La Última Redención

La mujer entró en el pequeño consultorio. Por la agitación evidente en su rostro, todos los que se hallaban en la salita de espera entendieron que subió corriendo las escaleras que conectaban el segundo piso con la calle.

Se sentó y no dijo nada por un par de minutos. Tomó una bocanada de aire y luego dijo con voz fuerte y desesperada.

— Siento la cabeza pesada!

Y se puso de pie súbitamente, como si algún mecanismo la hubiera expulsado de su asiento.

La robusta mujer que atendía la recepción replicó casi de inmediato, con tono angustiado.

— Tranquilicese Sra Liliana, no le va a pasar nada!
— Siento como si se me fuera a caer la cabeza, como si se moviera para todos lados
— Serénese Señora Liliana, su cabeza sigue en su sitio. Ha tomado sus medicamentos?
— Sí, he tomado todas mis pastillas, pero esta vez es diferente
— El doctor está en consulta y tiene pacientes. Le va a tocar esperar un buen rato

Liliana Preciado tenía 54 años, extremadamente delgada y con una cara de piel cansada, que parecía que se chorreaba hasta el suelo, como si se estuviera derritiendo. Sacudía las piernas nerviosamente haciendo crujir las débiles tablas del piso del consultorio.

— Yo no puedo esperar tanto Claudia. Es una emergencia!
— Está bien Señora Liliana, espereme un momentito, voy a hablar con el doctor para ver si la puede atender

Y la mujer organizó todo su monumental cuerpo para despegarse de su silla. Salió en medio de dos lánguidas palmeras de plástico que decoraban el mostrador, moviendo sus inmensas caderas, batiendo toda la pulpa de sus carnes. Tuvo que caminar de lado para no tropesar con las piernas de los pacientes que abarrotaban la salita de espera. Algunos se agarraban de los reposa brazos de sus sillas como pensando que las tablas del piso iban a ceder por el peso de la gorda.

La mujer entró al consultorio y salió en seguida.

— Dice el doctor que hará una excepción debido a la emergencia. Pero debe ingresar después de que salga el paciente que está dentro.

Liliana no le respondió, solo susurró para ella misma “esta vez es diferente, esta vez es diferente”.

Esperó que Claudia regresara para no cruzarse con ella en el angosto corredor y caminó hacia la puerta del doctor. Allí esperó de pie, acomodandose contra la pared en todas las posiciones imaginables, como si se rascara la espalda, como si le doliera algo, como si estuviera incómoda. Se agarraba la cabeza y se secaba la frente frecuentemente.

Después de cinco interminables minutos, el doctor salió junto con su paciente a despedirlo desde la puerta. Se despidió con tranquilidad, intercambiando sonrisas, parecía no perturbarle la impaciencia de Liliana, quien levantaba sus cejas tratando de que su mirada se cruzara con la del médico.

Al final, dijo, interrumpiendo la despedida… “Doctor, siento que me hormiguean las manos, esta vez es diferente!”.

El doctor hizo una mueca burlesca y dijo “Liliana, confíe en mi, no le va a pasar absolutamente nada, tiene mi palabra”.

Liliana dijo “esta vez es diferente doctor”.

Fue luego de eso que Liliana se desplomó como un saco de huesos sueltos. Las tablas del piso resortearon haciendo que el cuerpo flácido rebotara hasta quedar inerte.

El doctor, ahora inquieto, mandó a pedir sales de amonio para reanimarla, pero fue inútil, poco a poco el cuerpo se fue desfigurando y poniendo rígido, mientras los pacientes alborotados salían y entraban del consultorio en correntadas humanas sin saber cómo ayudar, provocando que las tablas del piso se batieran como olas, haciendo que el cuerpo desparramado brincara, adoptando diversas posiciones.

Liliana murió ese 3 de Abril, con una sonrisa fosilizada en sus labios, una mueca que parecía gritar “yo les dije que esta vez iba a ser diferente!”.


El amor dentro de un hueco

El suyo era un amor envejecido por el tiempo. Un amor al que le habían crecido las vegetaciones musgosas del olvido, como esas piedras empapadas, al costado del camino.

