ser el “eslabón perdido” en este caso de etimologicidio 😉

En el libro es una suerte de diccionario de términos coloquiales. Al final de su página 13 aparece el término revelador… CHIPIPE!

Transcribo lo que dice… “CHIPIPE.-s. Nombre de un caserío en Salinas, población de Ecuador.

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Esto desvirtúa por completo la hipótesis de que Chipipe se llame así debido a la tubería de los gringos en la segunda guerra mundial pues eso ocurrió en los años cuarentas, varios años después de la publicación del libro en cuestión.

Aun así queda un misterio que a lo mejor nunca será resuelto: Cuál es el origen del nombre Chipipe?

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Para tranquilidad del lector peninsular, luego de este descubrimiento (el cual publiqué oportunamente en twitter ) fue retirada la desatinada mención de Wikipedia. Felices todos, en especial los pobladores de Salinas!

Referencias: Tweet original https://twitter.com/elandivar/status/971396918294335488


Buscando el puente perdido de Eiffel

Hace unos meses, leyendo un libro de la historia del ferrocarril ecuatoriano, me topé con un párrafo donde se mencionaba un supuesto puente sobre el río Chimbo construido por Eiffel.

Me llamó mucho la atención no haber escuchado antes de esto. Sería verdad?.. Eiffel es todo un personaje y las obras de Eiffel suelen ser atractivos en todo el mundo. Cómo podía ser que la existencia de este puente no sea vox populi?

La curiosidad me llevó a investigar más. Luego de un tiempo pude conseguir dos fotos del mencionado puente y el año de su instalación: 1886.

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Lo primero que salta a la vista es que se trataba de un puente sencillo. Yo esperaba un monumental puente de arco o algo parecido. Eiffel había construido algunos grandes puentes de arco que le habían dado renombre en la época como diseñador de estructuras metálicas, como el Viaducto de Garabit o el puente María Pía. Sin embargo, al observar las fotos del puente de Chimbo es evidente que se trataba de un puente de poca “luz”, lo que hacía innecesario un puente de arco; hubiera sido un desperdicio de recursos. Eiffel hizo lo correcto.

Pero, a pesar de lo simple de la estructura, a final de cuentas seguía siendo un puente de Eiffel!… y la curiosidad se incrementó… Rondaban por mi cabeza muchas preguntas sin respuesta: existirá el puente todavía? En qué condiciones? Estará enterrado entre la maleza? Se usará todavía?

Sólo había una manera de resolver este misterio… había que encontrarlo!

Lo siguiente fue determinar su ubicación. En libros viejos se menciona que el puente se encontraba muy cerca de la población de Chimbo.

Por varias semanas estuve confundido. La única población de Chimbo que aparece en los mapas actuales es San José de Chimbo en la provincia de Bolívar y no habían rastros de la línea férrea allí, peor del puente.

Entonces, dónde estaba aquel Chimbo? Dónde estaba el dichoso puente?

ALGO DE HISTORIA

Aquí voy a hacer un paréntesis, para contar brevemente un pasaje de la historia del ferrocarril ecuatoriano que nos permitirá esclarecer la situación un poco más.

Resulta que en 1886 (fecha de instalación del puente), el plan de tendido de la línea del ferrocarril del Sur era diferente al que finalmente se concluyó en la época de Eloy Alfaro (en 1908).

García Moreno había construido con éxito la línea Yaguachi-Chimbo y en 1885 el Presidente Plácido Caamaño contrató al ingeniero inglés Marcus J. Kelly para que continúe con la obra, desde Chimbo hasta la población serrana de Sibambe.

Kelly le propuso a Caamaño crear 82 kilómetros de vía y construir oficinas administrativas tanto en Chimbo y Sibambe.

De hecho, fue el mismo Kelly quien trajo e instaló el puente, como nos lo relata el investigador Karl Dieter Gartelmann en su libro NARIZ DEL DIABLO Y MONSTRUO NEGRO.

En París, Kelly había tenido la oportunidad de conocer los talleres del ingeniero Alexandre-Gustave Eiffel, quien gozaba en Europa de una amplia fama como constructor de puentes metálicos. Kelly le encargó la construcción de un nuevo puente sobre el río Chimbo, que fue instalado en 1886.

Como dato interesante, y para agregar más condimento al asunto, hay que destacar que en 1886 la obra magna de Eiffel todavía no había sido erigida: la famosa torre Eiffel.

EXISTIO EL PUEBLO DE CHIMBO?

