El Conde de Montecristo

Por: Raúl Guerrero

El primer libro que leí de tapa a tapa fue un resumen ilustrado de El Conde de Montecristo de Alejandro Dumas. Lo gané en un concurso de composición a los siete años. Supongo que lo leí con tal gusto porque después de ganar el concurso me negaron el premio.

Vivíamos en Huigra, un pueblo diminuto y encantador. La compañía Guayaquil & Quito Railway, constructora del ferrocarril del Ecuador, dirigida por el ingeniero Archer Harman, decidió establecer en Huigra la gerencia de la empresa ferroviaria que finalmente en 1908 culminó la monumental empresa de unir la costa y la sierra andina. Medio siglo antes habían abandonado los franceses la obra aludiendo que más fácil sería hacer volar a un burro que doblegar la barrera de los Andes.

Dos calles cruzaban Huigra: la Calle del Tren, paralela al Río Chanchán, y al otro lado del río se abría la otra calle, llamada, naturalmente, El Otro Lado. Huigra es un valle con medio kilómetro de ancho por dos de largo. En Huigra empieza un callejón ascendente hacia la imperiosa muralla rocosa de los Andes donde un pico enorme en forma de nariz se levanta como centinela infernal. Los constructores pronto tildaron al pico rocoso Nariz del Diablo.

Había tres escuelas, dos fiscales, la escuela de barones y la de niñas, y el colegio mixto del Padre Paredes. El concurso de composición lo organizó el Padre Paredes con motivo de la semana del Escolar Ecuatoriano.

A cuarenta años de distancia, y con nostalgia, recuerdo Huigra como el escenario de una película del Oeste con comedores, tiendas, cantinas, la iglesia en lo alto de la colina, un hotel administrado por la viuda del propietario inglés que le dio el nombre, Hotel Morley, y al norte, a un cuarto de kilometro, la ciudadela ferroviaria con una enorme casona donde funcionaba la gerencia.

Mi padre era Secretario Divisional del ferrocarril. Uno de los privilegios del cargo era residir en la vieja casona color verde perico y amarillo canario. No era privilegio cualquiera. Era vivir en una cápsula fuera de la geografía del Ecuador, mucho más cerca a la zona del Canal de Panamá, a su vez levantada en imagen y semejanza del Sur de los Estados Unidos. Teníamos teléfono, por ejemplo, en una época que la mayoría de los ecuatorianos no había visto un teléfono ni anticipaba usarlo jamás. Teníamos hospital privado, carpintería, herrería, bodegas llenas de dinamita, un gallinero bien surtido, árboles de aguacate y chirimoya, un jardín lleno de nardos, y muchachas y muchachos de servicio, y el guardián o wachimán.

El río, a la altura de la gerencia, tenía un recodo de agua dormida donde nadábamos o pasábamos la tarde sentados en las enromes rocas que con precisión fotográfica describió García Marques como huevos de aves prehistóricas. No había carretera a Huigra, pero nosotros teníamos estacionado a un costado de la casona un carro de mano, un automóvil de riel conchuevino.

Durante las primeras décadas del siglo veinte, la ciudadela ferroviaria fue una pequeña colonia americana. Entonces se transfirió la administración de la empresa al estado. La elección de Huigra para sede del ferrocarril obedeció a tres razones, según puño y letra de Archer Hartman: (1) Se encontraba justo a mitad de camino entre Guayaquil y Riobamba, el tramo comercial principal. En efecto dos trenes de pasajeros salían a las seis de la mañana de Riobamba y de Guayaquil y coincidían en Huigra para el almuerzo. Arroz con huevo frito y algún guisado de carne era el plato típico, acompañado de una gaseosa helada. Los vendedores pregonaban a pulmón suelto. Los pasajeros de primera comían en bajilla de hierro enlozado con cubiertos, los de segunda y tercera en hojas de col y con la mano. (2) Huigra era una eterna primavera. (3) Archer Hartman quería estar lo más lejos posible de la politiquería capitalina que a punto estuvo de truncar la empresa.

La primavera eterna incidió en que el padre Paredes, un cura independiente, instalara un internado a donde iban a parar los muchachos de la clase media alta de Guayaquil que habían sido expulsados de colegios prestigiosos. Debió tener un nombre oficial el colegio, pero se lo conocía como el Colegio del Padre Paredes.

Huigra también atraía personajes famosos de Guayaquil durante el invierno. En Guayaquil, el puerto principal y centro financiero del país, y en esa época la capital mundial del banano, el calor y los zancudos se confabulan para martirizar a la población. Entre diciembre y abril las familias pudientes escapaban. No pocas familias invernaban en Huigra.

Aprovechó el Padre Paredes que un destacado intelectual Guayaquileño vacacionaba en Huigra para convocar el concurso de composición y comprometerlo a ser juez. Como era la semana del Escolar Ecuatoriano, el concurso fue para estudiantes de cuarto, quinto y sexto grado. La idea del padre Paredes era incentivar a los estudiantes de su colegio a la escritura. El intelectual puso una condición antes de aceptar ser el juez: que también se invitara a participar a los estudiantes de la escuela fiscal.