Se pegó como un imán a su otra mitad complementaria; cuando en su juventud, los días recordaba más brillantes y las flores se sentían desde lejos.

Por qué se acabó el gentil delirio… se preguntaba?

Por qué su corazón se arrugó como un papel, como el resto de su piel?

Caminaban de la mano, se abrazaban junto al viento, se besaron tantas veces… Compartieron los recuerdos más sublimes: él le regaló ese bonsai con el follaje en forma de corazón y ella lo hizo florecer como el color de su alegría.

La vida pasó como siempre pasa cuando se mira para atrás, como un vendaval, y para cuando se dieron cuanta, su amor ya era lluvioso y después se hizo cansancio. Dejaron de quererse lentamente.

El amor lo habían enterrado juntos, un medio día, para desenterrarlo cuando fuera necesario –pensaron: para que descanse un rato, de tan cansado que estaba.

Lo metieron en un sitio seguro, lejos del bullicio, acostado como un hueco, enterrado junto a un árbol.

Pero nunca más encontraron el árbol, y a veces, lo buscaron. Nunca estuvieron seguros si era el árbol que quedó en la pampa o el que creció junto al volcán. Había uno inmenso en las orillas del río, había otro árbol roto por el látigo de un rayo, pero ninguno guardaba a su lado el tan preciado tesoro: aquella cueva enterrada, la madriguera de ese amor que hibernaba.

Y así pasaron los años, buscando el imponente árbol imaginado, tratando de excavar los sentimientos, pero solo encontraron recuerdos oxidados, como los clavos enterrados. Nunca se fijaron que el árbol que buscaban siempre estuvo al lado, escondido en el bonsai, florecido como corazón, dentro del pecho.


La mujer que era celeste

Con tu pelo de oro amanecido
y tu mirada escarlata
me miraste esa mañana y perdí la cabeza

Envuelta en tu bandera,
con tu piel de franja blanca
y en tus ojos el celeste que robaste a las ventanas

Así te vi, tan argentina,
que volteé el planeta por verte
y acercarme a tu distancia

Así me fui, un día tarde,
por ver un rato más: tu paisaje elegante,
el día en que te quise, cuando perdí mi viaje


El Atarvante

Un buen día desperté temprano, salí por la ventana y me subí al primer árbol que vi. No había viento y el chismorreo de la hojarasca se detuvo por completo. Una calma de ojo de huracán lo invadió todo, de repente. En cierto momento, el silencio era insoportable, hasta que me escuché a mi mismo. Allí, escarbando en esa nada silenciosa, comencé a notar el susurrar de mis latidos, el sonido gutural de mis digestiones, la áspera brisa de mi respiración.

Escuché con atención y noté un sonido como de beso cada vez que pestañeaba… y sonreí. Lo supe porque escuché el crujido de mis labios mientras se movían, muecamente. Después me di cuenta que siempre supe el sonido de una sonrisa; a lo mejor lo supe hasta antes de nacer, mientras flotaba en esa otra nada acuosa, invadida de sonidos orgánicos que lo iluminaban todo.

La luz! a lo mejor fue la luz pensé. La luz que vi al nacer fue lo que me distrajo de aquel génesis sonoro. La magia de la luz, ese arcoíris luminoso que maravilla, que hace que todos los demás sentidos parezcan accesorios.

Así que, cerré los ojos, huyendo de los filudos rayos luminosos y me dejé llevar por la música que fluía de mi mismo, prominente, en la oscuridad absoluta… hasta que sentí que todo yo era un torrente de fluidos, confinados dentro de finísimas mangueras conectadas unas con otras. Una maraña tubular, bien calculada, que recorría mi cerebro y bajaba hasta mis pies, llevando humedad a todo mi cuerpo. Yo, era un yo de agua.

Me encontraba ya extasiado, imaginando que era líquido, nadando en un insalobre mar infinito, entretenido entre sonidos acuosos, como de arroyo invernal, como de mar, como de lluvia… cuando el atarvante de mi primo Juanito Javier me despertó.

