De cómo Abelino se le «lanzó» a la Profe

Estimada Maestra,

Junto con la presente, encontrará el documento con el proyecto de fin de curso tal como me lo encomendó. Lo he tratado de realizar de tal forma que me ponga un 10.

Si la calificación que espero le parece desorbitada o usted tuviera algún reparo en otorgármela, considere que puedo invitarla a cenar para discutir el tema. En la cena espero poder disertar y sustentar el tópico con la holgura que se requiera, además, en un ambiente menos tenso que el de las frías paredes del aula de la facultad, donde por cierto, la naturalidad de mi discurso puede resultar intimidada por la aglomeración del estudiantado; y si no logro convencerla, al menos podemos disfrutar de una botella de Château Margaux o si prefiere una experiencia más espumante, de un Perrier Jouet o de un muy bien seleccionado Don Pérignon. Seguro, luego de paladear el elixir de esta uva de la región de Champagne, me sentiré más seguro de que su crítica es sincera, pues, como dice Alberto Cortéz en uno de sus poemas: «El vino puede sacar cosas que el hombre se calla» … y tal como ve, me he tomado la liviandad de extrapolar el anterior verso al género que usted ostenta, pues el placer de una buena copa de vino no es privilegio exclusivo de los hombres, sino también de las mujeres brillantes, como usted, distinguida maestra.

Por favor, no tome esto como un soborno, pues la costumbre de las coimas es una de las ligerezas más reñidas con mis cánones morales. Sin embargo, la cena también se la he propuesto, con todo respeto, con una segunda intención: porque si al menos, luego de todos mis intentos por convencerla no lo logro, la cena ya se encontrará justificada, sólo por el hecho de permitirme disfrutar de su conversación inteligente y de su superlativo esplendor. Además, de que le retribuiré el tiempo invertido, con mi mejor esfuerzo de que pase un momento maravilloso, en el que le contaré una muy seleccionada miríada de anéctodas y hasta apostaría mi nota entera del semestre a que le robaré algunas sonrisas y pasará una inolvidable velada.

Si accede a esta académica, decorosa y muy respetuosa invitación, no tiene ni que responderme, solo asegúrese de que mi nota no sea un 10 y pasaré por usted la noche del jueves, carruaje mediante, para dirigirnos al restaurante con la mejor vista de toda la ciudad y donde al menos espero, si me permite matizar de algún modo la velada, deleitarla con una exquisita selección de música clásica, encabezada por «Sueño de Amor» de Franz Liszt. Por supuesto, el volumen de la música será el exacto para que podamos disfrutar de una agradable conversación y al mismo tiempo estremecer nuestro espíritu con los pizzicatos y fugas del cuarteto que he contratado.

Por favor, no tome mi carta como un arrebato de alumno desesperado por aruñar unos puntos más para el promedio, pues lo que más anhelo es que no me ponga el 10.

Respetuosamente,

  Abelino

  Su Alumno

(Edgar Landívar, 2013)

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