Historia de un alma liberada

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Me iré una noche, cuando nadie me vea. Cuando el silencio y la oscuridad camuflen mi identidad inexplicable. Saldré del castillo moribundo antes que los pájaros despierten, cuando aun estés dormida y tus latidos resuenen con los míos; para que de este modo no me notes, para que no sientas como mi respiración se pierde entre los aires de la noche.

Si te preguntan qué pasó, diles que fui un sueño de la fiebre. Que el mal de las montañas corría por tu sangre, inyectado por un diente de serpiente.

Todos te creerán. Nunca nadie dio su fe de mi presencia. Nunca nadie a mi me vio, encarnado aquí en mi cuerpo y si alguien vio mi sombra, fue tal vez cuando escondido entre ropajes, vivía entreverado entre tus prendas.

Fui tu piel, casi tu mismo. Vivimos tan unidos, que tejimos juntos la crisálida envolvente que nos une. Ahí estuve siendo líquido en tus llantos, apretando el corazón en tus quebrantos. Fui tu mano y tu mis dedos, y tu vientre fue mi hogar en los inviernos. Cuando vino aquel recuerdo abandonado, fui también aquella historia que callaste.

Por eso, el día que me exhales, no te quedarás en el castillo reposada. Vendrás conmigo, incrustada en mi mismo, para siempre, dejando atrás el hilo etéreo que un día nos unía con tu cuerpo.

Mi Cielo está Contigo

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Sólo faltabas tú esa noche. A las montañas se las había comido ya esa nada color negro que se entrevera con las plumas de los mirlos y le roba el color a las cosas. Pero el cielo estaba despejado y aquella franja tenue —pintura de estrellas— se ceñía como un cinturón, dibujado en aquella inmensidad. Era un espectáculo maravilloso el que te perdías en tu lejanía ciudadana: la vía láctea.

Me sentí más sólo que de costumbre. Ni siquiera mis fantasmas vienen cuando te espero, porque saben que eres mi única aparición posible. Saben que te pienso y que sonrío… y me olvido de todo lo demás.

A propósito, hace un rato cerré mis ojos y te vi encendiendo la luz de alguna luna vagabunda. Vuelas conmigo? Jugamos a enfriar soles lejanos? Nos escribimos retazos de cualquier cosa?. Aterrizamos en algún planeta oxigenado?… o mejor soñamos que desenredo tu pelo a tientas mientras cruzas un sistema planetario?.

Creo que estoy algo nostálgico, sabes?. A lo mejor es este cielo y sus escarchas o a lo mejor es que tengo el cuerpo cansado de recorrer estas montañas sin caminos.

Quieres que te hamaquee en mis brazos y te duermes? Quieres flotar en esa órbita abrigada? Quieres volar a la galaxia más lejana, tomada de la mano… yo no te suelto nunca.

Un destello en mi cabeza te dibuja. Será que estás viniendo? Será que te escapaste de tu cápsula del tiempo? Será que viajas pasajera en la cola de un cometa? Que dejaste tu cama destendida y viniste a refugiarte aquí a mi lado?

Tengo un plan por si no llegas, un consuelo. Escribiré para ti más noches de lunas sonrientes, de enjambres brillantes. Las regaré por la bóveda celeste, en un patrón de corazón desordenado… y las pondré fugaces o del color de tu bufanda preferida. Las voy a decorar con cintas caprichosas y jugaré a encontrar tus ojos en el fondo de alguna nebulosa.

Miramos las estrellas? Tu conmigo?… No importa nos separe la distancia, siempre el cielo que tu ves es como el mío. A pesar de que no escuche tus palabras, en el fondo de este espacio distanciado, lo importante de mi cielo está contigo.

Horacio de Tosango y su Insólita Virtud Estacionaria

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Con el pasar del tiempo, el pobre Horacio de Tosango se sentía metálico. La vertical flama solar del medio día lo había tostado de un café rojizo, como el color del óxido. Pero Horacio seguía inmóvil en medio de la plaza polvorienta, subido sobre el plinto donde debía ir la estatua que nunca llegó. Tanto había demorando la llegada de la estatua que ya nadie recordaba la identidad del prócer que ocuparía ese lugar; y tanto tiempo había estado allí sentado Horacio de Tosango, que ya algunos pensaban que era en realidad la estatua de algún desconocido importante.