Lo vi con odio al principio, porque me despertó para discutir sus banalidades de siempre: que si había escuchado la última contratación para la delantera del Barcelona, me dijo. Lo ignoré como siempre lo ignoro cuando viene con sus idioteces e intenté dormir nuevamente, intentando retomar aquel maravilloso sueño licuado.

Pensé en agua, pensé en mar, pensé en arroyito invernal, hasta que escuché el grito estridente de mi primo… «Jajajaja… Este bobazo se ha meado dormido!!!«


La luz que salía de tu boca

Un día me amaneciste y todo se iluminó con una luz diferente a la habitual. Al principio no supe si era el reflejo de una cara conocida o un farol que se había quedado encendido en una noche pasajera.

Fue cuando me di cuenta que aquella luz se modulaba al ritmo de tu voz que finalmente supe que provenía de tu boca.

Ya había visto otras luces curiosas antes, como esa luz pedregosa que brotaba de la lámpara de carburo de mi abuelo, o aquella otra misteriosa que vimos flamear una noche en la profundidad de la montaña y que nos mostró la ubicación exacta de aquel entierro milenario. También vi esa hermosa luz, que incendió el cielo brevemente y que pasamos toda la noche inventando teorías de qué fue lo que ocasionó tal pirotecnia celestial… Pero nada, nada había captado más mi curiosidad que la luz que desde ese día emanó de tu boca.

El día que lo noté, supe que ibas a marcar mi vida para siempre.

Desde entonces te veo sonreir con ese fulgor de cocuya extraviada y allí me quedo frente a ti, con mi cara de acontecimiento, para aprovechar tu calor luminoso y broncearme el alma con tus historias de felicidad desparramada.

La primera vez que me dijiste que te habías enamorado de mi, el resplandor llegó primero –apenas separaste los labios– luego llegaron tus palabras. Allí comprobé que la luz siempre llegaría antes de las buenas noticias. También, reflejamente, aprendí a emocionarme al primer fulgor y después, en ese delgado momento de tiempo que divide el antes del después, prepararme para tus caricias sonoras –que a veces llegan anunciando que me quieres.

Siempre te he querido preguntar: eres un sol?

Tratando de comprender aquella virtud de faro encantado que posees, te observé una noche mientras dormías. No me pude resistir, nunca lo supiste hasta ahora. Me acerqué en silencio a tu boca y en medio de un suspiro resbalé reptando por tu lengua, atraido por la luz tenue que emanas cuando duermes.

Sin dudarlo descendí por tu garganta, diminuto; al principio fue difícil porque tuve que contener el aliento para no despertarte, pero traía tal curiosidad de gato juvenil, que me hizo proseguir inminente; me engulliste con inconsciente ternura.

Te cuento que estuve confundido por un tiempo, recorriendo los laberíntos tibios de tu cuerpo, respirando tu mismo aire, sin saber si ya había amanecido, sin saber cuántas horas habían pasado. Te quise más que nunca cuando sentí que tu calor protector me arropaba del frío húmedo de afuera; susurré cuánto te quería y el eco tamboríl de tus músculos me devolvió un “yo también te quiero”. Por un momento quise gritar lo que sentía, pero había pasado tanto tiempo –lo sabía por el cansancio– que ya no me quedaban fuerzas.

Ya agotado, me arrastré por una esquina, una comisura, un pliegue, algún tejido y quise acurrucarme allí, a descansar dentro de ti, juntos los dos, arrullado por el fluir acompasado e incesante de tus latidos.

Fue justo después de esto que lo vi; allí estaba… la fuente luminosa, el motor de la luz. Ante mi, tu secreto, como una revelación que me hizo comprender todo en un segundo. Y todo se volvió más lógico.

Nunca olvidaré cuando lo vi funcionando perfecto, imponente, bombeando una luz cristalina por todo tu cuerpo, fabricando tu magia. Allí estaba ante mi perplejidad aquel tierno monumento… el aparato más bello que había visto jamás, la parte más hermosa de tu cuerpo… … tu corazón.