Con lo leído hasta aquí uno ya se hace la idea de que Chimbo debía haber sido un lugar importante. La línea férrea llegaba hasta allí (era la última estación), lo que aparentemente lo convertía en un lugar clave, donde la mercadería del ferrocarril era embarcada a lomo de mula para ser transportada hasta Quito. Además, Kelly planeaba hacer oficinas administrativas allí.

Pero esta idea de un Chimbo importante contrasta totalmente con la realidad… Chimbo, no existe en los mapas actuales.

El misterio se hace aun más interesante cuando uno lee lo que el científico y aventurero Edward Whymper escribió en las memorias de sus viajes por los Andes ecuatorianos alrededor de 1880 (es decir 6 años antes de la instalación del supuesto puente de Eiffel).

El puente de Chimbo, una construcción de madera, cruzaba el río del mismo nombre antes de que éste se volviera bruscamente hacia el Oeste. la vía estaba escondida entre malezas, y hubo que descubrirla; pero, no encontramos ni estación ni trenes, casa, cabaña, ni personas o medios de procurarnos informes. La orilla derecha del río formaba el término de la vía que llegaba hasta el borde del torrente, sin obstáculos que previnieran la caída de un tren a las aguas…

Resultan evidentes aquí varias cosas. Lo primero, Whymper se topó con el final de la vía, donde supuestamente estaba ubicada la población de Chimbo; lo segundo, nos da una referencia de ubicación cuando dice “antes de que éste (el río Chimbo) se volviera bruscamente hacia el Oeste”; y tercero Chimbo no existía como poblado en ese entonces (1880). No había siquiera una estación ni personas en ese lugar, sólo el metal de las rieles.

Sin embargo, Whymper luego relata que en efecto llegó un tren a aquel lugar abandonado, y que lo transportó hasta Yaguachi. Es decir, en efecto Whymper se encontraba en el lugar donde debería nacer luego el poblado de Chimbo.

En algún punto de la historia Chimbo fue creciendo en importancia, eso es claro. Es más, en el transcurso de la investigación pude encontrar dos fotos de Chimbo. Estas no revelan mucha información acerca de la importancia del poblado, pero al menos se puede concluir que se trataba de un caserío establecido. Es decir, que existió!

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Esta hipótesis es reforzada por el escritor Galo García Idrovo, cuando escribe en su obra El Ferrocarril más Difícil del Mundo:

Con el pasar del tiempo, todo este sector poco a poco se fue habitando de inmigrantes llegados de otros sectores de la provincia de Bolívar y de la parroquia de Sibambe, hasta formar una pequeña población que justamente tomó de nombre “El Chimbo”.

DETERMINANDO LA UBICACION DE CHIMBO

Las primeras pistas de la ubicación aproximada de Chimbo aparecieron por simple lógica. Debía quedar junto al río Chimbo y, como la había escrito Whymper, donde el río gira bruscamente hacia el Oeste. Además, era el fin de la línea del ferrocarril.

Analizando estas dos pistas resulta obvio que Chimbo debía quedar cerca de la actual población de Bucay.

Esto es consecuente con el testimonio de Don Daniel Barragán en el libro de Galo García:

…logrando llegar hasta el sector denominado “del Chimbo”, sitio ubicado a muy pocos kilómetros al norte de Bucay y que toma este nombre justamente por estar ubicado contiguo al río Chimbo.

Sin embargo, la ubicación exacta vendría de un antiguo mapa levantado por el propio Whymper.

Whymper era un ávido observador, buen dibujante y amante del detalle. Se dio el tiempo de elaborar un mapa de la ruta que recorrió, basado en sus propias mediciones y en ciertas referencias de los mapas de La Condamine y Pedro Vicente Maldonado, que existían hasta ese entonces. Whymper no se basó en ellos por completo, pues descubrió imprecisiones.

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Gracias a esta prolijidad documental de Whymper, la ubicación de Chimbo quedó develada por completo.

A PONERSE LAS BOTAS Y SALIR A BUSCAR EL PUENTE

A estas alturas ya había contagiado de curiosidad a mis buenos amigos Vicente Adum (Chento) y Paul Estrella; y los había convencido de ir a buscar el puente. El día elegido fue el Sábado 10 de Enero del presente.

Chento es un aficionado de la historia del ferrocarril y de las locomotoras al igual que yo y Paul, como aficionado a la fotografía, nos acompaño a la aventura equipado con su cámara de fotos.

La primera parada del viaje fue Bucay. No conseguimos mucha información del puente aquí, excepto por el testimonio de Don Eduardo Benavides, ex-maquinista, quien nos mencionó que nuestro puente podía ser uno cercano al caserío llamado La Victoria, en la vía hacia Pallatanga. Nos dirigimos en esa dirección.