Yo cursaba el tercer grado en la escuela fiscal. Escribí una composición sobre los curas y los gallinazos basado en mi observación de niño y las enseñanzas de un profesor comunista. Había dos curas en Huigra, el párroco, el cura oficial, y el padre Paredes, el cura independiente. Los dos andaban con sotana negra y a veces con ese peculiar sombrero de ala ancha y copa pequeña. Y había gallinazos en abundancia. Gallinazos negros con el pescuezo pelado y un copete que se parecía al copete de los curas. Eran los años sesenta y todos los hombres usaban copete. Mi profesor era comunista. Había sido estudiante de la Universidad Central de Quito, una universidad sumamente politizada. La familia lo había mandado de Riobamba a estudiar leyes, pero al cabo de dos años se acabó la plata y al futuro abogado no le quedó más que conseguir trabajo en el magisterio. Llegó a Huigra con ínfulas comunistas y su copete, porque también los comunistas usaban copete.

En la escuela fiscal un profesor enseñaba todas las asignaturas del grado, y nuestro profesor algunos días sólo hablaba de los grandes pecados de la iglesia. A él le escuché hacer la analogía entre gallinazos y curas, ambos aves de rapiña decía. En realidad, ahora sé que estuvo equivocado, los gallinazos son aves de carroña más que de rapiña. Por una semana me dediqué a observar las similitudes entre los gallinazos y los dos curas de Huigra. Plasmé mis observaciones en una composición que el intelectual Guayaquileño seleccionó ganadora. Entre otras cosas, dijo al explicar su decisión, mi composición era la más corta.

Surgió una controversia. El concurso se convocó para estudiantes de cuarto, quinto y sexto grados. Los estudiantes perdedores esgrimieron en su defensa la ilegitimidad de mi participación pues yo estaba en tercer grado. Los profesores del quinto y sexto grado del colegio del padre Paredes me descalificaron y otorgaron el premio a uno de sus estudiantes sobresalientes. La composición ganadora era una elegía a la disciplina en rima que si mal no recuerdo comenzaba con las siguientes líneas: La disciplina es una mina cuya riqueza al niño empina. Mientras la mía comenzaba así: El cura y el gallinazo, pálidos seres ojerosos, de negro van y vienen en busca de alguna rata muerta o limosna.

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El intelectual tomaba cerveza todas las noches en un salón que tenía una potente rocola. Comenzaba a beber con Bésame Mucho de Lucho Gatica. Es lo que decían en casa cuando a eso de las siete los acordes del bolero volaban por el pueblo: Ay, ya habrá comenzado el intelectual a beber solo. En casa yo crecía rodeado de mujeres: la abuelita, mamá, la tía Raquel, tres hermanas, casi siempre una o dos primas y alguna comadre de paso, las vecinas y las muchachas. Qué hombre tan raro, decían las mujeres de la casa, como si le costaran las palabras, hay que sacárselas con tirabuzón. La abuelita, que ya no oía nada pero habiendo aprendido a leer los labios metía su cuchara en todas las conversaciones, razonó que a lo mejor el intelectual era medio mudo, y advirtió que se anduvieran con cuidado pues había dos tipos de mudo, el mudo que por voluntad de Dios no hablaba, y el que se hacía el mudo, el mudo sabido.

Me puse un gorro y baje al pueblo a ver al intelectual. En efecto, estaba en una mesa tomando cerveza sólo. Vestía camisa blanca y pantalones oscuros, y a través de gruesos lentes, los que se llamaban de culo de botella, tenía extraviada la vista en el horizonte oscuro. Como yo era niño pensaba que a lo mejor los intelectuales podían ver a través de la oscuridad. Le escuché a mi profesor decir: Hay hombres que miran a través de las sombras, hombres que por sabios se los cree locos. Las mujeres de la casa así pensaban del intelectual. Ese hombre bebe solo, decían, sin entender como prefería el silencio a su locuaz compañía.

Buenas noches, lo saludé.

   – Cuidado, me advirtió el propietario del salón, a un intelectual no hay que molestarle cuando piensa.

No era mi intención molestarle sino denunciar una injusticia. Me presenté. Le expliqué que me había negado el premio por estar en el tercer grado. El intelectual soltó una enorme carcajada. Recuerdo claramente su voz gruesa: Te han negado el premio por ser demasiado joven. No dijo más. Yo interpreté su silencio como una manera de despedirme. Regresé a casa derrotado.

La entrega del premio fue el domingo después de la misa que el padre Paredes pronunciaba ataviado elegantemente. Me parece que el padre Paredes en ciertas ocasiones vestía de cardenal (no sé si inventé este recuerdo.) Lo cierto es que después de cada misa el padre Paredes manifestaba su afecto a las feligreses con efusivos abrazos. Me cuenta mi madre que disimuladamente manoseaba a las señoritas y a las madres jóvenes con sus manos escurridizas. El cura era un Tenorio pero nunca abusó a menores. Su mujer oficial, se rumoraba, era la señorita rectora del colegio.

Inmediatamente después de la Bendición, el padre Paredes pidió a los feligreses que permanecieran sentados. Y prosiguió así: Y ahora nos es grato presentarles al distinguido intelectual que nos honra con su presencia para entregar el premio a la mejor composición en esta la semana del Escolar Ecuatoriano. El premio lo levantó para que todos lo vieran. Se trata nada menos y nada más que de una preciosa novela ilustrada del gran escritor francés Alejandro Dumas para inspirar en la muchachada el amor por las letras y el buen hábito de la lectura. El Padre Paredes también elogió la labor del profesor de sexto grado. Qué no hay alumno sin su profesor, dijo.