De cómo Abelino se le «lanzó» a la Profe

Estimada Maestra,

Junto con la presente, encontrará el documento con el proyecto de fin de curso tal como me lo encomendó. Lo he tratado de realizar de tal forma que me ponga un 10.

Si la calificación que espero le parece desorbitada o usted tuviera algún reparo en otorgármela, considere que puedo invitarla a cenar para discutir el tema. En la cena espero poder disertar y sustentar el tópico con la holgura que se requiera, además, en un ambiente menos tenso que el de las frías paredes del aula de la facultad, donde por cierto, la naturalidad de mi discurso puede resultar intimidada por la aglomeración del estudiantado; y si no logro convencerla, al menos podemos disfrutar de una botella de Château Margaux o si prefiere una experiencia más espumante, de un Perrier Jouet o de un muy bien seleccionado Don Pérignon. Seguro, luego de paladear el elixir de esta uva de la región de Champagne, me sentiré más seguro de que su crítica es sincera, pues, como dice Alberto Cortéz en uno de sus poemas: «El vino puede sacar cosas que el hombre se calla» … y tal como ve, me he tomado la liviandad de extrapolar el anterior verso al género que usted ostenta, pues el placer de una buena copa de vino no es privilegio exclusivo de los hombres, sino también de las mujeres brillantes, como usted, distinguida maestra.

Por favor, no tome esto como un soborno, pues la costumbre de las coimas es una de las ligerezas más reñidas con mis cánones morales. Sin embargo, la cena también se la he propuesto, con todo respeto, con una segunda intención: porque si al menos, luego de todos mis intentos por convencerla no lo logro, la cena ya se encontrará justificada, sólo por el hecho de permitirme disfrutar de su conversación inteligente y de su superlativo esplendor. Además, de que le retribuiré el tiempo invertido, con mi mejor esfuerzo de que pase un momento maravilloso, en el que le contaré una muy seleccionada miríada de anéctodas y hasta apostaría mi nota entera del semestre a que le robaré algunas sonrisas y pasará una inolvidable velada.

Si accede a esta académica, decorosa y muy respetuosa invitación, no tiene ni que responderme, solo asegúrese de que mi nota no sea un 10 y pasaré por usted la noche del jueves, carruaje mediante, para dirigirnos al restaurante con la mejor vista de toda la ciudad y donde al menos espero, si me permite matizar de algún modo la velada, deleitarla con una exquisita selección de música clásica, encabezada por «Sueño de Amor» de Franz Liszt. Por supuesto, el volumen de la música será el exacto para que podamos disfrutar de una agradable conversación y al mismo tiempo estremecer nuestro espíritu con los pizzicatos y fugas del cuarteto que he contratado.

Por favor, no tome mi carta como un arrebato de alumno desesperado por aruñar unos puntos más para el promedio, pues lo que más anhelo es que no me ponga el 10.

Respetuosamente,

  Abelino

  Su Alumno

(Edgar Landívar, 2013)


Cuando ese día llegue

El día que regreses, ya no serás la misma.
Tu inquietud de rio desbordado se habrá ido;
un residuo tenue del pasado brillará en tus ojos,
pero seré más que feliz, con tu fulgor diminuto,
confundido entre lo inmenso, como un arete perdido.

Cuando ese día llegue, vendrás por la mañana,
a contarme aquella historia del amor encarcelado,
de tu amargura sin anillo, de tu llanto en el exilio.
Me contarás de aquellos grillos que te comieron el vientre,
que te rompiste para siempre… como un vidrio roto.

Guardarás tus memorias de baúl desenterrado,
como periódicos doblados en un cajón de madera.
Me contarás de tus soldados, que viviste una guerra
y cuando alumbre la noche, dormirás a mi lado,
para que pinte tu cuerpo de un color que te arrope.

Cuando ese día llegue, ya no serás la misma,
pero eso ya no me importa.

Me preocupa es que te rindas…
que llegando a nuestra casa te derrote una vereda,
que el día en que me busques no se abra más mi puerta,
que tu espalda se canse de cargar tantas maletas,
que tu corazón se desmaye al subir la cordillera.