En la madrugada, cuando el Lucero del Alba estaba en su zenit, bebía las microscópicas gotas del aire circundante que respiraba y se alimentaba de los jugos celulares de los diminutos insectos que se filtraban en su respiración y que eran atraídos por la luz de un lánguido foco incandescente, que habían instalado los empleados de la junta parroquial. En su última visita de mantenimiento habían escrito en su reporte: reemplazo de luminaria de estatua desconocida.

Sus signos vitales giraban al mínimo. Había logrado llegar al estado donde la vida era imperceptible, donde su espíritu de momia se burlaba de la muerte, que ya no podía reconocerlo entre sus cuentas pendientes. Nadie sabía con ciencia cierta cuánto tiempo había estado allí. Nadie recordaba ya, ese rostro de un pasado congelado.

En los primeros días su cabello había crecido como un largo helecho hasta tocar el piso; pero con el pasar del tiempo, se había caído, dándole un aspecto de noble anciano disecado.

El arcilloso polvo había formado una costra gruesa y sólida sobre su piel; se había convertido en la coraza de una crisálida que se mantenía en estado suspensivo, congelado su contenido, hasta en sus pensamientos; como esperando el momento exacto para decidirse entre volver a la vida… o a la muerte.

Fue después de mucho tiempo, tal vez años, tal vez décadas, que llegó al pueblo una misión de monjes de un continente lejano. Se alojaron en el único y destartalado hotel que quedaba. El anciano que atendía no había visto un huésped en años, pero aún limpiaba con prolijidad la corvada mesa de la recepción y recordaba su otrora popular amabilidad hospitalaria, de cuando el hotel se llenaba de visitantes, que pernoctaban en su larga travesía de días hasta la capital; cuando el tren se detenía al final del día en la ahora abandonada estación.

Los forasteros le hicieron toda clase de preguntas en un idioma desconocido, que el anciano correspondía con sonrisas de amabilidad e historias incoherentes de cuando el pueblo era la joya resplandeciente de la vía ferroviaria. Ninguna pregunta fue respondida, ninguno entendió el idioma del otro, pero todos quedaron satisfechos con la conversación. Los monjes le pagaron con sueños tan serenos y placenteros que el anciano había comenzado a recuperar cierta lozanía y su espalda había dejado de doler. El jardín del hotel volvió a florecer y una nube centinela patrullaba el cielo, prodigando una sombra de oasis a la vieja casa de madera podrida.

Todas las noches, los extraños visitantes salían a la plaza a observar el esperpento embalsamado en que se había convertido Horacio de Tosango. Lo miraban fijamente por horas, con los ojos cerrados algunas veces, como rezando. Lo tocaban y balbuceaban palabras; hacían girar unas extrañas ruedas sobre un eje de madera, como contando.

Ya fuera por el constante toqueteo de los monjes, ya fuera por el calcinante rigor del sol ecuatorial de aquel verano, la estatua comenzó a mostrar pequeñas grietas. El pedúnculo cartilaginoso con que se encontraba adherida al plinto de mármol también comenzó a debilitarse.

Una noche, en la que todos estaban durmiendo se escuchó un jolgorio repentino. Algunos se despertaron asustados por una luz como de rayo que lo llenó todo. En la plaza, los monjes estaban en un estado de exaltación indescriptible, llorando de felicidad frente al caparazón desmenuzado de Horacio de Tosango. Sobre sus cabezas volaba en círculos una mariposa gigantesca, desparramando chorros de luz sobre la noche.

El Hombre Invisible

La invisibilidad no había sido como él se imaginaba.

