El Conde de Montecristo

Por: Raúl Guerrero

El primer libro que leí de tapa a tapa fue un resumen ilustrado de El Conde de Montecristo de Alejandro Dumas. Lo gané en un concurso de composición a los siete años. Supongo que lo leí con tal gusto porque después de ganar el concurso me negaron el premio.

Vivíamos en Huigra, un pueblo diminuto y encantador. La compañía Guayaquil & Quito Railway, constructora del ferrocarril del Ecuador, dirigida por el ingeniero Archer Harman, decidió establecer en Huigra la gerencia de la empresa ferroviaria que finalmente en 1908 culminó la monumental empresa de unir la costa y la sierra andina. Medio siglo antes habían abandonado los franceses la obra aludiendo que más fácil sería hacer volar a un burro que doblegar la barrera de los Andes.

Dos calles cruzaban Huigra: la Calle del Tren, paralela al Río Chanchán, y al otro lado del río se abría la otra calle, llamada, naturalmente, El Otro Lado. Huigra es un valle con medio kilómetro de ancho por dos de largo. En Huigra empieza un callejón ascendente hacia la imperiosa muralla rocosa de los Andes donde un pico enorme en forma de nariz se levanta como centinela infernal. Los constructores pronto tildaron al pico rocoso Nariz del Diablo.

Había tres escuelas, dos fiscales, la escuela de barones y la de niñas, y el colegio mixto del Padre Paredes. El concurso de composición lo organizó el Padre Paredes con motivo de la semana del Escolar Ecuatoriano.

A cuarenta años de distancia, y con nostalgia, recuerdo Huigra como el escenario de una película del Oeste con comedores, tiendas, cantinas, la iglesia en lo alto de la colina, un hotel administrado por la viuda del propietario inglés que le dio el nombre, Hotel Morley, y al norte, a un cuarto de kilometro, la ciudadela ferroviaria con una enorme casona donde funcionaba la gerencia.

Mi padre era Secretario Divisional del ferrocarril. Uno de los privilegios del cargo era residir en la vieja casona color verde perico y amarillo canario. No era privilegio cualquiera. Era vivir en una cápsula fuera de la geografía del Ecuador, mucho más cerca a la zona del Canal de Panamá, a su vez levantada en imagen y semejanza del Sur de los Estados Unidos. Teníamos teléfono, por ejemplo, en una época que la mayoría de los ecuatorianos no había visto un teléfono ni anticipaba usarlo jamás. Teníamos hospital privado, carpintería, herrería, bodegas llenas de dinamita, un gallinero bien surtido, árboles de aguacate y chirimoya, un jardín lleno de nardos, y muchachas y muchachos de servicio, y el guardián o wachimán.

El río, a la altura de la gerencia, tenía un recodo de agua dormida donde nadábamos o pasábamos la tarde sentados en las enromes rocas que con precisión fotográfica describió García Marques como huevos de aves prehistóricas. No había carretera a Huigra, pero nosotros teníamos estacionado a un costado de la casona un carro de mano, un automóvil de riel conchuevino.

Durante las primeras décadas del siglo veinte, la ciudadela ferroviaria fue una pequeña colonia americana. Entonces se transfirió la administración de la empresa al estado. La elección de Huigra para sede del ferrocarril obedeció a tres razones, según puño y letra de Archer Hartman: (1) Se encontraba justo a mitad de camino entre Guayaquil y Riobamba, el tramo comercial principal. En efecto dos trenes de pasajeros salían a las seis de la mañana de Riobamba y de Guayaquil y coincidían en Huigra para el almuerzo. Arroz con huevo frito y algún guisado de carne era el plato típico, acompañado de una gaseosa helada. Los vendedores pregonaban a pulmón suelto. Los pasajeros de primera comían en bajilla de hierro enlozado con cubiertos, los de segunda y tercera en hojas de col y con la mano. (2) Huigra era una eterna primavera. (3) Archer Hartman quería estar lo más lejos posible de la politiquería capitalina que a punto estuvo de truncar la empresa.

La primavera eterna incidió en que el padre Paredes, un cura independiente, instalara un internado a donde iban a parar los muchachos de la clase media alta de Guayaquil que habían sido expulsados de colegios prestigiosos. Debió tener un nombre oficial el colegio, pero se lo conocía como el Colegio del Padre Paredes.