Nos detuvimos en el ingreso a La Victoria y tratamos de buscar una forma de llegar al río. El plan “A” era caminar por la ribera del Chimbo, en algún punto de ella tendríamos que toparnos con el puente o con sus bases.

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Lo espeso de la vegetación dificultó un poco la tarea, así que decidimos buscar una ruta alternativa, cuando de pronto Chento gritó: “aquí está, aquí está el puente!”.

Resulta, que el escurridizo puente de Chimbo, o lo que quedaba de él, se encontraba justo debajo del actual puente vehicular que pasaba sobre el río Chimbo. Algo cubierto de vegetación, pero visible. Estuvo todo el tiempo en nuestras narices!

La mala noticia es que ya nada queda de la estructura metálica que algún día fue construida en los talleres de Eiffel. Sin embargo, las bases se encuentran casi intactas, como en sus mejores días.

Nos apresuramos a buscar algunas marcas únicas en el puente, las cuales íbamos encontrando sin mucha dificultad. Una de ellas era un detalle rectangular, en forma de ventana, en una de las columnas principales; otro era un borde horizontal que dividía la mampostería… En pocos minutos nos fue obvio comprobar que se trataba del mismo puente: el histórico puente de Chimbo.

puente {focus_keyword} Buscando el puente perdido de Eiffel puente

En la foto anterior se puede observar la base oriental, construida de piedra. Se puede distinguir la diferencia de color entre la mampostería rectangular (abajo) y la piedra irregular revocada (arriba). Entre ellas se observa un bordillo horizontal y sobre la piedra revocada un detalle rectangular de color ligeramente diferente.

La mezcla de emociones era intensa. Nos sentíamos como expedicionarios legendarios. La alegría del hallazgo competía con la tristeza de no haber encontrado ya nada de la estructura metálica que algún día reposó sobre estas bases. También fue como transportarnos al lejano siglo XIX e imaginar los días en los que se construyó esta obra sobre la quebrada del Chimbo, sin la ventaja de la maquinaria e instrumentos actuales; nos asombraba cómo la construcción seguía casi intacta.

QUE PASO CON LA ESTRUCTURA METALICA?

Ya en el camino de regreso a Guayaquil y con la satisfacción de haber encontrado nuestro botín nos preguntábamos cuál había sido la suerte de la estructura metálica de Eiffel. Habría sido reutilizada en otro puente? La habrían robado? La habrían fundido?

Todo era especulación hasta ese momento, hasta que un día después, todavía emocionado y devorando un par de libros de la historia del ferrocarril, me encontré con un informe, de la Guayaquil & Quito Railway Company, escrito por John Harman, hacia el Ministro de Obras Públicas de ese entonces. El informe tiene como fecha Julio de 1900 y parecería sugerir lo que menos nos habíamos imaginado –el desenlace más triste de un puente construido por Eiffel– que el puente de Eiffel se había deteriorado en el transcurso de unos pocos años (aproximadamente 14 años).

No es nuestro propósito, sin embargo, abandonar lo hecho; al contrario, nos proponemos concluir la obra hasta el río Zhaurin, distante unos 18 kilómetros de Chimbo y dejarla como un ramal. Con tal fin construiremos un nuevo puente sobre el río Chimbo, pues el que existe, abandonado como ha estado por tanto tiempo, se encuentra deteriorado e inseguro para el tránsito de trenes.

No he querido aceptar la posibilidad anterior, sin embargo, no hay más puentes sobre el Chimbo a los que se haya podido referir este comunicado.

Hasta aquí, la aventura de encontrar el puente perdido llega a su fin. Sin embargo, hay algunos cabos por atar todavía y que serán motivo de investigación posterior. Los mantendré informados.

Espero les haya gustado la presente crónica.


Eloy Alfaro quería morir?

Mucho se ha hablado de los acontecimientos bárbaros en los que fueron inmolados Eloy Alfaro y sus más cercanos colaboradores a inicios del siglo pasado. Sin embargo, poco se habla de los días anteriores; de la situación que desembocó en estos hechos lamentables.

El presente ensayo pretende explorar brevemente, pero con sustento histórico, el enfoque de un Eloy Alfaro que, para preservar sus ideales en el tiempo, no ve otra salida que la de convertirse en mártir.

Como lo diría su amigo José Peralta, en discurso pronunciado en Panamá a los pocos días de la muerte del Viejo Luchador:

Alfaro, sin el horroroso martirio el 28 de Enero de 1912, acaso se habría confundido con otras celebridades. Pero los mismos que ansiaban exterminar y anonadar al reformador y al héroe, los mismos que profanaron su cadáver y lo redujeron a cenizas, han contribuido eficazmente a la inmortalidad del fundador del liberalismo ecuatoriano.