El intelectual no había asistido a la misa. Entró a la capilla justo ese momento y se dirigió al altar. Yo asistía con indignación la ceremonia. Más indignación me provocaba el intelectual que los mismos profesores de quinto y sexto que me descalificaron. Cada cual cuidaba su gallinero, decía la abuelita. ¿Pero él, no debió él haberme defendido?

El intelectual tomó la palabra. Dijo que sentía vergüenza ajena (desde entonces llevo esa expresión como un florero en un rincón de mi cerebro.) ¿Descalificar a un niño por ser menor a los otros concursantes? Era un síntoma de la enfermedad, dijo, que cada día hundía más al país en la mierda.

Un suspiro ahogado recorrió la capilla. Jamás nadie había dicho mierda desde el pulpito.

El intelectual pidió que se pusiera de píe el autor de la composición Los curas y los gallinazos. Me puse de píe. No será El Conde de Montecristo, dijo al verme, pero es mi último libro de cuentos y te lo regalo.

El Padre Paredes se interpuso. Dijo que nunca era tarde para reparar un daño, y con puñales en los ojos le quitó la novela ilustrada de Dumas al profesor de sexto grado y me la entregó después de un fuerte apretón de manos, añadiendo: Al Cesar lo que es del Cesar y al Escolar Ecuatoriano lo que es del Escolar Ecuatoriano.

Yo tenía siete años. Mucho después, ya cuando emigré a Estados Unidos, le encontré al padre Paredes caminando de la mano con la señorita rectora en Nueva York. Solté un grito de emoción: ¡Padre Paredes! Tremenda fue su sorpresa. Estaba en viaje de compras, dijo, y al caer en cuenta que aun tenía en su mano la mano de la señorita rectora se sonrojó. Una precaución, dijo, no fuera a ser que se perdieran en un país extranjero.


La historia del camino a Cuenca y los hombres que cargaron una planta hidroeléctrica y un auto a través de la selva.

Cuenca es una pintoresca ciudad ecuatoriana, muy interesante de visitar. Se encuentra clavada en medio de los Andes y fue inspiración de reconocidos escritores. Pero no siempre se pudo visitar como ahora; por su ubicación, en medio de las montañas, durante mucho tiempo estuvo aislada de las demás regiones del país, pues no habían caminos que condujeran a sus encantos.

Son increíbles las proezas de las que fueron testigos los primeros caminos del Ecuador. Alguna vez escuché el relato de cómo llegó un enorme piano de cola a la sierra, atravesando la cordillera de Los Andes. Había sido traído de Europa y desembarcado en el puerto de Guayaquil. Al principio se transportó en vapor, aguas arriba, a través del río Babahoyo y luego, básicamente a lomo de indio. La travesía duró semanas.

Cuenca fue cuna de muchas de estas historias. En la época en la que se construyó el Ferrocarril Trasandino, que une la costa con la sierra del Ecuador, la G&Q, compañía a cargo de completar la obra, se encargó de fundar un pueblo llamado Huigra, en un hermoso cañón esculpido por el río Chanchán. El ferrocarril no pasaba por Cuenca, para variar, la Carretera Nacional tampoco; pero Huigra quedaba relativamente cerca, así que la G&Q abrió un camino de algo más de 2 metros de ancho a petición del Gobierno Nacional. No se engañen tampoco, el viaje a caballo podía tomar días, pero comparado con nada, el lodoso camino se convirtió en una importante vía de comunicación.

Este camino se llamaba Camino al Tambo, pues ese era el nombre de la pequeña población a la que se llegaba. Del Tambo a Cuenca había un camino pre-existente.

Dicho caminito maltrecho y peligroso sirvió de vía de intercambio comercial (y ruta de viajeros) entre Cuenca y la Costa ecuatoriana. Su importancia fue tal, a pesar de lo difícil de la travesía, que en el pequeño poblado de Huigra se instalaron decenas de agencias de consignación de mercadería, que recibían sus encomiendas de Guayaquil a través del ferrocarril y de allí las embarcaban en mulas u otros animales rumbo a Cuenca. Tantas agencias hubo, que formaron un barrio entero al inicio del polvoriento camino, hoy llamado “Barrio Azuay”. Azuay es la provincia donde se encuentra Cuenca.

Las peligrosas travesías eran encomendadas a una tribu descendiente de los incas, con reputación de ser los más diestros para sortear los peligros de las montañas. Los llamaban indios guanderos, pues llevaban en sus espaldas una especie de pequeña cama de madera que llamaban “guando”. Allí ponían las encomiendas.

Pero la misión más importante jamás encomendada a los guanderos fue digna de una película. Cuenca quería solucionar sus problemas de electricidad con una planta hidroeléctrica y el único modo de transportarla era por el Camino al Tambo. Se cuenta que 3 mil indios guanderos fueron reclutados para este fin, en una de las empresas más asombrosas jamás vistas en esos altos de montaña. Se utilizó todo recurso disponible, las haciendas aledañas pusieron a disposición todo su ganado, para usar la fuerza de sus toros para arrastrar la pesada maquinaria.