Huigra también atraía personajes famosos de Guayaquil durante el invierno. En Guayaquil, el puerto principal y centro financiero del país, y en esa época la capital mundial del banano, el calor y los zancudos se confabulan para martirizar a la población. Entre diciembre y abril las familias pudientes escapaban. No pocas familias invernaban en Huigra.

Aprovechó el Padre Paredes que un destacado intelectual Guayaquileño vacacionaba en Huigra para convocar el concurso de composición y comprometerlo a ser juez. Como era la semana del Escolar Ecuatoriano, el concurso fue para estudiantes de cuarto, quinto y sexto grado. La idea del padre Paredes era incentivar a los estudiantes de su colegio a la escritura. El intelectual puso una condición antes de aceptar ser el juez: que también se invitara a participar a los estudiantes de la escuela fiscal.

Yo cursaba el tercer grado en la escuela fiscal. Escribí una composición sobre los curas y los gallinazos basado en mi observación de niño y las enseñanzas de un profesor comunista. Había dos curas en Huigra, el párroco, el cura oficial, y el padre Paredes, el cura independiente. Los dos andaban con sotana negra y a veces con ese peculiar sombrero de ala ancha y copa pequeña. Y había gallinazos en abundancia. Gallinazos negros con el pescuezo pelado y un copete que se parecía al copete de los curas. Eran los años sesenta y todos los hombres usaban copete. Mi profesor era comunista. Había sido estudiante de la Universidad Central de Quito, una universidad sumamente politizada. La familia lo había mandado de Riobamba a estudiar leyes, pero al cabo de dos años se acabó la plata y al futuro abogado no le quedó más que conseguir trabajo en el magisterio. Llegó a Huigra con ínfulas comunistas y su copete, porque también los comunistas usaban copete.

En la escuela fiscal un profesor enseñaba todas las asignaturas del grado, y nuestro profesor algunos días sólo hablaba de los grandes pecados de la iglesia. A él le escuché hacer la analogía entre gallinazos y curas, ambos aves de rapiña decía. En realidad, ahora sé que estuvo equivocado, los gallinazos son aves de carroña más que de rapiña. Por una semana me dediqué a observar las similitudes entre los gallinazos y los dos curas de Huigra. Plasmé mis observaciones en una composición que el intelectual Guayaquileño seleccionó ganadora. Entre otras cosas, dijo al explicar su decisión, mi composición era la más corta.

Surgió una controversia. El concurso se convocó para estudiantes de cuarto, quinto y sexto grados. Los estudiantes perdedores esgrimieron en su defensa la ilegitimidad de mi participación pues yo estaba en tercer grado. Los profesores del quinto y sexto grado del colegio del padre Paredes me descalificaron y otorgaron el premio a uno de sus estudiantes sobresalientes. La composición ganadora era una elegía a la disciplina en rima que si mal no recuerdo comenzaba con las siguientes líneas: La disciplina es una mina cuya riqueza al niño empina. Mientras la mía comenzaba así: El cura y el gallinazo, pálidos seres ojerosos, de negro van y vienen en busca de alguna rata muerta o limosna.

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El intelectual tomaba cerveza todas las noches en un salón que tenía una potente rocola. Comenzaba a beber con Bésame Mucho de Lucho Gatica. Es lo que decían en casa cuando a eso de las siete los acordes del bolero volaban por el pueblo: Ay, ya habrá comenzado el intelectual a beber solo. En casa yo crecía rodeado de mujeres: la abuelita, mamá, la tía Raquel, tres hermanas, casi siempre una o dos primas y alguna comadre de paso, las vecinas y las muchachas. Qué hombre tan raro, decían las mujeres de la casa, como si le costaran las palabras, hay que sacárselas con tirabuzón. La abuelita, que ya no oía nada pero habiendo aprendido a leer los labios metía su cuchara en todas las conversaciones, razonó que a lo mejor el intelectual era medio mudo, y advirtió que se anduvieran con cuidado pues había dos tipos de mudo, el mudo que por voluntad de Dios no hablaba, y el que se hacía el mudo, el mudo sabido.