Se había vuelto invisible en la noche, mientras dormía. Por eso no se dio cuenta sino hasta la mañana siguiente, cuando se paró legañoso frente al espejo del baño y vio un cepillo de dientes hamaquearse de un lado para el otro sobre el aire invisible.

Quedó pasmado, emocionado, no estaba aterrorizado ni ofuscado. Sonrió. Lo supo porque sintió arrugarse su cara con una transparente sonrisa.

Ahora que era invisible, salió a la calle corriendo de contento. Se divirtió tropezando transeúntes distraídos, que no lo podían ver; se distrajo orinando con su chorrito invisible los árboles del parque; se metió corriendo a la heladería de la esquina y les apagó la luz sin que nadie lo agarrara; desordenó los precios de los productos en el supermercado y se coló sin pagar en tres autobuses de transporte público. Se mataba de la risa, se tapaba la boca para ahogar la carcajada.

Pasó un día increíble, no era él mismo, era el hombre invisible más feliz del mundo!

Pero, ahora que hago memoria… no era la primera vez que se había vuelto invisible. Ya de chico le había pasado una vez y había hecho asustar a su madre, quien con suerte le logro asestar un escobazo en la cabeza. De allí, cuando ya recuperó su visibilidad, lo llevaron a la clínica para cogerle puntos… A partir de ese día fue que su mamá se aficionó a darle de escobazos. “A ver si sientes esta escoba invisible” le decía.

Pero en este nuevo periodo de invisibilidad adulta, ya con más uso de razón, se puso a pensar en qué hacer con su inverosímil don. Podía hacerse famoso y le pagarían por salir en comerciales de televisión –bueno, cuando se lo pudiese ver–, o podía ser un héroe anónimo y hacer justicia donde otros no pueden. Su identidad permanecería escondida detrás de un sobrenombre, así como lo habían hecho Batman o Superman. Y de algún modo sería famoso, pero una fama menos corruptora y en pro de un fin más noble. Sí… eso le gustaba más!!!

Así pasó Arturo el resto de sus días, bajo el etéreo traje del Hombre Invisible. Haciendo el bien como el super héroe más anómino que ha existido, pues no se puede ser más anónimo que cuando se es invisible.

Lo malo es que al final del día siempre sintió el triste vacío que se siente cuando uno es ignorado, pero eran los gajes del oficio y él lo sabía.

El día que murió, nadie extrañó al Hombre Invisible, no porque fuera invisible, sino porque a nadie le interesaba lo suficiente… al final de cuentas, toda la vida habían ignorado al Loco Arturo, el Hombre Invisible del barrio.

La Última Redención

La última redención La Última Redención mujer2

La mujer entró en el pequeño consultorio. Por la agitación evidente en su rostro, todos los que se hallaban en la salita de espera entendieron que subió corriendo las escaleras que conectaban el segundo piso con la calle.

Se sentó y no dijo nada por un par de minutos. Tomó una bocanada de aire y luego dijo con voz fuerte y desesperada.

— Siento la cabeza pesada!

Y se puso de pie súbitamente, como si algún mecanismo la hubiera expulsado de su asiento.

La robusta mujer que atendía la recepción replicó casi de inmediato, con tono angustiado.

— Tranquilicese Sra Liliana, no le va a pasar nada!
— Siento como si se me fuera a caer la cabeza, como si se moviera para todos lados
— Serénese Señora Liliana, su cabeza sigue en su sitio. Ha tomado sus medicamentos?
— Sí, he tomado todas mis pastillas, pero esta vez es diferente
— El doctor está en consulta y tiene pacientes. Le va a tocar esperar un buen rato

Liliana Preciado tenía 54 años, extremadamente delgada y con una cara de piel cansada, que parecía que se chorreaba hasta el suelo, como si se estuviera derritiendo. Sacudía las piernas nerviosamente haciendo crujir las débiles tablas del piso del consultorio.