Muchos indios murieron en las montañas: unos de cansancio, otros cayeron de las paredes rocosas o aplastados por el enorme peso de las turbinas y algunos perecieron de enfermedades contraídas en la aventura; pero asombrosamente lograron llegar un día de Julio de 1914 y fue así que Cuenca tuvo su anhelada “luz eléctrica”.

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Algunas partes de la planta hidroeléctrica llegando a Cuenca.

Pasarían décadas más para que finalmente el ferrocarril llegara a Cuenca y en 1965 los cuencanos vieron por primera vez acercarse a sus tierras una imponente y agitada locomotora de vapor. Pero como nadie está satisfecho sólo con lo que tiene, pronto pasó que los cuencanos quisieron también carretera. Lo extremadamente curioso es que en Cuenca ya existían autos desde 1912, muchísimo antes de que llegara la línea férrea o la carretera. Seguro el lector ya se está imaginando cómo llegaron estos vehículos hasta allí?

De algún modo estas hazañas multitudinarias deben haber inspirado a los cuencanos a cargar más cosas sobre sus hombros, pues para presionar al Gobierno a construir una carretera “decente” resolvieron seguir cargando cosas inverosímiles, a puro músculo. Y así fue que una mañana de octubre de 1969, decidieron cargar un auto.

Las calles se llenaron de júbilo, el delirio se apoderó del populacho. Un grupo de temerarios miembros del Club Deportivo de Choferes de Cuenca, alentados por la verborragia de un cura vecino, se ofrecieron a cargar un jeep hasta la Costa, para demostrar que el camino –que el Gobierno había puesto reparos en construir– era totalmente factible de hacer. Claro, si alguien podía transportar un vehículo en peso, atravesando las selvas andinas, seguro el trayecto no era tan imposible como se decía.

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(Continuará…)


Amores de ultratumba

Por: Santiago Duque Arias

Hacia 1930 corrió por todo el país la noticia que el mar estaba echando doblones de oro en las playas de Mar Bravo cercanas a Salinas, donde hoy se levanta la Base Naval.

Entonces el sitio era desierto y venteado, una brisa marina envolvía el ambiente y los pescadores evitaban sus playas por considerarlas de grave peligrosidad. Los buques que hacían cabotaje desde Guayaquil pasaban lo más lejos posible para no encallar en sus traicioneras rocas y las pocas familias Guayaquileñas que invernaban por los contornos se cuidaban mucho de frecuentar la región; pero con la novedad de las monedas, en un dos por tres la región cobró vida y hasta se levantaban carpas para dormir y ser los primeros en bajar a las playas a hurgar las famosas monedas coloniales.

Pepe Viteri fue uno de los más entusiastas pues había visto algunos doblones en poder de don Primo Díaz en la fábrica de hielo “La Polar”, única que existía en la península y también quería tener en sus manos las tan ansiadas piezas de metal, que según anunciaban los periódicos provenían de un gran tesoro que transportaba la fragata “Leocadia”, cuando por los vientos y las olas encrespadas había naufragado cerca de las costas de Mar Bravo.

Así pues, también llevó su carpa y se estuvo con otros aventureros varios días, buscando y buscando, hasta que halló tres monedas de la época de Carlos IV, Rex Hispanorum, iguales a las que había palpado en Salinas. Feliz con su hallazgo emprendió el regreso, pero en mitad del camino fue asaltado y murió de una certera puñalada. Nunca se encontraron sus monedas que se perdieron con los asesinos. Sus amigos de aventura llevaron pocas horas después el cadáver a la estación del ferrocarril y la familia concurrió a recibirlo en la actual ciudadela Ferroviaria, donde su novia Carmela lo abrazó, como solía hacerlo siempre que se despedían.

Un año después Carmela se animó a conocer el sitio donde había muerto Pepe y pidió a sus padres que la llevaran a Salinas, pues quería depositar unas flores en Mar Bravo. Al principio trataron de explicarle que mejor era olvidar el asunto pero viendo la insistencia de su parte terminaron por acceder a sus deseos. Bien es cierto que se trataba de una chica resuelta, que cuando se le ponía algo en la cabeza no desmayaba hasta hacerlo.

Llegados a Salinas se alojaron en el Hotel Tívoli y al día siguiente empezó la marcha a Mar Bravo. Carmela portaba un ramo de rosas de la Sierra que había adquirido en Guayaquil y casi desde el comienzo fue arrojándolas de una en una, a la vera del caminito que la llevaba a cumplir su destino; claro está que esto último nadie lo sabía.

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Cuando llegaron a las rocas, se detuvo y quiso que le indiquen el sitio exacto donde su amado Pepe había buscado las monedas y entonces, sin que nadie pudiera sujetarla, se lanzó al vacío y se estrelló al caer, muriendo de contado.

Desde ese día dicen los cholos playeros dicen que no es bueno pasear por la zona, sobre todo si se lo hace en compañía del ser amado, porque unos brazos mortales jalan con fuerza hacia el mar; y que no han sido pocos los novios que se han estrellado y muerto, pues el club que iniciaran Pepe y Carmela aumentará mucho más hasta la consumación a los siglos, en amorosa unión de las almas de un asesinado y una suicida.

Otros pescadores relatan que de tarde en tarde se ve algo así como dos sombras que más que caminar se deslizan unidas por las playas y luego se internan en el mar plomizo y bravo, desapareciendo por momentos para reaparecer después; que estas visiones acarrean mala suerte y que quien las ve debe persignarse y huir.