Me puse un gorro y baje al pueblo a ver al intelectual. En efecto, estaba en una mesa tomando cerveza sólo. Vestía camisa blanca y pantalones oscuros, y a través de gruesos lentes, los que se llamaban de culo de botella, tenía extraviada la vista en el horizonte oscuro. Como yo era niño pensaba que a lo mejor los intelectuales podían ver a través de la oscuridad. Le escuché a mi profesor decir: Hay hombres que miran a través de las sombras, hombres que por sabios se los cree locos. Las mujeres de la casa así pensaban del intelectual. Ese hombre bebe solo, decían, sin entender como prefería el silencio a su locuaz compañía.

Buenas noches, lo saludé.

   – Cuidado, me advirtió el propietario del salón, a un intelectual no hay que molestarle cuando piensa.

No era mi intención molestarle sino denunciar una injusticia. Me presenté. Le expliqué que me había negado el premio por estar en el tercer grado. El intelectual soltó una enorme carcajada. Recuerdo claramente su voz gruesa: Te han negado el premio por ser demasiado joven. No dijo más. Yo interpreté su silencio como una manera de despedirme. Regresé a casa derrotado.

La entrega del premio fue el domingo después de la misa que el padre Paredes pronunciaba ataviado elegantemente. Me parece que el padre Paredes en ciertas ocasiones vestía de cardenal (no sé si inventé este recuerdo.) Lo cierto es que después de cada misa el padre Paredes manifestaba su afecto a las feligreses con efusivos abrazos. Me cuenta mi madre que disimuladamente manoseaba a las señoritas y a las madres jóvenes con sus manos escurridizas. El cura era un Tenorio pero nunca abusó a menores. Su mujer oficial, se rumoraba, era la señorita rectora del colegio.

Inmediatamente después de la Bendición, el padre Paredes pidió a los feligreses que permanecieran sentados. Y prosiguió así: Y ahora nos es grato presentarles al distinguido intelectual que nos honra con su presencia para entregar el premio a la mejor composición en esta la semana del Escolar Ecuatoriano. El premio lo levantó para que todos lo vieran. Se trata nada menos y nada más que de una preciosa novela ilustrada del gran escritor francés Alejandro Dumas para inspirar en la muchachada el amor por las letras y el buen hábito de la lectura. El Padre Paredes también elogió la labor del profesor de sexto grado. Qué no hay alumno sin su profesor, dijo.

El intelectual no había asistido a la misa. Entró a la capilla justo ese momento y se dirigió al altar. Yo asistía con indignación la ceremonia. Más indignación me provocaba el intelectual que los mismos profesores de quinto y sexto que me descalificaron. Cada cual cuidaba su gallinero, decía la abuelita. ¿Pero él, no debió él haberme defendido?

El intelectual tomó la palabra. Dijo que sentía vergüenza ajena (desde entonces llevo esa expresión como un florero en un rincón de mi cerebro.) ¿Descalificar a un niño por ser menor a los otros concursantes? Era un síntoma de la enfermedad, dijo, que cada día hundía más al país en la mierda.

Un suspiro ahogado recorrió la capilla. Jamás nadie había dicho mierda desde el pulpito.

El intelectual pidió que se pusiera de píe el autor de la composición Los curas y los gallinazos. Me puse de píe. No será El Conde de Montecristo, dijo al verme, pero es mi último libro de cuentos y te lo regalo.

El Padre Paredes se interpuso. Dijo que nunca era tarde para reparar un daño, y con puñales en los ojos le quitó la novela ilustrada de Dumas al profesor de sexto grado y me la entregó después de un fuerte apretón de manos, añadiendo: Al Cesar lo que es del Cesar y al Escolar Ecuatoriano lo que es del Escolar Ecuatoriano.

Yo tenía siete años. Mucho después, ya cuando emigré a Estados Unidos, le encontré al padre Paredes caminando de la mano con la señorita rectora en Nueva York. Solté un grito de emoción: ¡Padre Paredes! Tremenda fue su sorpresa. Estaba en viaje de compras, dijo, y al caer en cuenta que aun tenía en su mano la mano de la señorita rectora se sonrojó. Una precaución, dijo, no fuera a ser que se perdieran en un país extranjero.

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