— Yo no puedo esperar tanto Claudia. Es una emergencia!
— Está bien Señora Liliana, espereme un momentito, voy a hablar con el doctor para ver si la puede atender

Y la mujer organizó todo su monumental cuerpo para despegarse de su silla. Salió en medio de dos lánguidas palmeras de plástico que decoraban el mostrador, moviendo sus inmensas caderas, batiendo toda la pulpa de sus carnes. Tuvo que caminar de lado para no tropesar con las piernas de los pacientes que abarrotaban la salita de espera. Algunos se agarraban de los reposa brazos de sus sillas como pensando que las tablas del piso iban a ceder por el peso de la gorda.

La mujer entró al consultorio y salió en seguida.

— Dice el doctor que hará una excepción debido a la emergencia. Pero debe ingresar después de que salga el paciente que está dentro.

Liliana no le respondió, solo susurró para ella misma “esta vez es diferente, esta vez es diferente”.

Esperó que Claudia regresara para no cruzarse con ella en el angosto corredor y caminó hacia la puerta del doctor. Allí esperó de pie, acomodandose contra la pared en todas las posiciones imaginables, como si se rascara la espalda, como si le doliera algo, como si estuviera incómoda. Se agarraba la cabeza y se secaba la frente frecuentemente.

Después de cinco interminables minutos, el doctor salió junto con su paciente a despedirlo desde la puerta. Se despidió con tranquilidad, intercambiando sonrisas, parecía no perturbarle la impaciencia de Liliana, quien levantaba sus cejas tratando de que su mirada se cruzara con la del médico.

Al final, dijo, interrumpiendo la despedida… “Doctor, siento que me hormiguean las manos, esta vez es diferente!”.

El doctor hizo una mueca burlesca y dijo “Liliana, confíe en mi, no le va a pasar absolutamente nada, tiene mi palabra”.

Liliana dijo “esta vez es diferente doctor”.

Fue luego de eso que Liliana se desplomó como un saco de huesos sueltos. Las tablas del piso resortearon haciendo que el cuerpo flácido rebotara hasta quedar inerte.

El doctor, ahora inquieto, mandó a pedir sales de amonio para reanimarla, pero fue inútil, poco a poco el cuerpo se fue desfigurando y poniendo rígido, mientras los pacientes alborotados salían y entraban del consultorio en correntadas humanas sin saber cómo ayudar, provocando que las tablas del piso se batieran como olas, haciendo que el cuerpo desparramado brincara, adoptando diversas posiciones.

Liliana murió ese 3 de Abril, con una sonrisa fosilizada en sus labios, una mueca que parecía gritar “yo les dije que esta vez iba a ser diferente!”.

Un libro para acercarnos

Hace unos días decidí publicar en Amazon.com un pequeño libro basado en un artículo que escribí hace poco en este mismo blog: 20 razones para visitar Ecuador este 2014. Como el artículo es público y está escrito en castellano decidí publicar el libro en inglés y agregarle una que otra cosita extra para sumarle más valor.

Así que en resumen, la versión en castellano es gratuita y la versión en inglés cuesta 99 centavos en Amazon.com.

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La idea se me vino a la cabeza luego de que me pusiera a pensar en cómo financiar la actividad que realizo todos los diciembres con algunos amigos quienes me donan juguetes y víveres, los cuales se reparten en comunidades indígenas, principalmente de la provincia del Chimborazo. La idea es llegar a lugares geográficamente muy inaccesibles y prácticamente olvidados, para acercar a las personas de la ciudad a estas comunidades y aprender un poco de su modo de vida… uno más sencillo y que nos puede hacer reflexionar sobre la manera acelerada en que vivimos en las ciudades.

Todo lo recaudado hasta Diciembre será donado para esta iniciativa. Si alguien quiere contribuir, acá les dejo un vínculo.

Y acá les dejo unas fotos de la actividad en el 2012, donde visitamos a más de 80 niños y familias campesinas.

La idea principal no son los regalos, es solo un pretexto… PARA ACERCARNOS.

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El amor dentro de un hueco

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El suyo era un amor envejecido por el tiempo. Un amor al que le habían crecido las vegetaciones musgosas del olvido, como esas piedras empapadas, al costado del camino.