Chipipe no es Shit Pipe

Hace unos días escuché un rumor mal inventado. A alguien se le ocurrió la “teoría” de que la etimología de Chipipe (popular sector del balneario de Salinas, Ecuador) estaba relacionada con la palabra Shit (mierda en inglés).

Pues, no es común que los nombres de nuestras ciudades, pueblos o lugares vengan del inglés y encima que tengan una connotación peyorativa, así que decidí investigar un poco. Lo grave del rumor era que se había filtrado hasta llegar a ser citado en Wikipedia.

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El rumor, como se aprecia en la imagen anterior, decía que las tropas norteamericanas que arribaron a Salinas para la segunda guerra mundial habían instalado una tubería de desagüe que llamaban “shit pipe” y de allí venía el nombre de la playa.

Pues no voy a entrar en detalles de cómo se resolvió el misterio, pero luego de tanto “desempolvar baúles” encontré la prueba que estaba buscando. Un viejo libro, impreso en 1924, llamado “SEMANTICA. Ensayo de lexicografía ecuatoriana“, resultó ser el “eslabón perdido” en este caso de etimologicidio 😉

En el libro es una suerte de diccionario de términos coloquiales. Al final de su página 13 aparece el término revelador… CHIPIPE!

Transcribo lo que dice… “CHIPIPE.-s. Nombre de un caserío en Salinas, población de Ecuador.

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Esto desvirtúa por completo la hipótesis de que Chipipe se llame así debido a la tubería de los gringos en la segunda guerra mundial pues eso ocurrió en los años cuarentas, varios años después de la publicación del libro en cuestión.

Aun así queda un misterio que a lo mejor nunca será resuelto: Cuál es el origen del nombre Chipipe?

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Para tranquilidad del lector peninsular, luego de este descubrimiento (el cual publiqué oportunamente en twitter ) fue retirada la desatinada mención de Wikipedia. Felices todos, en especial los pobladores de Salinas!

Referencias: Tweet original https://twitter.com/elandivar/status/971396918294335488


La extraña historia de aquella vez que amaneció a la medianoche (parte 1)

Esta es la primera parte de una historia basada en hechos reales, ocurridos en Siberia, en 1908. Un extraño fenómeno aun sin clara explicación, conocido como el Bólido de Tunguska.

La tarde del 27 de Junio de 1908, William Tallack se encontraba cerrando su zapatería. Caminó por la pequeña calle empedrada en dirección al río —le gustaba ver la entretenida vida fluvial antes de tomar el tranvía hacia su hogar, no muy lejos de allí. Al llegar vio un grupo de muchachos colgados del pasamanos de metal, mirando al cielo desde la mitad del puente… “está verde!” decían, mientras señalaban al cielo “mira, por detrás de esas nubes”.

William miró con atención. En realidad el cielo se había pintado de color verde intenso en dirección al horizonte. Miró hacia el otro lado y vio el natural resplandor naranja de todas las tardes. Llegada la noche, todos en el puerto de Bristol estaban hablando de lo mismo, del extraño fenómeno de colores aparecido en el firmamento.

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En el tranvía, William notó que todos comentaban del extraño acontecimiento. Que horas antes vieron unas luces intensas en el cielo, que era el halo de un ángel que cayó en la tierra, que eran experimentos con la luz eléctrica, que era un castigo de Dios que se acercaba. Él no habló con nadie. Tenía el cansancio acumulado de toda la semana presionándole las palabras.

Llegó a su departamento en el último piso de un pequeño edificio de tres plantas cerca del río Avon, en el barrio de Hotwells. Era noche de sábado y William acostumbraba a tomar una taza de té en su pequeña mesa de madera. Solitario. El té no era un acontecimiento social para él, sino más bien todo lo contrario, un momento para refugiarse de la sociedad y disfrutar de las cosas elementales, que están de la piel para adentro, un acto de reflexión. Cerraba los ojos de vez en cuando y se imaginaba de chico, metido en el taller de su padre en la casa de campo, en las montañas de Dartmoor, al sur de Inglaterra.

Todo el día atendiendo clientes en la zapatería, en medio del bullicio de la zona comercial de la bullente ciudad, le habían hecho apreciar sus momentos de ermitaño.

No podía dormir esa noche. Se acordaba del cielo verde fulgurante al final de la tarde. Recordaba también una leyenda de su abuelo en Dartmoor. De aquella vez que la iglesia de San Pancracio fue impactada por una gigante bola de luz que vino del cielo y que mató a varios fieles en medio de la prédica. Un esférico latigazo luminoso que dañó parte del techo de la iglesia. Trataba de asociar ambos acontecimientos de algún modo, no podía recordar si la leyenda de su abuelo estaba pintada de verde en algún lado, pero sí recordaba que su abuelo le decía que el rayo aniquilador había sido enviado por el demonio para llevarse las almas de los que juegan cartas o apuestan en secreto durante la misa. Luego de examinar los cadáveres se confirmó que se trataba de los apostadores más voraces de la región.

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Amaneció como cualquier domingo. William sacó la cabeza por la buhardilla y miró al cielo con dirección al Este. No vio nada raro, sólo un hermoso y no muy frecuente, pero tampoco imposible, cielo azul. Tenía una carta de su hermana sin abrir sobre su mesa, que no había podido leer la noche anterior por andar pensativo. La abrió.