O como predicaba el propio Alfaro:

Los mártires son los que han redimido a los pueblos. Sin mártires, no habría Libertadores: estos recogen la buena simiente que sembraron y regaron aquellos con el sacrificio de la vida.

En este escrito veremos cómo a través del tiempo el General Alfaro habla del concepto del martirio y cómo, en su “Ultimo Viaje” incluso rehusa a escapar de sus captores cuando se entera de que había un operativo en marcha para rescatarlo.

Los días anteriores

Para quienes no han tenido la oportunidad de conocer los hechos ocurridos, previos a la muerte de Alfaro, haré un repaso muy breve a continuación.

Eloy Alfaro se encontraba en Panamá, desterrado. Con sus 70 años encima se sentía cansado físicamente y ya con algunos achaques propios de la vejez, que se le venía acercando inminente. Se dormía en las sobremesas con amigos y su respiración era fatigosa, “señal evidente de un cansancio orgánico trascendental” [1]. Anímicamente también estaba un poco desencantado y triste. El movimiento liberal del cual él mismo había sido bandera, se encontraba dividido. Para sorpresa de muchos, son los propios liberales los que ostentaban el poder en la fecha de su muerte y son los propios liberales, a quienes Alfaro había tendido la mano en el pasado, los que ahora gritaban en su contra.

Ahora, muchos se burlaban de él, como lo relata Roberto Andrade:

“… estaba tan enfermo, que en El  Oro fue a dormirse en el campamento mientras conversaba con los suyos, y se convirtió en la burla de sus soldados: la causa de este sueño era la arteriosclerosis que lo atormentaba desde 1908”

El periódico liberal El Guante publicó en 1910 la caricatura que se expone a continuación, donde se aprecia un Alfaro corcovado y falto de fuerzas.

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El Ecuador se encontraba en medio de una guerra civil propiciada por los liberales cercanos a Alfaro (Partido Liberal Radical), en busca de arrebatarles el poder a estos nuevos liberales (para muchos, conservadores disfrazados). Al mando del ejercito revolucionario se encontraba el propio sobrino de Eloy Alfaro, el General Flavio Alfaro.

En este contexto, el 30 de Diciembre de 1911, Alfaro recibe en Panamá (pocos días antes de su muerte) un telegrama muy breve de su más fiel compañero de batallas, el General Montero, que dice:

Urge presencia suya aquí. Si es preciso vapor expreso. Pedro J Montero.

Y Alfaro, sin pensarlo mucho, emprende viaje a Guayaquil. Con los años encima no tenía entre sus planes pelear una guerra, ni siquiera ser Presidente (como le manifestara a su hijo Olmedo en una carta personal, cuyo resumen copio en breve). Su objetivo era, según él mismo manifestara, servir de mediador en este conflicto entre liberales.

… he manifestado con sinceridad que no quiero más volver a regir los destinos del país y todos aquellos que necesitan destinos para vivir se han enfriado y retirado…

Hay que destacar que Alfaro venía a una situación muy peligrosa. El sabía que el riesgo de morir era muy alto.

En el Gobierno de ese entonces ya se rumoraba de un posible regreso de Alfaro, tanto así que el propio Presidente Emilio Estrada, el 17 de Diciembre de 1911 (pocos días antes de morir de insuficiencia cardiaca) escribe una carta intimidante a un allegado de Alfaro.

Repetidas noticias del Istmo (Panamá) han avisado de que el General Alfaro tomará en Panamá el próximo vapor que sale de allá mañana, con ánimo de dirigirse a esta ciudad (Guayaquil). Usted mejor que nadie medirá las consecuencias de este viaje; pero tengo el deber de comunicarle que tengo impartidas instrucciones severas, aunque no crueles; las que en último resultado, llevarán al General a Quito, donde, no estando yo, es peligrosísima la presencia del General. Su prudencia y talento le aconsejarán en este trance.

Es notorio que Estrada trata de hacer llegar su mensaje de manera indirecta a Alfaro, y persuadirlo de que no viaje, so pena de ser trasladado a Quito, sin garantías. Lo que también causa asombro es que esta carta parece una predicción de lo que realmente sucedió días después.

Para el lector resultará obvio entonces de Eloy Alfaro sabía de las posibles consecuencias de su retorno al Ecuador, pero no vaciló en su decisión de emprender el viaje a Guayaquil.

CONTINUARÁ…