Se pegó como un imán a su otra mitad complementaria; cuando en su juventud, los días recordaba más brillantes y las flores se sentían desde lejos.

Por qué se acabó el gentil delirio… se preguntaba?

Por qué su corazón se arrugó como un papel, como el resto de su piel?

Caminaban de la mano, se abrazaban junto al viento, se besaron tantas veces… Compartieron los recuerdos más sublimes: él le regaló ese bonsai con el follaje en forma de corazón y ella lo hizo florecer como el color de su alegría.

La vida pasó como siempre pasa cuando se mira para atrás, como un vendaval, y para cuando se dieron cuanta, su amor ya era lluvioso y después se hizo cansancio. Dejaron de quererse lentamente.

El amor lo habían enterrado juntos, un medio día, para desenterrarlo cuando fuera necesario –pensaron: para que descanse un rato, de tan cansado que estaba.

Lo metieron en un sitio seguro, lejos del bullicio, acostado como un hueco, enterrado junto a un árbol.

Pero nunca más encontraron el árbol, y a veces, lo buscaron. Nunca estuvieron seguros si era el árbol que quedó en la pampa o el que creció junto al volcán. Había uno inmenso en las orillas del río, había otro árbol roto por el látigo de un rayo, pero ninguno guardaba a su lado el tan preciado tesoro: aquella cueva enterrada, la madriguera de ese amor que hibernaba.

Y así pasaron los años, buscando el imponente árbol imaginado, tratando de excavar los sentimientos, pero solo encontraron recuerdos oxidados, como los clavos enterrados. Nunca se fijaron que el árbol que buscaban siempre estuvo al lado, escondido en el bonsai, florecido como corazón, dentro del pecho.

La mujer que era celeste

Con tu pelo de oro amanecido
y tu mirada escarlata
me miraste esa mañana y perdí la cabeza

Envuelta en tu bandera,
con tu piel de franja blanca
y en tus ojos el celeste que robaste a las ventanas

Así te vi, tan argentina,
que volteé el planeta por verte
y acercarme a tu distancia

Así me fui, un día tarde,
por ver un rato más: tu paisaje elegante,
el día en que te quise, cuando perdí mi viaje

El Atarvante

Un buen día desperté temprano, salí por la ventana y me subí al primer árbol que vi. No había viento y el chismorreo de la hojarasca se detuvo por completo. Una calma de ojo de huracán lo invadió todo, de repente. En cierto momento, el silencio era insoportable, hasta que me escuché a mi mismo. Allí, escarbando en esa nada silenciosa, comencé a notar el susurrar de mis latidos, el sonido gutural de mis digestiones, la áspera brisa de mi respiración.

Escuché con atención y noté un sonido como de beso cada vez que pestañeaba… y sonreí. Lo supe porque escuché el crujido de mis labios mientras se movían, muecamente. Después me di cuenta que siempre supe el sonido de una sonrisa; a lo mejor lo supe hasta antes de nacer, mientras flotaba en esa otra nada acuosa, invadida de sonidos orgánicos que lo iluminaban todo.

La luz! a lo mejor fue la luz pensé. La luz que vi al nacer fue lo que me distrajo de aquel génesis sonoro. La magia de la luz, ese arcoíris luminoso que maravilla, que hace que todos los demás sentidos parezcan accesorios, complementarios.

Así que, cerré los ojos, huyendo de los estridentes rayos luminosos y me dejé llevar por la música que fluía de mi mismo, prominente, en la oscuridad absoluta… hasta que sentí que todo yo era un torrente de fluidos, confinados dentro de finísimas mangueras conectadas unas con otras. Una maraña tubular, bien calculada, que recorría mi cerebro y bajaba hasta mis pies, llevando humedad a todo mi cuerpo. Yo, era un yo de agua.

Me encontraba ya extasiado, imaginando que era líquido, nadando en un insalobre mar infinito, entretenido entre sonidos acuosos, como de arroyo invernal, como de mar, como de lluvia… cuando el atarvante de mi primo Juanito Javier me despertó.