Su hermana le contaba de la apacible vida en el campo y le confesaba su preocupación por el estilo de vida que él llevaba, que se dé un descanso de tanto trabajar y que deje la zapatería encargada con su primo y ayudante por unos días, que se tome unas vacaciones, que ya tenía 25 años y aun no tenía descendencia, que ya era mucho tiempo sin verlo, que sus padres lo echaban de menos, que tenía mucho que contarle.

El domingo transcurrió sin sobresaltos, se sentó a revisar las cuentas del negocio, se puso a responder la carta de su hermana —se le hizo difícil decidir una respuesta, pues le atraía la idea de despejar la cabeza e ir unos días a Dartmoor.

En la tarde salió a visitar a un amigo. Había quedado en llevarle un par de zapatos recién reparados. Caminó por el empedrado de la vereda y de repente notó un súbito alboroto en la calle, en dirección al río. Siguió a la multitud movido por la curiosidad. No hizo falta preguntar a nadie, la razón del alboroto de mostró obvia ante sus ojos justo antes de llegar a la multitud. Un verde fulgor en el cielo, más intenso que el del día anterior, se develaba hacia el Este, con magnitud variable, como latiendo y despidiendo de cuando en cuando destellos luminosos, incluso después de entrada la noche. La curiosidad de la ciudad, despertada el día anterior, se comenzó a transformar en temor, temor a lo desconocido.

(Continuará)


Historia de un alma liberada

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Me iré una noche, cuando nadie me vea. Cuando el silencio y la oscuridad camuflen mi identidad inexplicable. Saldré del castillo moribundo antes que los pájaros despierten, cuando aun estés dormida y tus latidos resuenen con los míos; para que de este modo no me notes, para que no sientas como mi respiración se pierde entre los aires de la noche.

Si te preguntan qué pasó, diles que fui un sueño de la fiebre. Que el mal de las montañas corría por tu sangre, inyectado por un diente de serpiente.

Todos te creerán. Nunca nadie dio su fe de mi presencia. Nunca nadie a mi me vio, encarnado aquí en mi cuerpo y si alguien vio mi sombra, fue tal vez cuando escondido entre ropajes, vivía entreverado entre tus prendas.

Fui tu piel, casi tu mismo. Vivimos tan unidos, que tejimos juntos la crisálida envolvente que nos une. Ahí estuve siendo líquido en tus llantos, apretando el corazón en tus quebrantos. Fui tu mano y tu mis dedos, y tu vientre fue mi hogar en los inviernos. Cuando vino aquel recuerdo abandonado, fui también aquella historia que callaste.

Por eso, el día que me exhales, no te quedarás en el castillo reposada. Vendrás conmigo, incrustada en mi mismo, para siempre, dejando atrás el hilo etéreo que un día nos unía con tu cuerpo.


Mi Cielo está Contigo

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Sólo faltabas tú esa noche. A las montañas se las había comido ya esa nada color negro que se entrevera con las plumas de los mirlos y le roba el color a las cosas. Pero el cielo estaba despejado y aquella franja tenue —pintura de estrellas— se ceñía como un cinturón, dibujado en aquella inmensidad. Era un espectáculo maravilloso el que te perdías en tu lejanía ciudadana: la vía láctea.

Me sentí más sólo que de costumbre. Ni siquiera mis fantasmas vienen cuando te espero, porque saben que eres mi única aparición posible. Saben que te pienso y que sonrío… y me olvido de todo lo demás.

A propósito, hace un rato cerré mis ojos y te vi encendiendo la luz de alguna luna vagabunda. Vuelas conmigo? Jugamos a enfriar soles lejanos? Nos escribimos retazos de cualquier cosa?. Aterrizamos en algún planeta oxigenado?… o mejor soñamos que desenredo tu pelo a tientas mientras cruzas un sistema planetario?.

Creo que estoy algo nostálgico, sabes?. A lo mejor es este cielo y sus escarchas o a lo mejor es que tengo el cuerpo cansado de recorrer estas montañas sin caminos.

Quieres que te hamaquee en mis brazos y te duermes? Quieres flotar en esa órbita abrigada? Quieres volar a la galaxia más lejana, tomada de la mano… yo no te suelto nunca.

Un destello en mi cabeza te dibuja. Será que estás viniendo? Será que te escapaste de tu cápsula del tiempo? Será que viajas pasajera en la cola de un cometa? Que dejaste tu cama destendida y viniste a refugiarte aquí a mi lado?

Tengo un plan por si no llegas, un consuelo. Escribiré para ti más noches de lunas sonrientes, de enjambres brillantes. Las regaré por la bóveda celeste, en un patrón de corazón desordenado… y las pondré fugaces o del color de tu bufanda preferida. Las voy a decorar con cintas caprichosas y jugaré a encontrar tus ojos en el fondo de alguna nebulosa.

Miramos las estrellas? Tu conmigo?… No importa nos separe la distancia, siempre el cielo que tu ves es como el mío. A pesar de que no escuche tus palabras, en el fondo de este espacio distanciado, lo importante de mi cielo está contigo.