Y así siempre te he esperado… con el balcón barrido,
reparando si puedo, los hormigueros mojados,
recordando “lo ido”, cuando dijiste “me quedo”,
cuando te fuiste llorando y ya nunca volviste.

Pero todavía me acuerdo, como ya hace tantos años,
cuando grité susurrando que saldría a buscarte,
porque se que me oíste, aunque ya no me vieras,
me da miedo esperarte y que tu nunca llegues.

(Edgar Landívar, 2006)


Etimología de la palabra YONI

Cuando era chico, llego a hacerse trillada la frase “me voy a vivir a la YONI”. Y es que gran parte de la población del Ecuador migró a los Estados Unidos y así, sin más son ni ton, ya sólo quedamos los rezagados, los que NO nos fuimos a vivir a la YONI… bueno, no es del todo cierto en mi caso, pero esa es otra historia.

La cosa es que realmente de chico nunca me puse a pensar por qué le decíamos así al país del norte. Supongo que uno primero empieza a aceptar las palabras nuevas sin cuestionarlas y luego ya las vamos saboreando y entendiendo mejor… y así fue que me di cuenta que era un modismo muy nuestro —ecuatoriano quiero decir.

La palabrita era tan usada que en los 80s salía en la tele un comercial de la Lotería Nacional, donde un fulano se iba vivir a la YONI y luego de unos años volvía encachinado, gogotero y hablando spanglish… mirando a la parentela por encima del hombro porque ahora ya era “residente”. Después también leí el término en el poemario del finadito Fernando Artieda, en ese verso que habla de la muerte y velación de Julio Jaramillo y que dice:

Mónica se vino desde la YONI
para contarle después de muerto
todo lo que lo había querido

… En resumen, la palabra se inyectó intravenosamente en el vocabulario de la población, en todos los estratos, estratosféricamente.

Luego fue que pasó un tiempo y se me metió en la cabeza la loca idea de hacer un diccionario “guayaco” y recopilar términos y frases coloquiales de Guayaquil y del Ecuador en general. En el significado de cada palabra trataba de incluir la etimología de la misma, explayándome hasta donde mis limitados conocimientos de lingüística de barrio me permitían. En esos andares me volví a encontrar con la palabrita YONI… y llegué a la temeraria conclusión de que se trataba de una mutación fonética al castellano de la palabra United (pronunciada yunaited, luego yunai, luego yoni).

El diccionario tuvo cierta popularidad y hasta la famosa revista Vistazo le hizo una referencia alguna vez.

Un día, conversando con mi buen amigo Antonio Iñiguez —visionario, gran colaborador del diccionario, catador de encebollados y ahora desaparecido producto de un matricidio en primer grado, en la YONI—, le contaba de mi vivaz conclusión, cuando él comenzó a mover la cabeza en señal de reprobación y me dijo “no no no, tas equivocao, la palabra YONI no viene de allí”.

El decía, con mucho sentido, que la palabra YONI se derivaba de aquella frase abreviada que significa I LOVE NY, donde la palabra LOVE está representada por un corazón. La leyenda, según el Toño, se la había contado su buen amigo Octavio, quien ya no estaba para consultas pues, como muchos, se había ido también a la YONI.

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Y en cierto modo, con solo ver este letrerito, que inunda las tiendas de souvenirs de la ciudad de Nueva York, parece que se leyera la famosa palabra YONI. Hay que recordar también, que la mayoría de migrantes ecuatorianos se encuentran en esta ciudad.

Hasta aquí, las dos teorías tenían sentido y comencé a discutir el tema con mis amigos en reuniones matutinas dominicales, en las que nos congregábamos a comer encebollado y hablar de cualquier cosa. En una de ellas alguien dijo “yo tengo una tercera teoría… YONI viene de Jhonny”. Según la nueva teoría, Jhonny es un nombre muy común en Estados Unidos y las personas comenzaron a llamarla la tierra de los Jhonnys, la tierra de los YONIs, La YONI.

Así es como terminé con 3 diferentes posibles orígenes de este término, que continúa usándose comúnmente y ya es parte de nuestro vocabulario.

Alguien tiene una cuarta hipótesis?