Lo vi con odio al principio, porque me despertó para discutir sus banalidades de siempre: que si había escuchado la última contratación para la delantera del Barcelona, me dijo. Lo ignoré como siempre lo ignoro cuando viene con sus idioteces e intenté dormir nuevamente, intentando retomar aquel maravilloso sueño licuado.

Pensé en agua, pensé en mar, pensé en arroyito invernal, hasta que escuché el grito estridente de mi primo… “Jajajaja… Este bobazo se ha meado dormido!!!

La luz que salía de tu boca

Un día me amaneciste y todo se iluminó con una luz diferente a la habitual. Al principio no supe si era el reflejo de una cara conocida o un farol que se había quedado encendido en una noche pasajera.

Fue cuando me di cuenta que aquella luz se modulaba al ritmo de tu voz que finalmente supe que provenía de tu boca.

Ya había visto otras luces curiosas antes, como esa luz pedregosa que brotaba de la lámpara de carburo de mi abuelo, o aquella otra misteriosa que vimos flamear una noche en la profundidad de la montaña y que nos mostró la ubicación exacta de aquel entierro milenario. También vi esa hermosa luz, que incendió el cielo brevemente y que pasamos toda la noche inventando teorías de qué fue lo que ocasionó tal pirotecnia celestial… Pero nada, nada había captado más mi curiosidad que la luz que desde ese día emanó de tu boca.

El día que lo noté, supe que ibas a marcar mi vida para siempre.

Desde entonces te veo sonreir con ese fulgor de cocuya extraviada y allí me quedo frente a ti, con mi cara de acontecimiento, para aprovechar tu calor luminoso y broncearme el alma con tus historias de felicidad desparramada.

La primera vez que me dijiste que te habías enamorado de mi, el resplandor llegó primero –apenas separaste los labios– luego llegaron tus palabras. Allí comprobé que la luz siempre llegaría antes de las buenas noticias. También, reflejamente, aprendí a emocionarme al primer fulgor y después, en ese delgado momento de tiempo que divide el antes del después, prepararme para tus caricias sonoras –que a veces llegan anunciando que me quieres.

Siempre te he querido preguntar: eres un sol?

Tratando de comprender aquella virtud de faro encantado que posees, te observé una noche mientras dormías. No me pude resistir, nunca lo supiste hasta ahora. Me acerqué en silencio a tu boca y en medio de un suspiro resbalé reptando por tu lengua, atraido por la luz tenue que emanas cuando duermes.

Sin dudarlo descendí por tu garganta, diminuto; al principio fue difícil porque tuve que contener el aliento para no despertarte, pero traía tal curiosidad de gato juvenil, que me hizo proseguir inminente; me engulliste con inconsciente ternura.

Te cuento que estuve confundido por un tiempo, recorriendo los laberíntos tibios de tu cuerpo, respirando tu mismo aire, sin saber si ya había amanecido, sin saber cuántas horas habían pasado. Te quise más que nunca cuando sentí que tu calor protector me arropaba del frío húmedo de afuera; susurré cuánto te quería y el eco tamboríl de tus músculos me devolvió un “yo también te quiero”. Por un momento quise gritar lo que sentía, pero había pasado tanto tiempo –lo sabía por el cansancio– que ya no me quedaban fuerzas.

Ya agotado, me arrastré por una esquina, una comisura, un pliegue, algún tejido y quise acurrucarme allí, a descansar dentro de ti, juntos los dos, arrullado por el fluir acompasado e incesante de tus latidos.

Fue justo después de esto que lo vi; allí estaba… la fuente luminosa, el motor de la luz. Ante mi, tu secreto, como una revelación que me hizo comprender todo en un segundo. Y todo se volvió más lógico.

Nunca olvidaré cuando lo vi funcionando perfecto, imponente, bombeando una luz cristalina por todo tu cuerpo, fabricando tu magia. Allí estaba ante mi perplejidad aquel tierno monumento… el aparato más bello que había visto jamás, la parte más hermosa de tu cuerpo… … tu corazón.