Horacio de Tosango y su Insólita Virtud Estacionaria

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Con el pasar del tiempo, el pobre Horacio de Tosango se sentía metálico. La vertical flama solar del medio día lo había tostado de un café rojizo, como el color del óxido. Pero Horacio seguía inmóvil en medio de la plaza polvorienta, subido sobre el plinto donde debía ir la estatua que nunca llegó. Tanto había demorando la llegada de la estatua que ya nadie recordaba la identidad del prócer que ocuparía ese lugar; y tanto tiempo había estado allí sentado Horacio de Tosango, que ya algunos pensaban que era en realidad la estatua de algún desconocido importante.

En la madrugada, cuando el Lucero del Alba estaba en su zenit, bebía las microscópicas gotas del aire circundante que respiraba y se alimentaba de los jugos celulares de los diminutos insectos que se filtraban en su respiración y que eran atraídos por la luz de un lánguido foco incandescente, que habían instalado los empleados de la junta parroquial. En su última visita de mantenimiento habían escrito en su reporte: reemplazo de luminaria de estatua desconocida.

Sus signos vitales giraban al mínimo. Había logrado llegar al estado donde la vida era imperceptible, donde su espíritu de momia se burlaba de la muerte, que ya no podía reconocerlo entre sus cuentas pendientes. Nadie sabía con ciencia cierta cuánto tiempo había estado allí. Nadie recordaba ya, ese rostro de un pasado congelado.

En los primeros días su cabello había crecido como un largo helecho hasta tocar el piso; pero con el pasar del tiempo, se había caído, dándole un aspecto de noble anciano disecado.

El arcilloso polvo había formado una costra gruesa y sólida sobre su piel; se había convertido en la coraza de una crisálida que se mantenía en estado suspensivo, congelado su contenido, hasta en sus pensamientos; como esperando el momento exacto para decidirse entre volver a la vida… o a la muerte.

Fue después de mucho tiempo, tal vez años, tal vez décadas, que llegó al pueblo una misión de monjes de un continente lejano. Se alojaron en el único y destartalado hotel que quedaba. El anciano que atendía no había visto un huésped en años, pero aún limpiaba con prolijidad la corvada mesa de la recepción y recordaba su otrora popular amabilidad hospitalaria, de cuando el hotel se llenaba de visitantes, que pernoctaban en su larga travesía de días hasta la capital; cuando el tren se detenía al final del día en la ahora abandonada estación.

Los forasteros le hicieron toda clase de preguntas en un idioma desconocido, que el anciano correspondía con sonrisas de amabilidad e historias incoherentes de cuando el pueblo era la joya resplandeciente de la vía ferroviaria. Ninguna pregunta fue respondida, ninguno entendió el idioma del otro, pero todos quedaron satisfechos con la conversación. Los monjes le pagaron con sueños tan serenos y placenteros que el anciano había comenzado a recuperar cierta lozanía y su espalda había dejado de doler. El jardín del hotel volvió a florecer y una nube centinela patrullaba el cielo, prodigando una sombra de oasis a la vieja casa de madera podrida.

Todas las noches, los extraños visitantes salían a la plaza a observar el esperpento embalsamado en que se había convertido Horacio de Tosango. Lo miraban fijamente por horas, con los ojos cerrados algunas veces, como rezando. Lo tocaban y balbuceaban palabras; hacían girar unas extrañas ruedas sobre un eje de madera, como contando.

Ya fuera por el constante toqueteo de los monjes, ya fuera por el calcinante rigor del sol ecuatorial de aquel verano, la estatua comenzó a mostrar pequeñas grietas. El pedúnculo cartilaginoso con que se encontraba adherida al plinto de mármol también comenzó a debilitarse.

Una noche, en la que todos estaban durmiendo se escuchó un jolgorio repentino. Algunos se despertaron asustados por una luz como de rayo que lo llenó todo. En la plaza, los monjes estaban en un estado de exaltación indescriptible, llorando de felicidad frente al caparazón desmenuzado de Horacio de Tosango. Sobre sus cabezas volaba en círculos una mariposa gigantesca, desparramando chorros de luz sobre la noche.


El Hombre Invisible

La invisibilidad no había sido como él se imaginaba.

Se había vuelto invisible en la noche, mientras dormía. Por eso no se dio cuenta sino hasta la mañana siguiente, cuando se paró legañoso frente al espejo del baño y vio un cepillo de dientes hamaquearse de un lado para el otro sobre el aire invisible.

Quedó pasmado, emocionado, no estaba aterrorizado ni ofuscado. Sonrió. Lo supo porque sintió arrugarse su cara con una transparente sonrisa.

Ahora que era invisible, salió a la calle corriendo de contento. Se divirtió tropezando transeúntes distraídos, que no lo podían ver; se distrajo orinando con su chorrito invisible los árboles del parque; se metió corriendo a la heladería de la esquina y les apagó la luz sin que nadie lo agarrara; desordenó los precios de los productos en el supermercado y se coló sin pagar en tres autobuses de transporte público. Se mataba de la risa, se tapaba la boca para ahogar la carcajada.

Pasó un día increíble, no era él mismo, era el hombre invisible más feliz del mundo!

Pero, ahora que hago memoria… no era la primera vez que se había vuelto invisible. Ya de chico le había pasado una vez y había hecho asustar a su madre, quien con suerte le logro asestar un escobazo en la cabeza. De allí, cuando ya recuperó su visibilidad, lo llevaron a la clínica para cogerle puntos… A partir de ese día fue que su mamá se aficionó a darle de escobazos. “A ver si sientes esta escoba invisible” le decía.

Pero en este nuevo periodo de invisibilidad adulta, ya con más uso de razón, se puso a pensar en qué hacer con su inverosímil don. Podía hacerse famoso y le pagarían por salir en comerciales de televisión –bueno, cuando se lo pudiese ver–, o podía ser un héroe anónimo y hacer justicia donde otros no pueden. Su identidad permanecería escondida detrás de un sobrenombre, así como lo habían hecho Batman o Superman. Y de algún modo sería famoso, pero una fama menos corruptora y en pro de un fin más noble. Sí… eso le gustaba más!!!

Así pasó Arturo el resto de sus días, bajo el etéreo traje del Hombre Invisible. Haciendo el bien como el super héroe más anómino que ha existido, pues no se puede ser más anónimo que cuando se es invisible.

Lo malo es que al final del día siempre sintió el triste vacío que se siente cuando uno es ignorado, pero eran los gajes del oficio y él lo sabía.

El día que murió, nadie extrañó al Hombre Invisible, no porque fuera invisible, sino porque a nadie le interesaba lo suficiente… al final de cuentas, toda la vida habían ignorado al Loco Arturo, el Hombre Invisible del barrio.


La Última Redención

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La mujer entró en el pequeño consultorio. Por la agitación evidente en su rostro, todos los que se hallaban en la salita de espera entendieron que subió corriendo las escaleras que conectaban el segundo piso con la calle.

Se sentó y no dijo nada por un par de minutos. Tomó una bocanada de aire y luego dijo con voz fuerte y desesperada.

— Siento la cabeza pesada!

Y se puso de pie súbitamente, como si algún mecanismo la hubiera expulsado de su asiento.

La robusta mujer que atendía la recepción replicó casi de inmediato, con tono angustiado.

— Tranquilicese Sra Liliana, no le va a pasar nada!
— Siento como si se me fuera a caer la cabeza, como si se moviera para todos lados
— Serénese Señora Liliana, su cabeza sigue en su sitio. Ha tomado sus medicamentos?
— Sí, he tomado todas mis pastillas, pero esta vez es diferente
— El doctor está en consulta y tiene pacientes. Le va a tocar esperar un buen rato

Liliana Preciado tenía 54 años, extremadamente delgada y con una cara de piel cansada, que parecía que se chorreaba hasta el suelo, como si se estuviera derritiendo. Sacudía las piernas nerviosamente haciendo crujir las débiles tablas del piso del consultorio.

— Yo no puedo esperar tanto Claudia. Es una emergencia!
— Está bien Señora Liliana, espereme un momentito, voy a hablar con el doctor para ver si la puede atender

Y la mujer organizó todo su monumental cuerpo para despegarse de su silla. Salió en medio de dos lánguidas palmeras de plástico que decoraban el mostrador, moviendo sus inmensas caderas, batiendo toda la pulpa de sus carnes. Tuvo que caminar de lado para no tropesar con las piernas de los pacientes que abarrotaban la salita de espera. Algunos se agarraban de los reposa brazos de sus sillas como pensando que las tablas del piso iban a ceder por el peso de la gorda.

La mujer entró al consultorio y salió en seguida.

— Dice el doctor que hará una excepción debido a la emergencia. Pero debe ingresar después de que salga el paciente que está dentro.

Liliana no le respondió, solo susurró para ella misma “esta vez es diferente, esta vez es diferente”.

Esperó que Claudia regresara para no cruzarse con ella en el angosto corredor y caminó hacia la puerta del doctor. Allí esperó de pie, acomodandose contra la pared en todas las posiciones imaginables, como si se rascara la espalda, como si le doliera algo, como si estuviera incómoda. Se agarraba la cabeza y se secaba la frente frecuentemente.

Después de cinco interminables minutos, el doctor salió junto con su paciente a despedirlo desde la puerta. Se despidió con tranquilidad, intercambiando sonrisas, parecía no perturbarle la impaciencia de Liliana, quien levantaba sus cejas tratando de que su mirada se cruzara con la del médico.

Al final, dijo, interrumpiendo la despedida… “Doctor, siento que me hormiguean las manos, esta vez es diferente!”.

El doctor hizo una mueca burlesca y dijo “Liliana, confíe en mi, no le va a pasar absolutamente nada, tiene mi palabra”.

Liliana dijo “esta vez es diferente doctor”.

Fue luego de eso que Liliana se desplomó como un saco de huesos sueltos. Las tablas del piso resortearon haciendo que el cuerpo flácido rebotara hasta quedar inerte.

El doctor, ahora inquieto, mandó a pedir sales de amonio para reanimarla, pero fue inútil, poco a poco el cuerpo se fue desfigurando y poniendo rígido, mientras los pacientes alborotados salían y entraban del consultorio en correntadas humanas sin saber cómo ayudar, provocando que las tablas del piso se batieran como olas, haciendo que el cuerpo desparramado brincara, adoptando diversas posiciones.

Liliana murió ese 3 de Abril, con una sonrisa fosilizada en sus labios, una mueca que parecía gritar “yo les dije que esta vez iba a ser diferente!”.